Apenas y pude respirar de nuevo cuando me asomé por detrás del mesón. Los tres hombres, todos vestidos de negro, estaban justo frente a mí, dándome la espalda. Uno de ellos forcejeaba fuertemente, intentando sujetar a Helena entre sus brazos.
Gabriel, inmóvil como una verdadera estatua de mármol, había abierto su boca de la forma más cruda y amenazante que jamás vi en él; parecía preparado para atacar de frente a los hombres, y si fuera preciso, clavar de lleno sus colmillos en alguno de ellos.
Me miró solo un segundo; pero fue más que suficiente para saber que su plan A, su famoso plan perfecto, había fallado, y que yo no debía moverme, al menos hasta que se le ocurriera algo.
Lo que él no sabía es que mis inseguridades terminaron por dar fruto alguna vez, y que me había preparado para este tipo de situación. Pondría en marcha el plan B en cuanto tuviera la oportunidad.
- ¡Quédate… quieta…! – gritaba el hombre mientras mi amiga luchaba con todas sus fuerzas contra él.
Luego aulló y calló en seco al suelo, chillando de dolor. Al parecer Helena le había aplicado alguno de los ataques aprendidos en el entrenamiento, y ahora adoptaba una posición defensiva, lista para embestir a los otros dos. Uno de ellos sostenía un arma, la misma con la que antes le había apuntado y amenazado a Gabriel; pero la sangre fría con que contaba hacía cinco minutos se vio claramente disminuida por la sorpresa, así que el vampiro aprovechó la oportunidad y lo derribó, haciendo que la pistola volara por los aires. El tercer sujeto no pudo hacer nada más que gritar. Lamentablemente para nosotros, eso fue más que suficiente, ya que de un segundo a otro un montón de hombres armados entraron a la habitación derrumbando la puerta enrejada.
- No puedo detenerlos a todos- rugió Gabriel.
Helena esta débil, y aunque mantenía su posición de defensa, yo sabía que no resistiría mucho. Los hombres entraron y se prepararon para disparar. Justo antes que apretaran el gatillo, el vampiro me gritó, aún cuidando no revelar mi posición.
- ¡¿Qué esperas?! ¡Lévatela de aquí!
Supuse que los hombres pensarían que se dirigía a Helena y ese extraño objeto que ellos buscaban, pero no me detuve para comprobarlo. Tomé a mi amiga con la misma seguridad con que lo había hecho tiempo atrás, la primera vez que estuvimos en esa habitación, y corrí con todas mis fuerzas hacia el agujero en la pared, el mismo por donde había entrado momentos antes.
Una vez seguras, lo más lejos del internado que se me ocurrió, nos detuvimos a respirar.
- Elizabeth, debemos volver – susurró Helena, cuando pudo hablar. Estaba muy pálida, y bajo la débil luz de la calle pude ver el frío sudor brillar en su rostro. Me miró con ojos oscuros, surcados por la preocupación, sin rastro ya del fulgor que la poseía la última vez que nos vimos.
- No podemos volver – dije simplemente, también en susurros.
- ¡Elizabeth, no podemos abandonarlos! – gritó.
- No, no podemos – sonreí. Mi voz no parecía mía. Hablaba demasiado tranquila, relajada. La verdad es que me estaba muriendo de miedo.
- ¿En qué estás pensando? – me tomó los hombros y me sacudió.- Elizabeth, Gabriel se esta enfrentando solo a todos esos tipos y no les importara que sea un vampiro, encontraran la forma y lo mataran. – Parecía querer hacerme razonar. Yo no salía de mi tranquilidad.- Además tienen prisionera a Mr. B… y no quiero imaginar lo que le estén hacimundo endo…
- Espera, espera… - ¿Es que me había perdido de algo? - ¿Tienen a Mr. B? ¡¿Para que lo quieren?!
- No lo quieren a él, quieren la Vacuna - Helena parecía creer que yo había entrado en razón; ahora casi podía oír la parte de su cerebro que tramaba como volver a entrar al internado.
- ¡Pero él no la tiene! – grite perdiendo mi momentánea calma.
- ¡Por supuesto que no! – Helena ya estaba ida, totalmente concentrada en su plan - Pero ellos no lo saben… - añadió con la mirada perdida, frotándose el mentón con una mano.
- Eso significa que Gabriel se equivocó… - recordé de repente.
- ¿Ah? – Helena salió de su mundo y me miró, exigiendo una respuesta.
- Gabriel pensó que Mr. B y tu habían perdido la cabeza… Por eso huimos… El plan de hoy era hacerlos volver. Sabía que algo saldría mal, pero nunca tanto… ¡Maldita sea!... El plan B es más necesario de lo que pensé… – yo ya no le hablaba a ella, desvariaba para mí.
- ¿Qué? ¿Perder la cabeza? ¿volver? ¿Plan B? – Helena no entendía ni una palabra de mis disparates.
- No hay tiempo para explicaciones. ¡Vamos!- tomé su mano y comencé a correr otra vez.
- ¡Elizabeth! ¡¿a dónde vamos?! – gritó mientras yo la arrastraba
- A buscar un teléfono – grité yo sin dejar de correr.
4.12.08
2.12.08
Capitulo 10.
- Supongo que hipotéticamente podría funcionar… - razoné después de escuchar por completo el plan A.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.
Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.
- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.
Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.
Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.
Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.
Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.
El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!
Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.
La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.
-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.
Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.
Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.
- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.
Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.
Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.
Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.
Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.
El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!
Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.
La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.
-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.
Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.
1.12.08
Capitulo 9.
Y así, con la misma rapidez con que comenzamos, nuestros entrenamientos se prolongaron dos meses más.
No fue fácil; sobretodo para mí. Mr. B se mostró comprensivo ante mi debilidad; pero no disminuyo un centímetro su muro de exigencia; lo que volvió todo peor.
No hacíamos más que correr durante todo el día, y dormíamos cuatro horas por noche cuando mucho. El entrenamiento estaba en su fase intensiva, y además de mantener la fachada de alumnas promedio en el internado, - para no levantar sospechas - nos dedicábamos al estudio exhaustivo de cuanta cosa sobre natural encontrábamos.
Jamás pensé que sobreviviría a todo eso. Estaba totalmente colapsada. Eso de las artes no era precisamente fácil para mí, y aunque me esforzaba hasta el punto del dolor, los resultados no eran muchos. Por suerte Helena estaba a mi lado en todo momento; o al menos cuando Gabriel no andaba cerca.
Me sorprendía el ánimo que mi amiga podía llegar a tener a veces. Era como si estuviera viviendo su sueño, o algo así. Era perfectamente feliz con toda esta locura.
Yo no me quejaba. Me resultaba extraño pensar en que podía confiar mi vida a otras personas; mi rota familia solo me había enseñado la desconfianza, el temor, y a esconder los sentimientos y cualquier otra debilidad bajo una máscara de orgullo; pero ahora todo era diferente.
Helena, Gabriel y Mr. B eran ahora mi familia - una bastante peculiar; por decirlo menos – y yo confiaba planamente en cada uno de ellos… Ahora bien, la pregunta que me inquietaba era si ellos confiarían plenamente en mí.
Al principio de nuestro entrenamiento, Mr B se mostraba satisfecho con los resultados, y remediaba nuestros errores con paciencia y entusiasmo; sin embargo después de un tiempo comencé a percibir un ligero brillo fanático en sus ojos; como si su fe natural y espontánea hubiera sido corrompida por la seguridad del éxito.
Intenté mencionarle algo de mis preocupaciones a Helena; pero ella también tenía esa insana seguridad marcada en el rostro, cosa que se hacía más visible conforme avanzaba en el entrenamiento.
Poco a poco nuestro lazo irrompible de confianza mutua se desvanecía, y en cambio, el suyo propio aumentaba hasta llegar a la altanería.
Decidí guardarme mis inquietudes y dedicarme a trabajar; después de todo, seguramente mi imaginación volaba lejos en la atmósfera… otra vez. Pero no era la única preocupada. Gabriel tenía el mismo semblante solitario que yo, y por su mirada triste, supe que las cosas con mi amiga no eran tan dulces como meses atrás.
Una cruda tensión se había formado entre nosotros, acrecentándose cada día más, hasta que llegó a su límite natural, el punto en dónde todo simplemente revienta, una de las tardes en que practicábamos en la habitación del teatro; la misma en que la exigencia de Mr. B terminó por elevarse sobre mis fuerzas humanas.
Él aseguraba que si yo pusiera un poco más de esfuerzo lograría penetrar en su mente como él lo hacía en la mía; pero yo ya estaba descargando todas mis energías en mantenerme firme, y poco a poco comencé a sentir como mi fuerza vital estaba siendo absorbida.
Helena me gritaba con un humor de perros, como si yo estuviera dedicándome a jugar en lugar de concentrarme. Eso me hizo sentir fatal.
Me tambaleé. Ya no podía mantenerme en pie, pero aún así, Mr. B y Helena seguían gritando, y exigiendo más y más de mí. Ya no podía resistirlo; y no me ayudaba que las imágenes más crudas de mi infancia aparecieran ante mí cada vez que el profesor entraba en mi mente.
Era una completa tortura resistirse al ataque. Yo sudaba por todos los poros de piel y el líquido fluía dolorosamente fuera de mi cuerpo, como si fuera mi sangre la que se derramaba.
- ¡Por favor Elizabeth! ¡Puedes hacerlo mucho mejor que esto!
- ¡Vamos! ¡Solo un poco más! ¡¿Qué tan difícil puede ser?!
Sentía como si mi amiga y el profesor estuvieran lanzando las delgadas fibras transparente que me apresaban en sueños, capturándome, sin que yo pudiera evitarlo. La oscuridad caería en cualquier momento, la misma imagen se había repetido demasiadas veces como para no recordar el instante preciso en que ocurriría. Iba a desfallecerme; pero no estaba segura de poder despertar después, como siempre. Solo era cuestión de segundos.
- ¡Ya basta! – gritó una voz potente y entonada. El dolor cedió y yo caí definitivamente al suelo. Mis extremidades convulsionaron y el sudor se congeló, cubriéndome con una ola fría.
- ¡¿Se puede saber que haces?! ¡Ya casi lo tenía! – gritó a su vez Mr. B
- ¡¿Qué te sucede?! – gritó también Helena.
Apenas me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, pero pude ver como Gabriel se interponía entre el ataque de Mr. B y yo, y como Helena se acercaba a él, gesticulando exageradamente con las manos.
Los gritos no se interrumpieron en ningún momento, subiendo de volumen de vez en cuando. Yo ya no tenía intenciones de escuchar. Solo sabía que cada célula de mi cuerpo dolía, tal y como lo había soñado, al mismo tiempo en que me espantaba con la idea de que hubiera sido precisamente él, mi maestro, quien hubiera vuelto mi pesadilla una realidad.
Tal vez entré en coma; no lo sé. Lo más probable es que solo haya perdido la sensibilidad, demasiado perdida en la frontera de lo real y lo irreal como para notar en que momento se callaron, o cuándo Gabriel me tomó con delicadeza y me sacó de la habitación.
Lo cierto es que desperté en un lugar completamente diferente.
- Hola – me saludó el vampiro - ¿Cómo estás?
- Bastante mejor – dije bostezando. No era mentira. Mi mente parecía haber vuelto a su lugar, protegida de todo lo malo de mi vida, todo lo que Mr. B había sacado a al luz.
- Me alegro- Su piel se veía más pálida de lo común, y unas ojeras azules surcaban su rostro perfecto. Me extrañó que, a pesar de su notable preocupación, pudiera sonreírme.
- ¿Dónde estamos? – me pregunté después de estirarme entre las cálidas sabanas que me cubrían.
- En un hotel. Lo siento, pero tuve que sacarte de ahí rápido; y también asegurarme que no pudieran… ya sabes, encontrarnos.
- No te preocupes. – sonreí. Una punzada de dolor cruzó mi estomago. Mis ojos enrojecieron.- Lo siento…- le dije enjuagándome una lágrima.
- Hey… No tienes por qué disculparte… No fuiste tú quien enloqueció de repente… - se sentó a mi lado y apartó otra lágrima acariciando mi mejilla.
- Gracias, Dientes… No sé que hubiera hecho sin ti…
- Convertirte en un zombi mutante, obvio – rió solo para alegrarme un poco. Por suerte funcionó.
- Y bueno… ¿Qué…? – mi voz tembló - ¿Qué…? ¿Qué haremos ahora?
- No lo sé… Pero tal vez se nos ocurra algo mientras tú tomas desayuno.- me besó la frente y salió de la habitación dejando que la incertidumbre me carcomiera.
N/A: siento la demora ween xs
No fue fácil; sobretodo para mí. Mr. B se mostró comprensivo ante mi debilidad; pero no disminuyo un centímetro su muro de exigencia; lo que volvió todo peor.
No hacíamos más que correr durante todo el día, y dormíamos cuatro horas por noche cuando mucho. El entrenamiento estaba en su fase intensiva, y además de mantener la fachada de alumnas promedio en el internado, - para no levantar sospechas - nos dedicábamos al estudio exhaustivo de cuanta cosa sobre natural encontrábamos.
Jamás pensé que sobreviviría a todo eso. Estaba totalmente colapsada. Eso de las artes no era precisamente fácil para mí, y aunque me esforzaba hasta el punto del dolor, los resultados no eran muchos. Por suerte Helena estaba a mi lado en todo momento; o al menos cuando Gabriel no andaba cerca.
Me sorprendía el ánimo que mi amiga podía llegar a tener a veces. Era como si estuviera viviendo su sueño, o algo así. Era perfectamente feliz con toda esta locura.
Yo no me quejaba. Me resultaba extraño pensar en que podía confiar mi vida a otras personas; mi rota familia solo me había enseñado la desconfianza, el temor, y a esconder los sentimientos y cualquier otra debilidad bajo una máscara de orgullo; pero ahora todo era diferente.
Helena, Gabriel y Mr. B eran ahora mi familia - una bastante peculiar; por decirlo menos – y yo confiaba planamente en cada uno de ellos… Ahora bien, la pregunta que me inquietaba era si ellos confiarían plenamente en mí.
Al principio de nuestro entrenamiento, Mr B se mostraba satisfecho con los resultados, y remediaba nuestros errores con paciencia y entusiasmo; sin embargo después de un tiempo comencé a percibir un ligero brillo fanático en sus ojos; como si su fe natural y espontánea hubiera sido corrompida por la seguridad del éxito.
Intenté mencionarle algo de mis preocupaciones a Helena; pero ella también tenía esa insana seguridad marcada en el rostro, cosa que se hacía más visible conforme avanzaba en el entrenamiento.
Poco a poco nuestro lazo irrompible de confianza mutua se desvanecía, y en cambio, el suyo propio aumentaba hasta llegar a la altanería.
Decidí guardarme mis inquietudes y dedicarme a trabajar; después de todo, seguramente mi imaginación volaba lejos en la atmósfera… otra vez. Pero no era la única preocupada. Gabriel tenía el mismo semblante solitario que yo, y por su mirada triste, supe que las cosas con mi amiga no eran tan dulces como meses atrás.
Una cruda tensión se había formado entre nosotros, acrecentándose cada día más, hasta que llegó a su límite natural, el punto en dónde todo simplemente revienta, una de las tardes en que practicábamos en la habitación del teatro; la misma en que la exigencia de Mr. B terminó por elevarse sobre mis fuerzas humanas.
Él aseguraba que si yo pusiera un poco más de esfuerzo lograría penetrar en su mente como él lo hacía en la mía; pero yo ya estaba descargando todas mis energías en mantenerme firme, y poco a poco comencé a sentir como mi fuerza vital estaba siendo absorbida.
Helena me gritaba con un humor de perros, como si yo estuviera dedicándome a jugar en lugar de concentrarme. Eso me hizo sentir fatal.
Me tambaleé. Ya no podía mantenerme en pie, pero aún así, Mr. B y Helena seguían gritando, y exigiendo más y más de mí. Ya no podía resistirlo; y no me ayudaba que las imágenes más crudas de mi infancia aparecieran ante mí cada vez que el profesor entraba en mi mente.
Era una completa tortura resistirse al ataque. Yo sudaba por todos los poros de piel y el líquido fluía dolorosamente fuera de mi cuerpo, como si fuera mi sangre la que se derramaba.
- ¡Por favor Elizabeth! ¡Puedes hacerlo mucho mejor que esto!
- ¡Vamos! ¡Solo un poco más! ¡¿Qué tan difícil puede ser?!
Sentía como si mi amiga y el profesor estuvieran lanzando las delgadas fibras transparente que me apresaban en sueños, capturándome, sin que yo pudiera evitarlo. La oscuridad caería en cualquier momento, la misma imagen se había repetido demasiadas veces como para no recordar el instante preciso en que ocurriría. Iba a desfallecerme; pero no estaba segura de poder despertar después, como siempre. Solo era cuestión de segundos.
- ¡Ya basta! – gritó una voz potente y entonada. El dolor cedió y yo caí definitivamente al suelo. Mis extremidades convulsionaron y el sudor se congeló, cubriéndome con una ola fría.
- ¡¿Se puede saber que haces?! ¡Ya casi lo tenía! – gritó a su vez Mr. B
- ¡¿Qué te sucede?! – gritó también Helena.
Apenas me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, pero pude ver como Gabriel se interponía entre el ataque de Mr. B y yo, y como Helena se acercaba a él, gesticulando exageradamente con las manos.
Los gritos no se interrumpieron en ningún momento, subiendo de volumen de vez en cuando. Yo ya no tenía intenciones de escuchar. Solo sabía que cada célula de mi cuerpo dolía, tal y como lo había soñado, al mismo tiempo en que me espantaba con la idea de que hubiera sido precisamente él, mi maestro, quien hubiera vuelto mi pesadilla una realidad.
Tal vez entré en coma; no lo sé. Lo más probable es que solo haya perdido la sensibilidad, demasiado perdida en la frontera de lo real y lo irreal como para notar en que momento se callaron, o cuándo Gabriel me tomó con delicadeza y me sacó de la habitación.
Lo cierto es que desperté en un lugar completamente diferente.
- Hola – me saludó el vampiro - ¿Cómo estás?
- Bastante mejor – dije bostezando. No era mentira. Mi mente parecía haber vuelto a su lugar, protegida de todo lo malo de mi vida, todo lo que Mr. B había sacado a al luz.
- Me alegro- Su piel se veía más pálida de lo común, y unas ojeras azules surcaban su rostro perfecto. Me extrañó que, a pesar de su notable preocupación, pudiera sonreírme.
- ¿Dónde estamos? – me pregunté después de estirarme entre las cálidas sabanas que me cubrían.
- En un hotel. Lo siento, pero tuve que sacarte de ahí rápido; y también asegurarme que no pudieran… ya sabes, encontrarnos.
- No te preocupes. – sonreí. Una punzada de dolor cruzó mi estomago. Mis ojos enrojecieron.- Lo siento…- le dije enjuagándome una lágrima.
- Hey… No tienes por qué disculparte… No fuiste tú quien enloqueció de repente… - se sentó a mi lado y apartó otra lágrima acariciando mi mejilla.
- Gracias, Dientes… No sé que hubiera hecho sin ti…
- Convertirte en un zombi mutante, obvio – rió solo para alegrarme un poco. Por suerte funcionó.
- Y bueno… ¿Qué…? – mi voz tembló - ¿Qué…? ¿Qué haremos ahora?
- No lo sé… Pero tal vez se nos ocurra algo mientras tú tomas desayuno.- me besó la frente y salió de la habitación dejando que la incertidumbre me carcomiera.
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27.11.08
Capitulo 8.
Una luz resplandeciente caída como lluvia a mí alrededor. Era hermosa, hermosísima; pero a mi no me lo parecía. No podía moverme, ni oír, ni hablar, ni gritar. No podía hacer nada. Sentía como unas delgadas cadenas transparentes se enrollaban en torno a mi cintura, tobillos, y muñecas, y no podía hacer nada ni por detenerlas, ni por liberarme.
Muy lentamente, sin que lograra evitarlo, los halos de luz se apoderaban de mí; me convertían en prisionera.
Las delgadas correas se incrustaban en mi piel; hasta romperla. La sangre brotaba con facilidad, como simple agua; agua escarlata; brillante. Al verla yo perdía la noción de la realidad. Me desfallecía.
Y entonces, justo cuando pensaba en que el dolor físico y el agotamiento más extremo no tenían comparación con esto, la oscuridad caía de sopetón.
- Mr. B creo que ya está volviendo en sí – alguien me acariciaba la cabeza con una mano, aplastando mi despeinado cabello.
- Ya era hora…- oí suspirar a Mr. B- ¿Elizabeth…?- preguntó con voz clara, arrastrándome al mundo real.
- ¿Elizabeth?- preguntó a su vez Helena, mientras apartaba, cariñosamente, un par de mechones de mi cara.
- Elizabeth… - susurró también una tercera voz, más profunda y entonada que las otras, una voz que me hizo pensar en ultratumba. Gabriel sin duda.
- Estoy aquí…- murmuré sin abrir los ojos. Sabía que saltarían encima de mí en cuanto lo hiciera.
- Me tenías con el alma en un hilo, tonta - gritó Helena antes que despegara mis parpados. Sabía que podía escucharla.
- … - no contesté. Pero abrí los ojos. La habitación sobre el teatro apareció ante mí, con su polvo habitual llenándome los pulmones Un rayo de sol me pegó de lleno en la cara. – Lo siento. Última vez - dije cuándo pude verlos con claridad.
- Sabemos que no es intencional - se apresuró a decir Mr. B- No es tu culpa… tal vez, no estás lista para esto…
- ¿De qué rayos está hablando profesor?- salté- Estoy perfectamente- me puse de pie de un salto, pero de inmediato me tambaleé. Hubiera caído en secó al suelo, pero Gabriel me sostuvo con rapidez sobrehumana. Helena me miró con los ojos entrecerrados.
- Gracias- dije con una sonrisa sincera y un poco de ironía en los ojos. Él se rió al ver la cara de mi amiga, que varió del rosado al verde en menos de cinco segundos.
- ¿Segura que estás bien, Elizabeth?- Mr. B siempre interrumpía nuestros juegos sarcásticos. Para él no era ningún chiste esta situación. Le ponía nervioso.
- Quizá un descanso no me haría mal- reconocí al sentirme mareada de nuevo. Me senté en la esquina junto al ropero.
- Tu turno entonces Helena.- dijo el profesor con una señal solemne. Yo reí entre dientes.
Gabriel se arrinconó; mientras más lejos de los rayos de sol estuviera, mejor para él. Por suerte, según mis cálculos, solo faltaban unos minutos para la total puesta de sol. Era parte del plan que fuera así. Parte de la rutina.
Desde que Mr. B nos reveló la verdad – su propia verdad y la de Gabriel –, dos meses atrás, nos reuníamos todos los días a la hora del crepúsculo en nuestra vieja habitación.
El profesor había diseñado una estructurada metodología para instruirnos en cómo usar correctamente las artes secretas; y la muerte caería sobre el que osara oponerse a ella.
Recuerdo la primera vez que nos habló de las artes. Yo había abierto los ojos como platos pensando en que nos enseñaría a sacar energía por las palmas, a matar con la mirada, o algún otro súper poder. Por supuesto él se rió de mí.
- Como si con Gabriel no tuviéramos suficiente- añadió partiéndose de risa.
El vampiro lo miró con cara de pocos amigos y mostró una de sus adorables sonrisas; esas en las que estiraba los labios y abría ligeramente la boca; movimientos exactamente calculados para mostrar sus filosos y blancos colmillos. Realmente escalofriante… la primera vez. Se pasaba con el tiempo.
Al final, el asunto de las artes secretas terminó siendo algo bastante menos emocionante que un súper poder; y bastante más doloroso. El arte consistía en usar tu mente para desequilibrar la fuerza del oponente, algo así como golpearle la psiquis; cosa que te traía jaquecas espantosas; y con eso adquirir tiempo suficiente para golpearlo de verdad.
Según Mr. B, con este conocimiento podríamos enfrentarnos a lo que sea. Y literalmente eso era justo lo que necesitábamos.
Nuestra misión consistía a muy grandes rasgos en algo así como enfrentarse a todas las mafias conocidas y algunas que nadie sabe que existen, pero de seguro, son mucho más peligrosas que lo que puedes llegar a imaginar.
¿Suicida? De hecho, bastante.
Y el objetivo, la famosa cuestión que hace que dos chicas friquis, un encantador profesor de literatura con las tejas corridas y un vampiro, se unan para formar algo así como una la Liga de la No Cordura; es nada más y nada menos que encontrar la Vacuna.
- Cuidado con tus rodillas Helena- señalé al ver como un obvio ataque de Mr. B le llegaría de lleno en una de ellas.
Mi amiga me hizo caso y lo esquivo con agilidad. Miró de reojo a Gabriel, y este le sonrió como sólo lo hacía con ella, sin mostrar un atisbo de sus dientes. Me dio una arcada. Mr. B aprovechó el descuido de mi compañera y le tomó un brazo.
- ¡Hey! Eso no fue justo- protestó Helena, con un chillido infantil.
- La idea es que no te desconcentres- repitió el profesor obligándola a mirarlo. – Vamos de nuevo.
A Helena se le hacía difícil prestar mucha atención cuando nuestro vampiro estaba presente. Era obvio que su interés por Gabriel hacía tiempo que no rayaba en lo profesional, pero ninguno de los dos decía nada. Mi estómago se revolvía cada vez que los tenía cerca. Era espantoso. Al paso que íbamos me convertiría en toda una concertista profesional. Puaj. Con lo que odiaba el violín.
Mr. B logró desequilibrar a Helena una vez más, se acercaba con movimientos demasiado sutiles; como asechándola. Está perdida; pensé bajando la cabeza, resignada a verla caer… otra vez. Sin embargo, eso no ocurrió. Helena esquivó el ataque con la rapidez propia de un venado que escapa de un león.
- ¡Wow! ¡Eso fue increíble! – grité lanzándome encima de mi amiga.
- Sí, lo sé… - se rió ella. Miró de reojo al vampiro, y los ojos de Gabriel brillaron en la oscuridad, gesto más que suficiente para hacerla feliz, supongo.
- Eso fue brillante Helena- la vitoreó Mr. B con una sonrisa.
Era la primera vez que alguien se le enfrentaba correctamente; lo que en otras palabras significó que, por fin, su trabajo comenzaba a dar frutos. O al menos, la mitad. Bajé la mirada. Siempre fui más que un poco torpe; nunca esperé que estas cosas de las artes se me dieran de manera fácil.
Gabriel se me acercó con sus pasos mudos.
- Hey, no te preocupes- dijo dándome un ligero golpecito en el hombro.
- Gracias, Dientes- le sonreí devolviéndole el golpe. Me dolieron los nudillos.
Me caía bien este chico; detrás de esa piel de piedra que lo cubría, había una persona tan desquiciada, en el buen sentido, como Helena.
Harían una linda pareja… Otra arcada me cruzó la garganta interrumpiendo mi pensamiento. OK. Una linda pareja, expresamente lejos de mí.
- Creo que eso es todo por hoy – recitó Mr. B como todos los días.- La luna ya se ha apoderado del firmamento - traducción: hora de irse a la cama antes que la monja, digo, la hermana Lucía, se de cuenta.
Tomé mi mochila y salí de la habitación. Helena seguía plantada, hablando animadamente con Gabriel; él la escuchaba absorto, cuidando no mostrar sus dientes, toda una delicadeza por su parte, una que no empleaba con nadie más; no conmigo, por ejemplo.
Mr B sacudía un par de cosas, silbando fuerte, muy fuerte. ¡Maldita sea! Era peor que un padre sobre protector.
- Ehmm… ¿Profe? – lo llamé desde el marco de la puerta.
- ¿Elizabeth?- preguntó con voz más fuerte de lo necesario. Le dediqué una mirada elocuente.
- ¿Me ayuda con mi mochila?- dije con una sonrisa inocente. Él puso los ojos en blanco.
- OK… - susurró con la mandíbula desencajada. Tomó mi bolso y marcho delante de mí. Helena me miró con los ojos brillantes y el vampiro me dedicó una sonrisa torcida.
- Si ya se; me deben una… - salí de la habitación sacando la lengua y cerrando la puerta tras de mí.
Muy lentamente, sin que lograra evitarlo, los halos de luz se apoderaban de mí; me convertían en prisionera.
Las delgadas correas se incrustaban en mi piel; hasta romperla. La sangre brotaba con facilidad, como simple agua; agua escarlata; brillante. Al verla yo perdía la noción de la realidad. Me desfallecía.
Y entonces, justo cuando pensaba en que el dolor físico y el agotamiento más extremo no tenían comparación con esto, la oscuridad caía de sopetón.
- Mr. B creo que ya está volviendo en sí – alguien me acariciaba la cabeza con una mano, aplastando mi despeinado cabello.
- Ya era hora…- oí suspirar a Mr. B- ¿Elizabeth…?- preguntó con voz clara, arrastrándome al mundo real.
- ¿Elizabeth?- preguntó a su vez Helena, mientras apartaba, cariñosamente, un par de mechones de mi cara.
- Elizabeth… - susurró también una tercera voz, más profunda y entonada que las otras, una voz que me hizo pensar en ultratumba. Gabriel sin duda.
- Estoy aquí…- murmuré sin abrir los ojos. Sabía que saltarían encima de mí en cuanto lo hiciera.
- Me tenías con el alma en un hilo, tonta - gritó Helena antes que despegara mis parpados. Sabía que podía escucharla.
- … - no contesté. Pero abrí los ojos. La habitación sobre el teatro apareció ante mí, con su polvo habitual llenándome los pulmones Un rayo de sol me pegó de lleno en la cara. – Lo siento. Última vez - dije cuándo pude verlos con claridad.
- Sabemos que no es intencional - se apresuró a decir Mr. B- No es tu culpa… tal vez, no estás lista para esto…
- ¿De qué rayos está hablando profesor?- salté- Estoy perfectamente- me puse de pie de un salto, pero de inmediato me tambaleé. Hubiera caído en secó al suelo, pero Gabriel me sostuvo con rapidez sobrehumana. Helena me miró con los ojos entrecerrados.
- Gracias- dije con una sonrisa sincera y un poco de ironía en los ojos. Él se rió al ver la cara de mi amiga, que varió del rosado al verde en menos de cinco segundos.
- ¿Segura que estás bien, Elizabeth?- Mr. B siempre interrumpía nuestros juegos sarcásticos. Para él no era ningún chiste esta situación. Le ponía nervioso.
- Quizá un descanso no me haría mal- reconocí al sentirme mareada de nuevo. Me senté en la esquina junto al ropero.
- Tu turno entonces Helena.- dijo el profesor con una señal solemne. Yo reí entre dientes.
Gabriel se arrinconó; mientras más lejos de los rayos de sol estuviera, mejor para él. Por suerte, según mis cálculos, solo faltaban unos minutos para la total puesta de sol. Era parte del plan que fuera así. Parte de la rutina.
Desde que Mr. B nos reveló la verdad – su propia verdad y la de Gabriel –, dos meses atrás, nos reuníamos todos los días a la hora del crepúsculo en nuestra vieja habitación.
El profesor había diseñado una estructurada metodología para instruirnos en cómo usar correctamente las artes secretas; y la muerte caería sobre el que osara oponerse a ella.
Recuerdo la primera vez que nos habló de las artes. Yo había abierto los ojos como platos pensando en que nos enseñaría a sacar energía por las palmas, a matar con la mirada, o algún otro súper poder. Por supuesto él se rió de mí.
- Como si con Gabriel no tuviéramos suficiente- añadió partiéndose de risa.
El vampiro lo miró con cara de pocos amigos y mostró una de sus adorables sonrisas; esas en las que estiraba los labios y abría ligeramente la boca; movimientos exactamente calculados para mostrar sus filosos y blancos colmillos. Realmente escalofriante… la primera vez. Se pasaba con el tiempo.
Al final, el asunto de las artes secretas terminó siendo algo bastante menos emocionante que un súper poder; y bastante más doloroso. El arte consistía en usar tu mente para desequilibrar la fuerza del oponente, algo así como golpearle la psiquis; cosa que te traía jaquecas espantosas; y con eso adquirir tiempo suficiente para golpearlo de verdad.
Según Mr. B, con este conocimiento podríamos enfrentarnos a lo que sea. Y literalmente eso era justo lo que necesitábamos.
Nuestra misión consistía a muy grandes rasgos en algo así como enfrentarse a todas las mafias conocidas y algunas que nadie sabe que existen, pero de seguro, son mucho más peligrosas que lo que puedes llegar a imaginar.
¿Suicida? De hecho, bastante.
Y el objetivo, la famosa cuestión que hace que dos chicas friquis, un encantador profesor de literatura con las tejas corridas y un vampiro, se unan para formar algo así como una la Liga de la No Cordura; es nada más y nada menos que encontrar la Vacuna.
- Cuidado con tus rodillas Helena- señalé al ver como un obvio ataque de Mr. B le llegaría de lleno en una de ellas.
Mi amiga me hizo caso y lo esquivo con agilidad. Miró de reojo a Gabriel, y este le sonrió como sólo lo hacía con ella, sin mostrar un atisbo de sus dientes. Me dio una arcada. Mr. B aprovechó el descuido de mi compañera y le tomó un brazo.
- ¡Hey! Eso no fue justo- protestó Helena, con un chillido infantil.
- La idea es que no te desconcentres- repitió el profesor obligándola a mirarlo. – Vamos de nuevo.
A Helena se le hacía difícil prestar mucha atención cuando nuestro vampiro estaba presente. Era obvio que su interés por Gabriel hacía tiempo que no rayaba en lo profesional, pero ninguno de los dos decía nada. Mi estómago se revolvía cada vez que los tenía cerca. Era espantoso. Al paso que íbamos me convertiría en toda una concertista profesional. Puaj. Con lo que odiaba el violín.
Mr. B logró desequilibrar a Helena una vez más, se acercaba con movimientos demasiado sutiles; como asechándola. Está perdida; pensé bajando la cabeza, resignada a verla caer… otra vez. Sin embargo, eso no ocurrió. Helena esquivó el ataque con la rapidez propia de un venado que escapa de un león.
- ¡Wow! ¡Eso fue increíble! – grité lanzándome encima de mi amiga.
- Sí, lo sé… - se rió ella. Miró de reojo al vampiro, y los ojos de Gabriel brillaron en la oscuridad, gesto más que suficiente para hacerla feliz, supongo.
- Eso fue brillante Helena- la vitoreó Mr. B con una sonrisa.
Era la primera vez que alguien se le enfrentaba correctamente; lo que en otras palabras significó que, por fin, su trabajo comenzaba a dar frutos. O al menos, la mitad. Bajé la mirada. Siempre fui más que un poco torpe; nunca esperé que estas cosas de las artes se me dieran de manera fácil.
Gabriel se me acercó con sus pasos mudos.
- Hey, no te preocupes- dijo dándome un ligero golpecito en el hombro.
- Gracias, Dientes- le sonreí devolviéndole el golpe. Me dolieron los nudillos.
Me caía bien este chico; detrás de esa piel de piedra que lo cubría, había una persona tan desquiciada, en el buen sentido, como Helena.
Harían una linda pareja… Otra arcada me cruzó la garganta interrumpiendo mi pensamiento. OK. Una linda pareja, expresamente lejos de mí.
- Creo que eso es todo por hoy – recitó Mr. B como todos los días.- La luna ya se ha apoderado del firmamento - traducción: hora de irse a la cama antes que la monja, digo, la hermana Lucía, se de cuenta.
Tomé mi mochila y salí de la habitación. Helena seguía plantada, hablando animadamente con Gabriel; él la escuchaba absorto, cuidando no mostrar sus dientes, toda una delicadeza por su parte, una que no empleaba con nadie más; no conmigo, por ejemplo.
Mr B sacudía un par de cosas, silbando fuerte, muy fuerte. ¡Maldita sea! Era peor que un padre sobre protector.
- Ehmm… ¿Profe? – lo llamé desde el marco de la puerta.
- ¿Elizabeth?- preguntó con voz más fuerte de lo necesario. Le dediqué una mirada elocuente.
- ¿Me ayuda con mi mochila?- dije con una sonrisa inocente. Él puso los ojos en blanco.
- OK… - susurró con la mandíbula desencajada. Tomó mi bolso y marcho delante de mí. Helena me miró con los ojos brillantes y el vampiro me dedicó una sonrisa torcida.
- Si ya se; me deben una… - salí de la habitación sacando la lengua y cerrando la puerta tras de mí.
25.11.08
Capitulo 7.
- ¡¿En que rayos estabas pensando?!- grité una vez que estuvimos seguras en la habitación del teatro, con la puerta cerrada bajo tres candados.
Helena suspiró y no respondió. No había dicho ni pío desde que salimos corriendo, y por su expresión supe que no lo diría en el futuro. Contuve las ganas que tenía de ponerme a gritar. No era seguro. Pero ya encontraría mi venganza. Helena me debía una muy grande.
Esa noche dormimos ahí. Como sospechaba, mi compañera no dijo nada. Era muy típico de ella callarse en los momentos oportunos; aunque ese termino que no tuviera el mismo significado para mí.
El terror de la noche anterior no desapareció en toda la mañana. Tenía clavadas en mi retina miles de imágenes, como los jeroglíficos del muro, el extraño sujeto y su sangrienta expresión, y sobretodo, la última mirada de Mr. B. Demás está decir que no presté ningún tipo de atención a las clases; pero eso ya era habitual.
- Elizabeth, Helena; ¿Pueden acompañarme un minuto?- tan distraída estaba, que el momento que había temido toda la mañana llegó sin que me enterara. Mr. B estaba plantado en la puerta del salón, esperándonos.
Helena me miró con la cara blanca como el papel, la misma que seguramente tenía yo. Salimos en silencio, como si se tratara de nuestra marcha fúnebre. Si La Tortura estaba presente seguramente habría preferido la marcha.
Mr. B nos dirigió una mirada amable, supuestamente un saludo; sarcasmo, pensé de inmediato.
Nos condujo a su oficina; el departamento de lenguaje; su guarida, como solía llamarle Helena.
- Tomen asiento, ¿Puedo ofrecerles té, o café?- dijo con la misma amabilidad, o el mismo sarcasmo, según yo.
- No gracias- respondí con un hilo de voz. Quiero vivir, pensé.
- Yo si tomaré un té, muchas gracias. – dijo Helena. Eran sus primeras palabras desde la noche anterior. Yo abrí la boca y la dejé ahí, mientras la miraba con cara de ¿Estás loca, o qué?
- Sin arsénico, por favor- murmuró muy despacio, aunque yo estaba segura de que él la había escuchado.
- Por supuesto- sonrió el profesor. Pasándole una humeante taza.- Bueno, las he llamado para que hablemos de… - titubeo un segundo, parecía estar buscando las palabras- … de lo ocurrido anoche.
- ¿Piensa darnos una explicación acaso?- inquirí levantando una ceja. ¿De donde había sacado valor para decir eso?
- No creo que le deba explicaciones a nadie, Elizabeth… después de todo, soy un adulto.- respondía la pregunta con tanta tranquilidad, que me pregunté si era una broma.
- Lo que Elizabeth quiso decir, creo, es…- vaya, de repente Helena se convirtió en mi vocera oficial - … ¿Qué es lo que está ocurriendo, profesor?
- Escuchen… esto tal vez les resulte extraño, pero lo cierto es que las necesito. Por eso les explicaré lo que sucede. – no presté atención a su mirada; pero la verdad, es que era difícil no ceder ante ella. Mr. B era el tipo de sujeto que podía convencerte solo con el poder de su palabra, y si a ello le añadía su mirada, simplemente estabas frita. Intente no hacerle caso
- Bueno, ¿Nos explicará por qué se ha robado la mitad del colegio?- pregunté con la mayor educación que fui capaz.
- Robar, no creo que sea la palabra adecuada, Elizabeth… Recuperar, sería el término que yo usaría.
- ¿Recuperar? Entonces, ¿Es cierto?- Los ojos de Helena echaron chispas de emoción.
- ¿Qué es cierto?- pregunté consternada. No tenía idea de que rayos estaba hablando.
- Hay leyendas que dicen que este colegio, pertenecía a alguien, a una familia de escritores, mucho antes que la Iglesia lo tomara por la fuerza y lo convirtiera en el internado. ¿Era su familia, no?
- De hecho… Todo lo que ven aquí, solía ser parte de mi casa…– sonrió con nostalgia, el contorno de sus ojos se pobló de arrugas. - Mis padres construyeron un colegio para educar a los hijos de sus trabajadores… Era su sueño, ya saben, hacer un bien a la comunidad
- ¿Y cómo…? ¿cómo…?
- Cuando mi madre murió, mi padre no fue capaz de seguir adelante. Abandonó a su familia y todas sus pertenecías… Nunca volvimos a saber de él. – Un pinchazo me recorrió el estómago, una historia demasiado familiar para ser coincidencia. Mr. B me miró con comprensión. Él lo sabía. – Después de que se fue, la Iglesia se hizo cargo de este lugar; transformaron todo, lo convirtieron en el centro de reclusión, como lo llaman ustedes. – Le agradecí que cambiara de tema, pero el pinchazo no desapareció.
- ¿Y qué…? ¿qué…?- Helena por primera vez temblaba. Tomó aire y dijo de una sola vez- ¿Qué tiene que ver él con todo esto?- todos sabíamos a quién se refería.
- Bueno… - comenzó el profesor, intentando nuevamente encontrar las palabras precisas- Gabriel es… Alguien que me está ayudando con todo esto. Lamento que lo hayan visto así. Anoche… bueno, no era una de sus mejores noches, ciertamente.
- ¿Por qué lo mantiene encerrado?- mi sangre volvió a helarse
- Es él mismo quién se encierra, querida. No le gusta ser… un peligro, para nadie.
- ¿Un peligro?
- Gabriel es un vampiro, Elizabeth. – dijo Helena con voz seca. Yo abrí los ojos como platos.
- ¡¿Y tú como lo sabes?!-grité poniéndome de pie de un salto. Me pareció extraño que me sorprendiera más eso, que el hecho en sí.
- Ya había juntado todas las piezas antes que entráramos ahí ayer. Los objetos perdidos, las pisas, el cuadro. Todo se explicaba bajo una sola palabra. Lo de ayer fue solo la comprobación
- ¡¿Y por qué no me lo dijiste?!- volví a gritar
- Pensé que no me creerías… Y también esperaba que todo fuera parte de mi imaginación… - se encogió de hombros ante la simplicidad de su respuesta. Yo también. Suspiré pesadamente.
- ¿Bueno y qué espera qué hagamos?
- Las he escogido a ustedes porque son mucho más especiales de lo que ustedes mismas creen, chicas. Con un poco de practica y entrenamiento, podrían hacer lo que fuera…- un ligero brilló fanático cruzó las pupilas de Mr, B
- ¿Esto no es solo por la historia de su familia, cierto?- susurré con desgano.
- No, es algo mucho más importante que sacar a un montón de monjas de un colegio- rió él.
- ¿Qué es?- Helena tenía el mismo brillo en los ojos. Yo puse los ojos en blanco y terminé por rendirme. ¿Podía hacer algo más que unirme a esta locura?
- Encontrar la Vacuna, por supuesto. – dijo en utilizando el tono solemne que sellaba el comienzo de algo inesperado.
Helena suspiró y no respondió. No había dicho ni pío desde que salimos corriendo, y por su expresión supe que no lo diría en el futuro. Contuve las ganas que tenía de ponerme a gritar. No era seguro. Pero ya encontraría mi venganza. Helena me debía una muy grande.
Esa noche dormimos ahí. Como sospechaba, mi compañera no dijo nada. Era muy típico de ella callarse en los momentos oportunos; aunque ese termino que no tuviera el mismo significado para mí.
El terror de la noche anterior no desapareció en toda la mañana. Tenía clavadas en mi retina miles de imágenes, como los jeroglíficos del muro, el extraño sujeto y su sangrienta expresión, y sobretodo, la última mirada de Mr. B. Demás está decir que no presté ningún tipo de atención a las clases; pero eso ya era habitual.
- Elizabeth, Helena; ¿Pueden acompañarme un minuto?- tan distraída estaba, que el momento que había temido toda la mañana llegó sin que me enterara. Mr. B estaba plantado en la puerta del salón, esperándonos.
Helena me miró con la cara blanca como el papel, la misma que seguramente tenía yo. Salimos en silencio, como si se tratara de nuestra marcha fúnebre. Si La Tortura estaba presente seguramente habría preferido la marcha.
Mr. B nos dirigió una mirada amable, supuestamente un saludo; sarcasmo, pensé de inmediato.
Nos condujo a su oficina; el departamento de lenguaje; su guarida, como solía llamarle Helena.
- Tomen asiento, ¿Puedo ofrecerles té, o café?- dijo con la misma amabilidad, o el mismo sarcasmo, según yo.
- No gracias- respondí con un hilo de voz. Quiero vivir, pensé.
- Yo si tomaré un té, muchas gracias. – dijo Helena. Eran sus primeras palabras desde la noche anterior. Yo abrí la boca y la dejé ahí, mientras la miraba con cara de ¿Estás loca, o qué?
- Sin arsénico, por favor- murmuró muy despacio, aunque yo estaba segura de que él la había escuchado.
- Por supuesto- sonrió el profesor. Pasándole una humeante taza.- Bueno, las he llamado para que hablemos de… - titubeo un segundo, parecía estar buscando las palabras- … de lo ocurrido anoche.
- ¿Piensa darnos una explicación acaso?- inquirí levantando una ceja. ¿De donde había sacado valor para decir eso?
- No creo que le deba explicaciones a nadie, Elizabeth… después de todo, soy un adulto.- respondía la pregunta con tanta tranquilidad, que me pregunté si era una broma.
- Lo que Elizabeth quiso decir, creo, es…- vaya, de repente Helena se convirtió en mi vocera oficial - … ¿Qué es lo que está ocurriendo, profesor?
- Escuchen… esto tal vez les resulte extraño, pero lo cierto es que las necesito. Por eso les explicaré lo que sucede. – no presté atención a su mirada; pero la verdad, es que era difícil no ceder ante ella. Mr. B era el tipo de sujeto que podía convencerte solo con el poder de su palabra, y si a ello le añadía su mirada, simplemente estabas frita. Intente no hacerle caso
- Bueno, ¿Nos explicará por qué se ha robado la mitad del colegio?- pregunté con la mayor educación que fui capaz.
- Robar, no creo que sea la palabra adecuada, Elizabeth… Recuperar, sería el término que yo usaría.
- ¿Recuperar? Entonces, ¿Es cierto?- Los ojos de Helena echaron chispas de emoción.
- ¿Qué es cierto?- pregunté consternada. No tenía idea de que rayos estaba hablando.
- Hay leyendas que dicen que este colegio, pertenecía a alguien, a una familia de escritores, mucho antes que la Iglesia lo tomara por la fuerza y lo convirtiera en el internado. ¿Era su familia, no?
- De hecho… Todo lo que ven aquí, solía ser parte de mi casa…– sonrió con nostalgia, el contorno de sus ojos se pobló de arrugas. - Mis padres construyeron un colegio para educar a los hijos de sus trabajadores… Era su sueño, ya saben, hacer un bien a la comunidad
- ¿Y cómo…? ¿cómo…?
- Cuando mi madre murió, mi padre no fue capaz de seguir adelante. Abandonó a su familia y todas sus pertenecías… Nunca volvimos a saber de él. – Un pinchazo me recorrió el estómago, una historia demasiado familiar para ser coincidencia. Mr. B me miró con comprensión. Él lo sabía. – Después de que se fue, la Iglesia se hizo cargo de este lugar; transformaron todo, lo convirtieron en el centro de reclusión, como lo llaman ustedes. – Le agradecí que cambiara de tema, pero el pinchazo no desapareció.
- ¿Y qué…? ¿qué…?- Helena por primera vez temblaba. Tomó aire y dijo de una sola vez- ¿Qué tiene que ver él con todo esto?- todos sabíamos a quién se refería.
- Bueno… - comenzó el profesor, intentando nuevamente encontrar las palabras precisas- Gabriel es… Alguien que me está ayudando con todo esto. Lamento que lo hayan visto así. Anoche… bueno, no era una de sus mejores noches, ciertamente.
- ¿Por qué lo mantiene encerrado?- mi sangre volvió a helarse
- Es él mismo quién se encierra, querida. No le gusta ser… un peligro, para nadie.
- ¿Un peligro?
- Gabriel es un vampiro, Elizabeth. – dijo Helena con voz seca. Yo abrí los ojos como platos.
- ¡¿Y tú como lo sabes?!-grité poniéndome de pie de un salto. Me pareció extraño que me sorprendiera más eso, que el hecho en sí.
- Ya había juntado todas las piezas antes que entráramos ahí ayer. Los objetos perdidos, las pisas, el cuadro. Todo se explicaba bajo una sola palabra. Lo de ayer fue solo la comprobación
- ¡¿Y por qué no me lo dijiste?!- volví a gritar
- Pensé que no me creerías… Y también esperaba que todo fuera parte de mi imaginación… - se encogió de hombros ante la simplicidad de su respuesta. Yo también. Suspiré pesadamente.
- ¿Bueno y qué espera qué hagamos?
- Las he escogido a ustedes porque son mucho más especiales de lo que ustedes mismas creen, chicas. Con un poco de practica y entrenamiento, podrían hacer lo que fuera…- un ligero brilló fanático cruzó las pupilas de Mr, B
- ¿Esto no es solo por la historia de su familia, cierto?- susurré con desgano.
- No, es algo mucho más importante que sacar a un montón de monjas de un colegio- rió él.
- ¿Qué es?- Helena tenía el mismo brillo en los ojos. Yo puse los ojos en blanco y terminé por rendirme. ¿Podía hacer algo más que unirme a esta locura?
- Encontrar la Vacuna, por supuesto. – dijo en utilizando el tono solemne que sellaba el comienzo de algo inesperado.
Capitulo 6.
- ¿Helena?– nada - ¡Helena!
La sacudí más de un par de veces y le golpeé los hombros y la espalda; pero simplemente no me oía. Esta hipnotizada, con la vista fija, perdida en el rostro de… la criatura.
Mi incomprensión sobrepasó todos los niveles cuando vi su semblante, y por un segundo yo también me sentí hipnotizada, sorprendida y atrapada por su totalizadora belleza. Sin duda era un hombre; aunque tal vez no un ser humano. Su piel era demasiado pálida, y sus ojos rojos, como inyectado de sangre. Cada una de las furiosas expresiones de su cara demostraban el más sincero y terminante odio, lo que le confería un aspecto aún más arrebatador, si era posible. Aún así, quizás muy por debajo de su fachada, la curvatura de su espalda, el encogimiento de sus hombros y la soltura de sus extremidades le hacía parecer consumido, aterrorizado, incluso hambriento; como un verdadero animal encerrado en su jaula.
Dejé de sentir temor cuando repare en esos detalles, lo remplacé por lástima, por tristeza.
La pena terminó por distraerme de la hipnosis, pude volver a enfocar la vista en otra dirección, y también recordar en dónde estaba y por qué; no obstante, Helena seguía con la vista pegada al hombre. Parecía estar no haber visto jamás algo tan deslumbrante en su vida; como si a un chiquillo lo llevaran a ver por primera vez un espectáculo de osos gigantes danzarines.
Intenté distraerla de nuevo, apartarla de la reja, pero no me hacía caso. Estaba totalmente perdida en los esos ojos escarlata que también parecían dirigirse solo a ella.
En otra circunstancia; ciertamente no en medio de la noche en la habitación oculta del centro de reclusión, frente a la jaula de una misteriosa criatura de inescrutable belleza; habría pensado sarcásticamente en ir a buscar mi violín.
Pero no había tiempo para eso. Mr. B debería estar cerca, después de todo, él, en verdad, era el ladrón. Seguramente asaltó todos esos departamentos en busca de información que le permitieran mantener con vida a este sujeto. La prueba tangible estaba en todos esos frascos de colores que adornaban el cuarto. No necesitaba pensarlo dos veces para decir, a ciencia cierta, que todos formaban parte del contenido de esa caja de cartón que alguna vez le vimos sacar del laboratorio.
Era tan obvio, tan simple.
La verdadera pregunta que ahora cruzaba por mi mente era por qué. ¿Qué era este extraño sujeto? ¿Por qué parecía tan poco humano, a pesar de su notable figura de hombre? ¿Qué rayos pretendía hacer con él?
No tuve tiempo de seguir aventurando más preguntas sin respuestas. La criatura se había acercado peligrosamente a la reja, tomando la mano que Helena le ofrecía, acercándola a su boca. Vista desde un ángulo más lejano, hubiera parecido una clara escena romántica, de esas que llegan a revolverte el estómago; y por el brillo en los ojos de mi amiga supe que quizás sí lo era; pero mis instintos de supervivencia se aceleraron, avisándome que fuera de esa capa de dulzura, nada bueno podía esconderse.
El ruido de unos pasos lejanos me hizo despegar la vista de mi compañera y voltearme hacia la puerta.
Mr. B debía haber entrado por el maldito túnel. Y venía hacia aquí.
Helena seguía completamente perdida, no había espacio en su cabeza para sacarnos de ahí; así que era mi turno.
Los pasos se acercaban cada vez más. Ya podía sentir incluso la respiración del profesor. Mi cabeza bombeaba, todo daba vueltas y la sangre en mis venas comenzaba a enfriarse a una no saludable velocidad
La puerta enrejada de la entrada se abrió con su chirriante sonido metálico. Miré hacia todos lados buscando una señal de algo que me ayudara, cuando vi los líquidos. No podía pensarlo dos veces.
Con una mano tomé el brazo de Helena, y con la otra arrojé los frascos al suelo, los que se quebraron ruidosamente en el segundo exacto en que mi mirada y la de Mr. B se cruzaron en la oscuridad. Pero ya era demasiado tarde para que él pudiera hacer algo. Los químicos reaccionaron generando el humo suficiente para envolvernos en las sombras permitiéndome salir corriendo de ahí arrastrando a Helena.
La sacudí más de un par de veces y le golpeé los hombros y la espalda; pero simplemente no me oía. Esta hipnotizada, con la vista fija, perdida en el rostro de… la criatura.
Mi incomprensión sobrepasó todos los niveles cuando vi su semblante, y por un segundo yo también me sentí hipnotizada, sorprendida y atrapada por su totalizadora belleza. Sin duda era un hombre; aunque tal vez no un ser humano. Su piel era demasiado pálida, y sus ojos rojos, como inyectado de sangre. Cada una de las furiosas expresiones de su cara demostraban el más sincero y terminante odio, lo que le confería un aspecto aún más arrebatador, si era posible. Aún así, quizás muy por debajo de su fachada, la curvatura de su espalda, el encogimiento de sus hombros y la soltura de sus extremidades le hacía parecer consumido, aterrorizado, incluso hambriento; como un verdadero animal encerrado en su jaula.
Dejé de sentir temor cuando repare en esos detalles, lo remplacé por lástima, por tristeza.
La pena terminó por distraerme de la hipnosis, pude volver a enfocar la vista en otra dirección, y también recordar en dónde estaba y por qué; no obstante, Helena seguía con la vista pegada al hombre. Parecía estar no haber visto jamás algo tan deslumbrante en su vida; como si a un chiquillo lo llevaran a ver por primera vez un espectáculo de osos gigantes danzarines.
Intenté distraerla de nuevo, apartarla de la reja, pero no me hacía caso. Estaba totalmente perdida en los esos ojos escarlata que también parecían dirigirse solo a ella.
En otra circunstancia; ciertamente no en medio de la noche en la habitación oculta del centro de reclusión, frente a la jaula de una misteriosa criatura de inescrutable belleza; habría pensado sarcásticamente en ir a buscar mi violín.
Pero no había tiempo para eso. Mr. B debería estar cerca, después de todo, él, en verdad, era el ladrón. Seguramente asaltó todos esos departamentos en busca de información que le permitieran mantener con vida a este sujeto. La prueba tangible estaba en todos esos frascos de colores que adornaban el cuarto. No necesitaba pensarlo dos veces para decir, a ciencia cierta, que todos formaban parte del contenido de esa caja de cartón que alguna vez le vimos sacar del laboratorio.
Era tan obvio, tan simple.
La verdadera pregunta que ahora cruzaba por mi mente era por qué. ¿Qué era este extraño sujeto? ¿Por qué parecía tan poco humano, a pesar de su notable figura de hombre? ¿Qué rayos pretendía hacer con él?
No tuve tiempo de seguir aventurando más preguntas sin respuestas. La criatura se había acercado peligrosamente a la reja, tomando la mano que Helena le ofrecía, acercándola a su boca. Vista desde un ángulo más lejano, hubiera parecido una clara escena romántica, de esas que llegan a revolverte el estómago; y por el brillo en los ojos de mi amiga supe que quizás sí lo era; pero mis instintos de supervivencia se aceleraron, avisándome que fuera de esa capa de dulzura, nada bueno podía esconderse.
El ruido de unos pasos lejanos me hizo despegar la vista de mi compañera y voltearme hacia la puerta.
Mr. B debía haber entrado por el maldito túnel. Y venía hacia aquí.
Helena seguía completamente perdida, no había espacio en su cabeza para sacarnos de ahí; así que era mi turno.
Los pasos se acercaban cada vez más. Ya podía sentir incluso la respiración del profesor. Mi cabeza bombeaba, todo daba vueltas y la sangre en mis venas comenzaba a enfriarse a una no saludable velocidad
La puerta enrejada de la entrada se abrió con su chirriante sonido metálico. Miré hacia todos lados buscando una señal de algo que me ayudara, cuando vi los líquidos. No podía pensarlo dos veces.
Con una mano tomé el brazo de Helena, y con la otra arrojé los frascos al suelo, los que se quebraron ruidosamente en el segundo exacto en que mi mirada y la de Mr. B se cruzaron en la oscuridad. Pero ya era demasiado tarde para que él pudiera hacer algo. Los químicos reaccionaron generando el humo suficiente para envolvernos en las sombras permitiéndome salir corriendo de ahí arrastrando a Helena.
24.11.08
Capitulo 5.
Esa noche, ni los gritos de la hermana Lucía, que tronaron más fuerte de lo común, si es posible; pudieron obligarme a cerrar los ojos. Normalmente, mis parpados actuaban por iniciativa propia apenas ella abría la boca para soltar su anciano chillido. Era bastante más fácil hacer caso a la estúpida orden; revelarse abría significado, de una forma u otra, La Tortura.
Pero esa noche mi instinto no funcionó. Luche con todas mis fuerzas por desterrar las locas ideas de Helena de mi mente; pero ya era demasiado tarde. La semilla de la curiosidad ya había echado raíces, y ni La Tortura podría sacarlas de ahí. Apropósito, tal vez se pregunten qué es La Tortura; bueno, la verdad, no quieren saber; y es todo lo que diré al respecto.
Una vez que todas las luces estuvieron apagadas, y desde mi dormitorio sólo se escuchaban las pesadas respiraciones de las monjas y el resto de las compañeras; salí de la cama procurando no hacer ni el más mínimo sonido, y me dirigí derecho al teatro sin mirar atrás. Subí las escaleras a ciegas, aún en ese lugar desconocido para la mayoría no podía correr riesgos. Entré dando saltitos a nuestra polvorienta habitación y cerré la puerta con llave. Me senté en el mismo lugar que aquella tarde con las manos aferradas fuertemente a las rodillas y la cabeza colgando entre ellas. Suspiré pesadamente de puro alivio. Quizás me vieron, quizás no; de todas formas nadie dijo nada, lo que ciertamente fue una suerte casi milagrosa. Cinco minutos después dos golpes roncos tocaron la puerta. No podía – no debía – ser nadie más que Helena; pero de todas formas me preparé mentalmente para asumir La Tortura.
- Elizabeth, soy yo- susurró mi amiga pegada a la puerta. Suspiré de nuevo.
- Maldita sea, Helena- murmuré a la vez que abría.
- También te quiero; no nadie me vio, estoy bien gracias… ¿Estás lista?
- Supongo…- puse los ojos en blanco. Debí contar con el ánimo demencial de mi querida compañera. Abrí el viejo ropero y tomé la mochila que había dejado ahí en la tarde. Asentimos una vez, dándonos fuerzas y salimos de la habitación.
Los pasillos del internado siempre me había parecido tenebrosos, pero si a eso le añadimos la oscuridad y la expectativa de lo desconocido, la palabra se me quedó chica.
El departamento de arte estaba en el tercer piso, en una esquina sucia y oscura al lado de la escalera, que contrastaba perfectamente con el orden y la luminosidad del interior. No corrimos hasta ahí como la última vez, más bien caminamos asegurándonos que un pie tomara la posición perfecta después del otro de tal forma que el sonido fuera nulo.
Helena había sacado un delgado y retorcido alambre, de esos que los ladrones expertos utilizan para abrir las cerraduras, pero no fue necesario; la puerta amarilla estaba abierta. Nos dirigimos una mirada de comprensión, ambas sabíamos lo que podía significar: Mr. B estaba dentro.
Mierda.
Pensé en dar media vuelta y correr, pero ya era demasiado tarde. Helena me arrastró al interior con la misma rapidez de la última vez, solo que sin sonido. De seguro La Tortura no sería suficiente para nuestro castigo después de esa noche; las monjas tendrían que inventar algo más.
- No hay nadie aquí- susurró Helena.- Vamos.
Con el mismo sigilo nos fuimos directo al cuadro de la mujer fatal y lo descolgamos. La luz de la luna natural se reflejaba en la del cuadro bañándolo con un resplandor blanco que cubría con una palidez enfermiza la figura de la mujer. El rastro de sangre en su boca ya no estaba, pero, al menos a mi visión, su imagen no se había dulcificado. Pensé en que ese recuerdo era parte de mi imaginación.
De nuevo las ráfagas de viento, mucho más frías ahora, nos revolvieron los cabellos, pero esta vez llevábamos chaquetas, así que los escalofríos solo fueron producto de nuestro constante nerviosismo.
Yo esperaba que el aullido, o cualquier otro sonido, nos llegara en cualquier momento; estaba mentalizada sobre el asunto, no me aterrorizaría, sin embargo nada se produjo. El silencio era total y aplastante; tanto como la misma oscuridad.
Sacamos las linternas, pero no logramos alumbrar mucho más allá de nuestros propios pasos. Avanzamos lentamente. El vaho congelado de nuestras respiraciones se mezclaba con la escasa luz produciendo una sensación extraña. De repente tuve la impresión de que me estaba metiendo en un frigorífico gigante.
El túnel era muy largo, y se iba volviendo más estrecho hacia el final, llegó un momento en el que Helena y yo tuvimos que avanzar en fila india para poder caminar bien.
-Debemos estar cerca- anunciaba Helena cada cierto tiempo. Pero el túnel de verdad parecía no tener fin.
-¿Escuchas eso?- murmuré yo cuando ya había pasado un buen rato desde que habíamos entrado.
- ¿Qué cosa?
- No lo se… Se oye como un… como un…
- ¡Elizabeth, por el amor de todos los santos! ¿Como un qué?- casi gritó mi compañera. Del techo volvieron a desprenderse pedazos llenos de polvo.
- Iba a decir… como un… lamento…- dije entrecortadamente mientras tosía.
- ¿Un lamento?- Helena al parecer no escuchaba nada. Me pregunté de nuevo si solo era parte de mi imaginación, pero en eso, Helena se paró en seco.
- Debemos estar cerca- susurró con voz contenida de emoción. Esta vez era cierto. Unos dos metros delante de nosotras se extendía una especie de puerta enrejada. El extraño sonido se hacía cada vez más audible. Era una especie de sollozo, mezclado con una respiración dificultosa.
Helena logró abrir la cerradura fácilmente con su “alambre-mágico”, y entramos con cuidado, manteniendo la vista atenta a cualquier movimiento.
La habitación tras la reja, era una especie de laboratorio, y pude distinguir con facilidad los frascos robados del laboratorio de química, que contenían extraños fluidos resplandecientes aún en la oscuridad.
A primera vista no había ninguna señal de vida en ese cuarto, pero los lloriqueos, ahora cubrían todo el lugar, solo bastaba encontrar a quien los producía.
Una de las paredes llamó especialmente mi atención. Estaba cubierta de símbolos y caracteres en algún idioma perdido, tal vez latín, o griego antiguo, muy antiguo. Me fascinaron. Fue como si una especie de chip se prendiera en mi cabeza y lo iluminara todo. Concentrada como estaba incluso me había olvidado que estábamos profanando una habitación prohibida en medio de la noche; hasta que un cambio en el ambiente me hizo girar asustada. Me costó entender que eran los sollozos los que se habían interrumpido, sumiéndonos en un silencio mil veces más aplastante que el anterior. Me voltee esperando a ver a Helena, pero ella había desaparecido.
- ¿Helena?- susurré con miedo. Recorrí con la mirada todo el cuarto hasta que la vi, plantada, inmóvil ante otra puerta enrejada, esta vez de una especie de celda.
- ¿Qué sucede?- pregunte un poco más alto mientras me acercaba. Mi compañera no respondió, de hecho, ni siquiera se movió.- ¿Helena?
Cuando me acerqué lo suficiente pude verlo, y las convulsiones aparecieron de nuevo justo al momento en que mi sangre terminó de congelarse.
Helena estaba demasiado quieta, y como yo, apenas y respiraba. Una de sus blancas manos se aferraba con fuerza a uno de los barrotes de la celda, mientras que la otra se estiraba entremedio de la reja, intentando llegar hasta… Él.
Pero esa noche mi instinto no funcionó. Luche con todas mis fuerzas por desterrar las locas ideas de Helena de mi mente; pero ya era demasiado tarde. La semilla de la curiosidad ya había echado raíces, y ni La Tortura podría sacarlas de ahí. Apropósito, tal vez se pregunten qué es La Tortura; bueno, la verdad, no quieren saber; y es todo lo que diré al respecto.
Una vez que todas las luces estuvieron apagadas, y desde mi dormitorio sólo se escuchaban las pesadas respiraciones de las monjas y el resto de las compañeras; salí de la cama procurando no hacer ni el más mínimo sonido, y me dirigí derecho al teatro sin mirar atrás. Subí las escaleras a ciegas, aún en ese lugar desconocido para la mayoría no podía correr riesgos. Entré dando saltitos a nuestra polvorienta habitación y cerré la puerta con llave. Me senté en el mismo lugar que aquella tarde con las manos aferradas fuertemente a las rodillas y la cabeza colgando entre ellas. Suspiré pesadamente de puro alivio. Quizás me vieron, quizás no; de todas formas nadie dijo nada, lo que ciertamente fue una suerte casi milagrosa. Cinco minutos después dos golpes roncos tocaron la puerta. No podía – no debía – ser nadie más que Helena; pero de todas formas me preparé mentalmente para asumir La Tortura.
- Elizabeth, soy yo- susurró mi amiga pegada a la puerta. Suspiré de nuevo.
- Maldita sea, Helena- murmuré a la vez que abría.
- También te quiero; no nadie me vio, estoy bien gracias… ¿Estás lista?
- Supongo…- puse los ojos en blanco. Debí contar con el ánimo demencial de mi querida compañera. Abrí el viejo ropero y tomé la mochila que había dejado ahí en la tarde. Asentimos una vez, dándonos fuerzas y salimos de la habitación.
Los pasillos del internado siempre me había parecido tenebrosos, pero si a eso le añadimos la oscuridad y la expectativa de lo desconocido, la palabra se me quedó chica.
El departamento de arte estaba en el tercer piso, en una esquina sucia y oscura al lado de la escalera, que contrastaba perfectamente con el orden y la luminosidad del interior. No corrimos hasta ahí como la última vez, más bien caminamos asegurándonos que un pie tomara la posición perfecta después del otro de tal forma que el sonido fuera nulo.
Helena había sacado un delgado y retorcido alambre, de esos que los ladrones expertos utilizan para abrir las cerraduras, pero no fue necesario; la puerta amarilla estaba abierta. Nos dirigimos una mirada de comprensión, ambas sabíamos lo que podía significar: Mr. B estaba dentro.
Mierda.
Pensé en dar media vuelta y correr, pero ya era demasiado tarde. Helena me arrastró al interior con la misma rapidez de la última vez, solo que sin sonido. De seguro La Tortura no sería suficiente para nuestro castigo después de esa noche; las monjas tendrían que inventar algo más.
- No hay nadie aquí- susurró Helena.- Vamos.
Con el mismo sigilo nos fuimos directo al cuadro de la mujer fatal y lo descolgamos. La luz de la luna natural se reflejaba en la del cuadro bañándolo con un resplandor blanco que cubría con una palidez enfermiza la figura de la mujer. El rastro de sangre en su boca ya no estaba, pero, al menos a mi visión, su imagen no se había dulcificado. Pensé en que ese recuerdo era parte de mi imaginación.
De nuevo las ráfagas de viento, mucho más frías ahora, nos revolvieron los cabellos, pero esta vez llevábamos chaquetas, así que los escalofríos solo fueron producto de nuestro constante nerviosismo.
Yo esperaba que el aullido, o cualquier otro sonido, nos llegara en cualquier momento; estaba mentalizada sobre el asunto, no me aterrorizaría, sin embargo nada se produjo. El silencio era total y aplastante; tanto como la misma oscuridad.
Sacamos las linternas, pero no logramos alumbrar mucho más allá de nuestros propios pasos. Avanzamos lentamente. El vaho congelado de nuestras respiraciones se mezclaba con la escasa luz produciendo una sensación extraña. De repente tuve la impresión de que me estaba metiendo en un frigorífico gigante.
El túnel era muy largo, y se iba volviendo más estrecho hacia el final, llegó un momento en el que Helena y yo tuvimos que avanzar en fila india para poder caminar bien.
-Debemos estar cerca- anunciaba Helena cada cierto tiempo. Pero el túnel de verdad parecía no tener fin.
-¿Escuchas eso?- murmuré yo cuando ya había pasado un buen rato desde que habíamos entrado.
- ¿Qué cosa?
- No lo se… Se oye como un… como un…
- ¡Elizabeth, por el amor de todos los santos! ¿Como un qué?- casi gritó mi compañera. Del techo volvieron a desprenderse pedazos llenos de polvo.
- Iba a decir… como un… lamento…- dije entrecortadamente mientras tosía.
- ¿Un lamento?- Helena al parecer no escuchaba nada. Me pregunté de nuevo si solo era parte de mi imaginación, pero en eso, Helena se paró en seco.
- Debemos estar cerca- susurró con voz contenida de emoción. Esta vez era cierto. Unos dos metros delante de nosotras se extendía una especie de puerta enrejada. El extraño sonido se hacía cada vez más audible. Era una especie de sollozo, mezclado con una respiración dificultosa.
Helena logró abrir la cerradura fácilmente con su “alambre-mágico”, y entramos con cuidado, manteniendo la vista atenta a cualquier movimiento.
La habitación tras la reja, era una especie de laboratorio, y pude distinguir con facilidad los frascos robados del laboratorio de química, que contenían extraños fluidos resplandecientes aún en la oscuridad.
A primera vista no había ninguna señal de vida en ese cuarto, pero los lloriqueos, ahora cubrían todo el lugar, solo bastaba encontrar a quien los producía.
Una de las paredes llamó especialmente mi atención. Estaba cubierta de símbolos y caracteres en algún idioma perdido, tal vez latín, o griego antiguo, muy antiguo. Me fascinaron. Fue como si una especie de chip se prendiera en mi cabeza y lo iluminara todo. Concentrada como estaba incluso me había olvidado que estábamos profanando una habitación prohibida en medio de la noche; hasta que un cambio en el ambiente me hizo girar asustada. Me costó entender que eran los sollozos los que se habían interrumpido, sumiéndonos en un silencio mil veces más aplastante que el anterior. Me voltee esperando a ver a Helena, pero ella había desaparecido.
- ¿Helena?- susurré con miedo. Recorrí con la mirada todo el cuarto hasta que la vi, plantada, inmóvil ante otra puerta enrejada, esta vez de una especie de celda.
- ¿Qué sucede?- pregunte un poco más alto mientras me acercaba. Mi compañera no respondió, de hecho, ni siquiera se movió.- ¿Helena?
Cuando me acerqué lo suficiente pude verlo, y las convulsiones aparecieron de nuevo justo al momento en que mi sangre terminó de congelarse.
Helena estaba demasiado quieta, y como yo, apenas y respiraba. Una de sus blancas manos se aferraba con fuerza a uno de los barrotes de la celda, mientras que la otra se estiraba entremedio de la reja, intentando llegar hasta… Él.
23.11.08
Capitulo 4.
- ¿Crees que se haya ido por aquí?- aventuré apenas recuperé el habla.
- ¡Por supuesto!- gritó Helena exasperada, pero con un destello de ilusión demencial en los ojos.
- ¿Qué hacemos?- dije arqueando las cejas. Una ráfaga de viento proveniente del túnel me provocó escalofríos. Helena ni siquiera escuchó mi pregunta que era más bien retórica; ya estaba dentro del túnel.
- ¡Elizabeth! ¿Qué esperas?- susurró con atizándome. Puse los ojos en blanco y tomé la mano que me ofrecía. Un ligero impulso habría sido más que suficiente, pero Helena siempre exagerando, me tironeó y yo choqué en seco contra una de las estrechas paredes de ese extraño corredor de piedra. Por unos segundos todo el túnel tembló y ligeros trozos del raído techo se desprendieron llenando nuestros pulmones de polvo. La ráfaga de frío viento nos revolvió los cabellos con furia. Ahora, ambas temblábamos.
- ¿Estamos seguras de esto?- pregunté, simulando sarcasmo.
- No seas cobarde- susurró Helena, simulando un valor que no convenció a nadie.
Aún así, tiritando de pies a cabeza nos adentramos por el corredor. Era lejos, el pasillo más oscuro que había atravesado en mi vida, tanto, que apenas lograba ver mis propios pasos. Por suerte aún teníamos la luz del departamento de artes a nuestras espaldas, pero el corredor no parecía tener fin; no sabía por cuánto tiempo más podríamos contar con la seguridad de esa luz.
Helena palmeaba las paredes en busca de algún indicio, o tal vez, de algún apoyo. Nos miramos dudando. Una cosa era nuestra inmensa curiosidad y expectación, y otra muy distinta entrar en un túnel oscuro que se derrumbaría al menor movimiento, sorteando el frío de una ráfaga que nadie sabía de dónde provenía, en busca de un chalado profesor que muy seguramente ni siquiera había entrado ahí en su vida.
-Helena… tal vez deberíamos…- susurré dispuesta a comenzar a plantear el lado racional del asunto, pensando en sugerir un par de alternativas, como volver más tarde con chaquetas y linternas; pero una nueva ráfaga de viento, más violenta que las otras, cruzó el túnel trayendo consigo un ronco gruñido desgarrado.
No supe precisar que era. No se parecía a nada que hubiera oído antes. Bien podría ser el sonido de un animal encarcelado, rugiendo, clamando libertad; sólo que me pareció percibir un ligero matiz humano en aquella “voz”, como el grito destrozado de un hombre. Helena se había quedado inmóvil a mi lado, observando la oscuridad. Me pregunté que pasaba por su cabeza; ya que la mía se había congelado.
- Creo que debemos volver- me dijo aún ensimismada. Yo sólo la seguí. El extraño sonido me heló la sangre; y no estaba preparada para saber qué - o más terriblemente “quién”- lo había proferido. Esa sí que era demasiada información.
Después de devolver el cuadro a su lugar -habría jurado que la mancha de sangre en la mujer había vuelto, pero no le presté atención- corrimos sin parar hasta el lugar más seguro dentro de ese maldito internado, el único lo suficientemente viejo y destruido como para que alguien más lo recordara: la vieja habitación oculta en el segundo piso del teatro.
Era el sitio ideal, no solo por la seguridad, ya que no conectaba con ninguna habitación, ni sala de clases, y se mantenía fuera de los recorridos habituales de las monjas, también nos concedía un silencio y luminosidad insospechados dentro de los confines del centro de reclusión.
Helena lo había descubierto en su primera inspección dentro del internado; era algo así como su guarida secreta; por lo que fue una total sorpresa para mí cuando me permitió acompañarla poco después del incidente del laboratorio. Algo así como una muestra de confianza que terminó por destruir en su totalidad la barrera que yo había interpuesto entre las dos.
Ahora, el sitio nos pertenecía a ambas, por lo que no necesitamos pensarlo dos veces antes de dirigirnos ahí. Además, poco a poco habíamos terminado vaciando nuestras habitaciones y cambiando nuestros limpios baúles por el viejo y maloliente ropero que alguna vez cobijó los disfraces de la compañía del colegio.
-Elizabeth, ¿Qué crees que haya sido ese sonido?- me preguntó mi amiga, una vez que descansábamos sentadas en el polvoriento suelo de madera.
- No tengo la menor idea – articulé sin emitir sonido. El recuerdo del aullido aún helaba mi sangre y el pensamiento de que, aún remotamente, pudiera ser un grito humano me provocó convulsiones.
- ¿También lo piensas, no…? - me dijo con voz ida- Ya sabes, que no haya sido el gruñido de un animal…- volví a temblar bruscamente. Esperaba que lo interpretara como un sí.
- No quiero pensar en eso…- dije después de un silencio.
- ¿Qué rayos se le estará pasando por la cabeza a ese maniático?-soltó ella.
- No sabemos si es él…
- Vas a empezar de nuevo…
- No lo defiendo… Es solo, que me cuesta asociar las ideas… Además no sabemos a dónde conducía ese túnel… podría haber llevado a otra parte… una especie de bosque, por ejemplo…
- ¿Un bosque en medio de la ciudad? - inquirió.
- OK… OK… Alo mejor no a un bosque… pero…
-.Creo que deberíamos entrar. Esta noche. Solo para salir de dudas – no era una sugerencia, más bien parecía una orden. Podría haberme opuesto, pero la curiosidad también me estaba matando.
- …OK…-solté con la mirada perdida, y la cabeza llena de dudas.
N/A: Este captulo continuara... cuando sepa cómo... (xD!!)
- ¡Por supuesto!- gritó Helena exasperada, pero con un destello de ilusión demencial en los ojos.
- ¿Qué hacemos?- dije arqueando las cejas. Una ráfaga de viento proveniente del túnel me provocó escalofríos. Helena ni siquiera escuchó mi pregunta que era más bien retórica; ya estaba dentro del túnel.
- ¡Elizabeth! ¿Qué esperas?- susurró con atizándome. Puse los ojos en blanco y tomé la mano que me ofrecía. Un ligero impulso habría sido más que suficiente, pero Helena siempre exagerando, me tironeó y yo choqué en seco contra una de las estrechas paredes de ese extraño corredor de piedra. Por unos segundos todo el túnel tembló y ligeros trozos del raído techo se desprendieron llenando nuestros pulmones de polvo. La ráfaga de frío viento nos revolvió los cabellos con furia. Ahora, ambas temblábamos.
- ¿Estamos seguras de esto?- pregunté, simulando sarcasmo.
- No seas cobarde- susurró Helena, simulando un valor que no convenció a nadie.
Aún así, tiritando de pies a cabeza nos adentramos por el corredor. Era lejos, el pasillo más oscuro que había atravesado en mi vida, tanto, que apenas lograba ver mis propios pasos. Por suerte aún teníamos la luz del departamento de artes a nuestras espaldas, pero el corredor no parecía tener fin; no sabía por cuánto tiempo más podríamos contar con la seguridad de esa luz.
Helena palmeaba las paredes en busca de algún indicio, o tal vez, de algún apoyo. Nos miramos dudando. Una cosa era nuestra inmensa curiosidad y expectación, y otra muy distinta entrar en un túnel oscuro que se derrumbaría al menor movimiento, sorteando el frío de una ráfaga que nadie sabía de dónde provenía, en busca de un chalado profesor que muy seguramente ni siquiera había entrado ahí en su vida.
-Helena… tal vez deberíamos…- susurré dispuesta a comenzar a plantear el lado racional del asunto, pensando en sugerir un par de alternativas, como volver más tarde con chaquetas y linternas; pero una nueva ráfaga de viento, más violenta que las otras, cruzó el túnel trayendo consigo un ronco gruñido desgarrado.
No supe precisar que era. No se parecía a nada que hubiera oído antes. Bien podría ser el sonido de un animal encarcelado, rugiendo, clamando libertad; sólo que me pareció percibir un ligero matiz humano en aquella “voz”, como el grito destrozado de un hombre. Helena se había quedado inmóvil a mi lado, observando la oscuridad. Me pregunté que pasaba por su cabeza; ya que la mía se había congelado.
- Creo que debemos volver- me dijo aún ensimismada. Yo sólo la seguí. El extraño sonido me heló la sangre; y no estaba preparada para saber qué - o más terriblemente “quién”- lo había proferido. Esa sí que era demasiada información.
Después de devolver el cuadro a su lugar -habría jurado que la mancha de sangre en la mujer había vuelto, pero no le presté atención- corrimos sin parar hasta el lugar más seguro dentro de ese maldito internado, el único lo suficientemente viejo y destruido como para que alguien más lo recordara: la vieja habitación oculta en el segundo piso del teatro.
Era el sitio ideal, no solo por la seguridad, ya que no conectaba con ninguna habitación, ni sala de clases, y se mantenía fuera de los recorridos habituales de las monjas, también nos concedía un silencio y luminosidad insospechados dentro de los confines del centro de reclusión.
Helena lo había descubierto en su primera inspección dentro del internado; era algo así como su guarida secreta; por lo que fue una total sorpresa para mí cuando me permitió acompañarla poco después del incidente del laboratorio. Algo así como una muestra de confianza que terminó por destruir en su totalidad la barrera que yo había interpuesto entre las dos.
Ahora, el sitio nos pertenecía a ambas, por lo que no necesitamos pensarlo dos veces antes de dirigirnos ahí. Además, poco a poco habíamos terminado vaciando nuestras habitaciones y cambiando nuestros limpios baúles por el viejo y maloliente ropero que alguna vez cobijó los disfraces de la compañía del colegio.
-Elizabeth, ¿Qué crees que haya sido ese sonido?- me preguntó mi amiga, una vez que descansábamos sentadas en el polvoriento suelo de madera.
- No tengo la menor idea – articulé sin emitir sonido. El recuerdo del aullido aún helaba mi sangre y el pensamiento de que, aún remotamente, pudiera ser un grito humano me provocó convulsiones.
- ¿También lo piensas, no…? - me dijo con voz ida- Ya sabes, que no haya sido el gruñido de un animal…- volví a temblar bruscamente. Esperaba que lo interpretara como un sí.
- No quiero pensar en eso…- dije después de un silencio.
- ¿Qué rayos se le estará pasando por la cabeza a ese maniático?-soltó ella.
- No sabemos si es él…
- Vas a empezar de nuevo…
- No lo defiendo… Es solo, que me cuesta asociar las ideas… Además no sabemos a dónde conducía ese túnel… podría haber llevado a otra parte… una especie de bosque, por ejemplo…
- ¿Un bosque en medio de la ciudad? - inquirió.
- OK… OK… Alo mejor no a un bosque… pero…
-.Creo que deberíamos entrar. Esta noche. Solo para salir de dudas – no era una sugerencia, más bien parecía una orden. Podría haberme opuesto, pero la curiosidad también me estaba matando.
- …OK…-solté con la mirada perdida, y la cabeza llena de dudas.
N/A: Este captulo continuara... cuando sepa cómo... (xD!!)
18.11.08
Capitulo 3.
Los días pasaban cada vez más rápido ahora que la confianza entre Helena y yo había crecido. Ciertamente, mi percepción del internado había dado un vuelco total con su presencia. Ya no era el lugar oscuro y aburrido en el que tenía que aparentar ser una chica feliz que le caía bien todo el mundo para no sentirme sola; ahora podía pasarme el día burlándome del resto o simplemente sin que me importaran, porque sabía que existía al menos una persona que pensaba igual que yo. O al menos en ese aspecto. A decir verdad Helena y yo éramos como dos imanes de polos opuestos; que se mantenían juntos por un mágico conjunto de mitologías y supersticiones; entendiéndolo en el sentido más literal que se le pueda dar a la frase.
Uno de esos misterios, el que por entonces nos causaba más dolores de cabeza; era el asunto de nuestro queridísimo profesor de lenguaje. Intenté por todos lo medios convencer a mi amiga que no había nada raro en ver a Mr. B sacar una caja de cartón del laboratorio de química, pero todos mis intentos fueron en vano, sobretodo después de que al día siguiente se hiciera la denuncia oficial del robo de una serie de artefactos. Parecía un asunto mucho más delicado que solo llevarse un par de líquidos, ya que esa misma tarde llegó la policía a inspeccionar. ¿A quién podría importarle tanto?
Por supuesto, Helena estaba fascinada; el haber sorprendido in fraganti a Mr. B era el triunfo de su vida, y también su mayor desilusión, al no tener las suficientes pruebas para culparlo, ni mucho menos saber sus intenciones.
Yo me mantenía escéptica, pero había hechos tangibles que no podía desconocer. Efectivamente, Mr. B se estaba comportando de una forma mucho más peculiar que de costumbre. Él, que nunca había dejado de hacer una clase en su vida, ahora se tomaba períodos de licencia que duraban semanas; y las pocas veces en que de verdad iba a clases, parecía que no quisiera estar ahí; casi no hablaba con nadie, o decía series de estupideces que poco tenían que ver con el tema, mantenía la vista fija en distintos puntos por momentos interminables y se pasaba sonriendo de manera nerviosa en constante estado de alerta, como si esperara que algo le cayera encima en cualquier momento.
Intenté pensar en que tal vez al viejo se le había corrido la última teja que le quedaba; o que estaba trabajando mucho, o que tenía graves problemas personales; pero nada de eso parecía suficiente para Helena, que ahora dedicaba toda su concentración al tema, y hacía listas eternas asociando las ausencias de Mr. B con las misteriosas desapariciones de extraños objetos que supuestamente no deberían importarle a nadie y sin embargo mantenían a las monjas de patas arriba buscándolos.
Todos estos incidentes e indicios, nos hacían mantenernos alertas a cualquier suceso que nos permitiera conectar los pedazos del rompecabezas; por lo que esa mañana, apunto de comenzar la clase de lenguaje, mi amiga y yo, inmediatamente nos lanzamos una mirada instintiva cuando vimos entrar a la inspectora al salón de clases.
- Buenos días señoritas – saludó la inspectora al entrar con una torre de libros de clases entre los brazos.- Por favor contesten a la lista…-Helena y yo volvimos a miramos de reojo.
- ¿Señorita? ¿El profesor no va a venir?- pregunté a la inspectora aparentando casualidad.
- No; está con licencia- respondió ella mientras garabateaba en un trozo de papel los nombres de las ausentes
- ¿Otra vez?- soltó Helena, quizás demasiado fuerte. Por suerte la inspectora parecía apurada y solo arqueó las cejas en signo de disculpa antes de salir del salón. El resto de nuestras compañeras gritaron por sentirse libres y volvieron a sus propios asuntos. El salón se desordenó y las mesas se agruparon en círculos de amistades o rezagadas que querían dormir o escuchar música.
Helena y yo compartimos una sensación extraña, como de frustración. Un detalle que a nadie parecía importarle nos preocupaba: la nueva ausencia de Mr. B.
- ¿Cuál será la excusa esta vez?- susurró Helena acariciando su mentón con una mano.
- No tiene por que ser una excusa…-intenté argumentar, pero me interrumpió de inmediato.
- ¡Deja de defenderlo Elizabeth!
- Yo defiendo a nadie… solo intento ser justa. Quizás de verdad está enfermo.- bajé los hombros, pensando; Helena, que tenía la mirada perdida en algún punto, me miró como si hubiera descubierto algo.
- ¿Sabes qué?- comenzó con voz contenida - El otro día iba subiendo la escalera de caracol, cuando escuché algo muy interesante.
- No me habías contado eso- le acusé; la curiosidad se apoderó de mí- ¿Qué escuchaste?
- Yo iba subiendo al tercer piso, y da la inmensa casualidad que dos de las profes de Ingles conversaban entre susurros un piso más abajo. No se habían dado cuenta que yo estaba ahí, así que traté de no hacer mucho ruido…
- ¿Y?
- Hablaban del asunto… decían que la Madre Superiora está echa una furia. Creo que los objetos perdidos no eran cosas simples y corrientes
- Pero… ¿dijeron algo sobre qué era lo que perdieron? Hasta ahora esa es info que solo la policía sabe
- Hablaban de artefactos. Algo muy valioso al parecer; pero me daba la impresión de que ni ellas sabía bien de qué estaban hablando
- ¿Cómo es posible?
- Ni idea- suspiró, y yo también. Se hizo un silencio de reflexión. Las ideas se me enredaban en la cabeza como remolinos sin pies ni cabeza.
- Ya; espera…-dije intentando aclararme- hasta ahora, ¿qué departamentos han asaltado?
- Además del laboratorio de química, el departamento completo de biología, y el taller de artes… - enumeró mi amiga contando con los dedos - ...nuestro ladrón también visitó la zona restringida de la biblioteca, causó un desastre y se marchó con uno de los libros más antiguos…
- ¿Cómo lo sabes?- inquirí, sabiendo que esa era más de la información que yo deseaba saber.
- Contactos - respondió Helena con una sonrisa.
- Ya y… ¿además de eso?
- La verdad es que la información es difusa, pero al parecer, por lo que decían las profes, registró todo el internado. Y Dirección por supuesto. Parece que esa era la guinda de la torta.
- Demás que la monja tenía algo escondido ahí- dije pensando lo peor.
- De hecho… Las profes decían cosas extrañas sobre eso
- ¿Qué cosas?
- No estoy segura, mencionaron algo así como “la vacuna”
- ¿Y eso sería?- pregunté con una repentina emoción-
- ¿Quién sabe, no?- me decepcionó Helena y volvimos a sumirnos en la más profunda de las frustraciones.
Ese mismo día, en el recreo, nos dedicamos a visitar cada uno de los lugares asaltados. A primera vista, nadie hubiera pensado en algo, supuestamente, tan importante faltaba; nuestro ladrón había actuado con una pulcritud digna de todo un profesional… o al menos eso era lo que Helena aseguraba. Aún así no podía quitarme la sensación de que algo hacía falta. Un detalle mínimo que le daba sentido a todo lo demás. Un pequeño objeto que llegaba a cambiar, incluso, el sentido en que el aire recorría la estancia.
¿Qué rayos sería?
Una parte de mí quería pensar en que nuestra imaginación empezaba a sobrepasar ciertos niveles, que lo estábamos inventando todo sólo para rellenar nuestros momentos de ocios; pero, por otra parte, (una parte mayoritaria en mi cerebro), el absurdo interés que sentía por este misterio era demasiado como para resultar falso. De alguna forma mi intuición, o lo que fuera, me aseguraban que el misterio era real, que en verdad algo raro estaba pasando a mi alrededor, y que me volvería una completa idiota si no formaba parte de ello.
Este instinto se volvió una realidad cuando vimos a Mr. B desaparecer dentro del departamento de arte. Helena logró arrastrarme justo a tiempo para que él no nos viera, y luego, con la misma rapidez, nos colamos antes que la puerta se cerrara por completo. Cerré los ojos aterrada, ya previendo sus palabras y buscando posibles respuestas, pero adentro no había nadie.
- ¿Dónde se fue?- nos preguntamos al unísono, pero por más que lo pensamos no había ninguna explicación lógica.
Comenzamos a registrarlo todo de manera minuciosa. Yo garabateaba incesantemente, haciendo una especie de inventario de lo que recordaba haber visto, asegurándome que estuviera ahí todavía.
- Elizabeth- susurró mi amiga luego de un rato, mientras nos dedicábamos a observar las piezas faltantes del enorme estante. El dulce olor a óleo y aceite frescos llenaba mis pulmones provocándome dolor de cabeza.
- ¿Qué?- pregunté sin mirarla
- ¿Recuerdas cuando vinimos a hablar con el profe la última vez?
- ¿La vez en qué nos gritó por el trabajo atrasado…?- bufé- ¡Cómo olvidarlo!
- Ya, en serio… ¿La recuerdas?
- Te dije que sí- en realidad no le estaba prestando mucha atención. Me preocupaba el cuadro que colgaba en la pared lateral justo frente a mí. Por primera vez sentí que desentonaba.
- ¡Elizabeth!- gritó Helena. Mi concentración se fue volando tan ligera como el viento de otoño.
- ¿Qué? – grité a la vez irritada por haber desecho mi burbuja
- Quinta vez- dijo con brusquedad clamando toda mi atención… vaya, de verdad no la estaba pescando- Cierra los ojos primero, ¿Recuerdas el maldito cuadro azul que colgaba de esa pared?- gritó señalando la pared que antes yo observaba.
- ¿Si?- no sabía que intentaba probar, pero le seguí el juego.
- ¿Cómo era?
- El fondo era azul, oscuro, tenebroso, una montaña, y en el centro había una mujer fatal, muy pálida y de labios muy rojos, como si tuviera una mancha de sangre, llegaba a dar miedo, también la luna brillaba con intensidad en la esquina- recité como si fuera obvio. Hace cinco minutos tenía la vista pegada a él, ¿Qué podía ser diferente?
- Abre los ojos. ¿Qué ves?- preguntó con emoción.
Pestañeé varias veces y enfoqué la vista. El asombro era demasiado para expresarlo con palabras, y se que Helena lo leyó en mi cara, la misma que tenía ella, por cierto. Era el mismo cuadro, estaba segura, sin embargo era totalmente diferente. El fondo ya no era azul tenebroso, al contrario, el índigo que lo tenía le daba un total aspecto de pasividad; la mujer del centro ya no era fatal, ni tenía la mancha de sangre en la boca, ahora era un completo ángel bañado por la majestuosa luz de la luna que seguía resplandeciendo desde la esquina. Era como si hubieran enfocado con un reflejo celestial al cuadro de mi recuerdo.
Además, había otra diferencia: el cuadro estaba claramente ladeado, chueco, y el marco se separaba de la pared por un poco más de cinco centímetros.
Al notar esto Helena se acercó y lo tomó en sus manos, pero una tremenda araña la hizo retroceder de pánico. Yo me acerqué, tomé el borde del cuadro con mis manos y lo separé un poco más de la pared. La araña no había desuncido de la pared como yo sospechaba, había salido de ella. ¿Qué rayos? Pensé. Helena me ayudó a separarlo un poco más y pudimos ver que la pared tenía un inmenso hoyo. No podía creerlo, por lo que no me resistí a intentar descolgar el cuadro. No fue fácil, pero con la ayuda de Helena, nos deshicimos de él y pudimos observar, ahora si en su máxima extensión, un túnel. El mismo por donde seguramente Mr. B había salido.
Uno de esos misterios, el que por entonces nos causaba más dolores de cabeza; era el asunto de nuestro queridísimo profesor de lenguaje. Intenté por todos lo medios convencer a mi amiga que no había nada raro en ver a Mr. B sacar una caja de cartón del laboratorio de química, pero todos mis intentos fueron en vano, sobretodo después de que al día siguiente se hiciera la denuncia oficial del robo de una serie de artefactos. Parecía un asunto mucho más delicado que solo llevarse un par de líquidos, ya que esa misma tarde llegó la policía a inspeccionar. ¿A quién podría importarle tanto?
Por supuesto, Helena estaba fascinada; el haber sorprendido in fraganti a Mr. B era el triunfo de su vida, y también su mayor desilusión, al no tener las suficientes pruebas para culparlo, ni mucho menos saber sus intenciones.
Yo me mantenía escéptica, pero había hechos tangibles que no podía desconocer. Efectivamente, Mr. B se estaba comportando de una forma mucho más peculiar que de costumbre. Él, que nunca había dejado de hacer una clase en su vida, ahora se tomaba períodos de licencia que duraban semanas; y las pocas veces en que de verdad iba a clases, parecía que no quisiera estar ahí; casi no hablaba con nadie, o decía series de estupideces que poco tenían que ver con el tema, mantenía la vista fija en distintos puntos por momentos interminables y se pasaba sonriendo de manera nerviosa en constante estado de alerta, como si esperara que algo le cayera encima en cualquier momento.
Intenté pensar en que tal vez al viejo se le había corrido la última teja que le quedaba; o que estaba trabajando mucho, o que tenía graves problemas personales; pero nada de eso parecía suficiente para Helena, que ahora dedicaba toda su concentración al tema, y hacía listas eternas asociando las ausencias de Mr. B con las misteriosas desapariciones de extraños objetos que supuestamente no deberían importarle a nadie y sin embargo mantenían a las monjas de patas arriba buscándolos.
Todos estos incidentes e indicios, nos hacían mantenernos alertas a cualquier suceso que nos permitiera conectar los pedazos del rompecabezas; por lo que esa mañana, apunto de comenzar la clase de lenguaje, mi amiga y yo, inmediatamente nos lanzamos una mirada instintiva cuando vimos entrar a la inspectora al salón de clases.
- Buenos días señoritas – saludó la inspectora al entrar con una torre de libros de clases entre los brazos.- Por favor contesten a la lista…-Helena y yo volvimos a miramos de reojo.
- ¿Señorita? ¿El profesor no va a venir?- pregunté a la inspectora aparentando casualidad.
- No; está con licencia- respondió ella mientras garabateaba en un trozo de papel los nombres de las ausentes
- ¿Otra vez?- soltó Helena, quizás demasiado fuerte. Por suerte la inspectora parecía apurada y solo arqueó las cejas en signo de disculpa antes de salir del salón. El resto de nuestras compañeras gritaron por sentirse libres y volvieron a sus propios asuntos. El salón se desordenó y las mesas se agruparon en círculos de amistades o rezagadas que querían dormir o escuchar música.
Helena y yo compartimos una sensación extraña, como de frustración. Un detalle que a nadie parecía importarle nos preocupaba: la nueva ausencia de Mr. B.
- ¿Cuál será la excusa esta vez?- susurró Helena acariciando su mentón con una mano.
- No tiene por que ser una excusa…-intenté argumentar, pero me interrumpió de inmediato.
- ¡Deja de defenderlo Elizabeth!
- Yo defiendo a nadie… solo intento ser justa. Quizás de verdad está enfermo.- bajé los hombros, pensando; Helena, que tenía la mirada perdida en algún punto, me miró como si hubiera descubierto algo.
- ¿Sabes qué?- comenzó con voz contenida - El otro día iba subiendo la escalera de caracol, cuando escuché algo muy interesante.
- No me habías contado eso- le acusé; la curiosidad se apoderó de mí- ¿Qué escuchaste?
- Yo iba subiendo al tercer piso, y da la inmensa casualidad que dos de las profes de Ingles conversaban entre susurros un piso más abajo. No se habían dado cuenta que yo estaba ahí, así que traté de no hacer mucho ruido…
- ¿Y?
- Hablaban del asunto… decían que la Madre Superiora está echa una furia. Creo que los objetos perdidos no eran cosas simples y corrientes
- Pero… ¿dijeron algo sobre qué era lo que perdieron? Hasta ahora esa es info que solo la policía sabe
- Hablaban de artefactos. Algo muy valioso al parecer; pero me daba la impresión de que ni ellas sabía bien de qué estaban hablando
- ¿Cómo es posible?
- Ni idea- suspiró, y yo también. Se hizo un silencio de reflexión. Las ideas se me enredaban en la cabeza como remolinos sin pies ni cabeza.
- Ya; espera…-dije intentando aclararme- hasta ahora, ¿qué departamentos han asaltado?
- Además del laboratorio de química, el departamento completo de biología, y el taller de artes… - enumeró mi amiga contando con los dedos - ...nuestro ladrón también visitó la zona restringida de la biblioteca, causó un desastre y se marchó con uno de los libros más antiguos…
- ¿Cómo lo sabes?- inquirí, sabiendo que esa era más de la información que yo deseaba saber.
- Contactos - respondió Helena con una sonrisa.
- Ya y… ¿además de eso?
- La verdad es que la información es difusa, pero al parecer, por lo que decían las profes, registró todo el internado. Y Dirección por supuesto. Parece que esa era la guinda de la torta.
- Demás que la monja tenía algo escondido ahí- dije pensando lo peor.
- De hecho… Las profes decían cosas extrañas sobre eso
- ¿Qué cosas?
- No estoy segura, mencionaron algo así como “la vacuna”
- ¿Y eso sería?- pregunté con una repentina emoción-
- ¿Quién sabe, no?- me decepcionó Helena y volvimos a sumirnos en la más profunda de las frustraciones.
Ese mismo día, en el recreo, nos dedicamos a visitar cada uno de los lugares asaltados. A primera vista, nadie hubiera pensado en algo, supuestamente, tan importante faltaba; nuestro ladrón había actuado con una pulcritud digna de todo un profesional… o al menos eso era lo que Helena aseguraba. Aún así no podía quitarme la sensación de que algo hacía falta. Un detalle mínimo que le daba sentido a todo lo demás. Un pequeño objeto que llegaba a cambiar, incluso, el sentido en que el aire recorría la estancia.
¿Qué rayos sería?
Una parte de mí quería pensar en que nuestra imaginación empezaba a sobrepasar ciertos niveles, que lo estábamos inventando todo sólo para rellenar nuestros momentos de ocios; pero, por otra parte, (una parte mayoritaria en mi cerebro), el absurdo interés que sentía por este misterio era demasiado como para resultar falso. De alguna forma mi intuición, o lo que fuera, me aseguraban que el misterio era real, que en verdad algo raro estaba pasando a mi alrededor, y que me volvería una completa idiota si no formaba parte de ello.
Este instinto se volvió una realidad cuando vimos a Mr. B desaparecer dentro del departamento de arte. Helena logró arrastrarme justo a tiempo para que él no nos viera, y luego, con la misma rapidez, nos colamos antes que la puerta se cerrara por completo. Cerré los ojos aterrada, ya previendo sus palabras y buscando posibles respuestas, pero adentro no había nadie.
- ¿Dónde se fue?- nos preguntamos al unísono, pero por más que lo pensamos no había ninguna explicación lógica.
Comenzamos a registrarlo todo de manera minuciosa. Yo garabateaba incesantemente, haciendo una especie de inventario de lo que recordaba haber visto, asegurándome que estuviera ahí todavía.
- Elizabeth- susurró mi amiga luego de un rato, mientras nos dedicábamos a observar las piezas faltantes del enorme estante. El dulce olor a óleo y aceite frescos llenaba mis pulmones provocándome dolor de cabeza.
- ¿Qué?- pregunté sin mirarla
- ¿Recuerdas cuando vinimos a hablar con el profe la última vez?
- ¿La vez en qué nos gritó por el trabajo atrasado…?- bufé- ¡Cómo olvidarlo!
- Ya, en serio… ¿La recuerdas?
- Te dije que sí- en realidad no le estaba prestando mucha atención. Me preocupaba el cuadro que colgaba en la pared lateral justo frente a mí. Por primera vez sentí que desentonaba.
- ¡Elizabeth!- gritó Helena. Mi concentración se fue volando tan ligera como el viento de otoño.
- ¿Qué? – grité a la vez irritada por haber desecho mi burbuja
- Quinta vez- dijo con brusquedad clamando toda mi atención… vaya, de verdad no la estaba pescando- Cierra los ojos primero, ¿Recuerdas el maldito cuadro azul que colgaba de esa pared?- gritó señalando la pared que antes yo observaba.
- ¿Si?- no sabía que intentaba probar, pero le seguí el juego.
- ¿Cómo era?
- El fondo era azul, oscuro, tenebroso, una montaña, y en el centro había una mujer fatal, muy pálida y de labios muy rojos, como si tuviera una mancha de sangre, llegaba a dar miedo, también la luna brillaba con intensidad en la esquina- recité como si fuera obvio. Hace cinco minutos tenía la vista pegada a él, ¿Qué podía ser diferente?
- Abre los ojos. ¿Qué ves?- preguntó con emoción.
Pestañeé varias veces y enfoqué la vista. El asombro era demasiado para expresarlo con palabras, y se que Helena lo leyó en mi cara, la misma que tenía ella, por cierto. Era el mismo cuadro, estaba segura, sin embargo era totalmente diferente. El fondo ya no era azul tenebroso, al contrario, el índigo que lo tenía le daba un total aspecto de pasividad; la mujer del centro ya no era fatal, ni tenía la mancha de sangre en la boca, ahora era un completo ángel bañado por la majestuosa luz de la luna que seguía resplandeciendo desde la esquina. Era como si hubieran enfocado con un reflejo celestial al cuadro de mi recuerdo.
Además, había otra diferencia: el cuadro estaba claramente ladeado, chueco, y el marco se separaba de la pared por un poco más de cinco centímetros.
Al notar esto Helena se acercó y lo tomó en sus manos, pero una tremenda araña la hizo retroceder de pánico. Yo me acerqué, tomé el borde del cuadro con mis manos y lo separé un poco más de la pared. La araña no había desuncido de la pared como yo sospechaba, había salido de ella. ¿Qué rayos? Pensé. Helena me ayudó a separarlo un poco más y pudimos ver que la pared tenía un inmenso hoyo. No podía creerlo, por lo que no me resistí a intentar descolgar el cuadro. No fue fácil, pero con la ayuda de Helena, nos deshicimos de él y pudimos observar, ahora si en su máxima extensión, un túnel. El mismo por donde seguramente Mr. B había salido.
14.11.08
Capitulo 2.
Y hablando de peculiaridades, ¿Les hablé ya de Mr. B? Bueno, si hasta ahora Helena era una persona extraña en mi vida, lejos, no tenía ni la más mínima comparación con él.
Mr. B no solo era el profesor más extraño que había pisado alguna vez el internado, él en su totalidad era un ser excepcional. Jamás he podido explicarme cómo lograba siempre encajar tan perfectamente que, aún en las más extrañas circunstancias, salía bien parado. Tal vez fuera parte de su fatal naturaleza, que atraía a la gente como una especie de imán; o quizás estaba tan acostumbrado a ser siempre el centro de atención, que esto se había convertido ya en parte de su esencia. Personalmente creo que más allá de su impetuosa personalidad, el viejo lograba cautivar a la gente, incluso solo con mirarla, porque había conseguido diseñar y perfeccionar un complejo sistema de códices que, al probarlo, y reprobarlo, tantas veces a través de los años, se había vuelto infalible.
Por supuesto, mi encuentro con él también fue una total casualidad; solo que, una un poquito más escalofriante, creo.
Sucedió un par de meses después de mi primer encuentro con Helena. Ella y yo habíamos simpatizado rápidamente, aunque yo seguía manteniendo la distancia; ya saben, por si acaso. Mi nueva amiga resultó ser una total caja de sorpresas, una rellena de historias macabras de conspiraciones, secretos, lenguajes extraños, misterios que cambiarían nuestra visión del mundo si llegaran a salir a la luz, y miles de ocurrencias más, y al parecer, yo era el único ser capaz de prestar atención a esos temas. En el fondo me interesaban, y me ilusionaba la idea de que alguna de sus locuras, por pequeña, o ridícula que fuera, sería verdad y nos conferiría un poder extraordinario; sin embargo, como ya dije, seguía manteniendo una barrera de precaución, nuestra amistad aún no llegaba al punto de la confianza, pero avanzaba a pasos agigantados. De cierta forma fue precisamente Mr. B quien terminó de destruir esa barrera. Él siempre estuvo presente en nuestras conversaciones, en un comienzo solo por burlarnos de alguien – ¡Era el blanco perfecto! – y después adoptando la forma de todo un personaje, uno con una historia que no podía desaparecer. Las conversaciones absurdas que teníamos sobre él y su extravagante apariencia nos hicieron más mucho más pasables las horas de aburrimiento dentro del “centro de reclusión”; y no había pasado mucho tiempo cuando Helena ya había sugerido involucrar al profesor en sus historias de conspiraciones, lo que logro hacer que mi voluble imaginación se elevara a kilómetros de suelo en un abrir y cerrar de ojos. Todo nació a raíz de una muy particular circunstancia. Esa sí la recuerdo perfectamente. Quedó grabada para siempre en mi mente; uno de los tantos tatuajes de mi colección.
Estábamos en recreo, Helena y yo comíamos en medio del patio. Recuerdo que le ofrecí chocolate y ella lo rechazó con una real mueca de desagrado. Yo no lo podía creer. Buena broma, dije burlándome de su mueca. Es en serio, me respondió con cara de “aleja eso de mí”. Estaba tan impresionada de su reacción – aún no acabo de entenderlo- que no percibí nada raro hasta que, ya dejándose de muecas, Helena me tomó la mano y me arrastró hasta un pasillo vacío.
- ¿Qué mier…?- solté cuando nos detuvimos. Helena estaba muy concentrada en un punto fijo: el laboratorio de química.
- Shhh… - me calló bruscamente.
- ¿Qué sucede? – dije exageradamente con los labios, sin soltar sonido alguno.
- … un segundo…- respondió también sin sonidos. Yo no entendía que rayos hacía ahí jugando a la escondida con una loca que ni siquiera es capaz de captar el incomparable gusto de un buen chocolate. Pensé en que lo mejor era salir de ahí y alejarme de ella lo más posible; pero no me moví ni un centímetro. Sentía que algo podía pasarnos, y eso me emocionaba. De repente Helena cambio su postura a una más relajada, y se metió las manos al bolsillo de forma casual. Me miró de reojo, seguramente, para que actuara igual. Yo no sabía qué estaba pasando y mucho menos qué hacer. Descubrí que aún tenía el chocolate en mi mano, así que me pegué una mordida intentando desastrosamente parecer normal. La puerta del laboratorio se había entreabierto; claramente alguien estaba a punto de salir. Era Mr. B. Llevaba una caja de cartón inmensa, apenas podía abarcarla con sus brazos, pero no parecía pesarle demasiado. Cuando nos vio sus pupilas se dilataron por la sorpresa.
- ¿Buscan a alguien, chicas?- preguntó con voz amable, pero alterada. Pensé que trataba de justificar su tono con el peso de la caja, porque le echó una mirada y luego a nosotras con un signo de disculpa. Helena miraba el suelo mientras sacaba un pañuelo y se frotaba la nariz. Definitivamente ninguna palabra saldría de su boca.
- Ehhhh… nosotras… buscábamos a… la profesora Clara- conteste con una mirada elocuente. No me creí ni yo.
- Debe estar en la sala de profesores- dijo como desviando nuestra atención. Estaba claro que quería deshacerse de nostras. Miré a Helena enarcando suavemente una ceja; esperando que Mr. B lo interpretara como un “te lo dije”, cuando en realidad quería hacer una referencia sarcástica sobre quien le mentía a quién.
- Gracias – me limité a decir antes de tomar el brazo de mi compañera y arrastrarla fuera de ahí.
Una vez en el patio nos sentamos en silencio junto a la piscina de pasto. Me eché a la boca el último trozo de chocolate y esperé a que Helena soltara la pregunta que rodeaba mi mente.
- Elizabeth… ¿Me puedes decir qué hacía Mr. B robando material del laboratorio de química? –dijo tan rápido que apenas le entendí.
- Espera, espera- dije con chocolate en la boca. Luego de tragar la miré con el ceño fruncido- ¿robando?¿ no es un poco pronto para afirmar algo así?
- ¿Qué otra explicación le das?, ¡haber!
- No lo sé… tal vez eran sus cosas…
- ¿Guardadas en el laboratorio? ¿Cuándo habías visto a Mr. B salir o entrar de ahí antes?
- Nunca pero…
- ¿Pero qué? Es obvio…
- No se Helena… A lo mejor no tenía otro lugar para dejarlas… El departamento de Lenguaje no es precisamente muy espacioso… - Se encogió de hombros ante mi lógica.
- Podrías tener razón…- dijo en un susurro desanimado – Pero entonces, cómo explicas su nerviosismo cuándo nos vio?!
- Mmm… no sé… ¿Lo asustamos?
- ¡Seguro!
- Oye… no quiero echar a perder tu teoría ni mucho menos… es sólo que… no lo vimos hacer nada fuera de lo normal… estoy segura que tiene su explicación lógica.
- ¡Yo también!
- Creo que deberíamos definir “lógica”- dije ya con una risa relajada; como volviendo a las conversaciones fantásticas que solíamos tener. Helena siguió parloteando un buen rato sobre todo. Ya había formado una visión periférica del hecho, con detalles y todo, y mi imaginación la siguió elevándose de nuevo. Cuándo ya llegamos al punto en que el contenido de la caja era de origen alienígena las dos decidimos poner un freno. Después de todo, seguramente lo habíamos inventado todo como siempre. Aunque, claro, la duda no se borraría tan fácil. Helena estaba segura de que esa caja tenía algo extraño y no iba a olvidarlo hasta descubrir qué era.
Mr. B no solo era el profesor más extraño que había pisado alguna vez el internado, él en su totalidad era un ser excepcional. Jamás he podido explicarme cómo lograba siempre encajar tan perfectamente que, aún en las más extrañas circunstancias, salía bien parado. Tal vez fuera parte de su fatal naturaleza, que atraía a la gente como una especie de imán; o quizás estaba tan acostumbrado a ser siempre el centro de atención, que esto se había convertido ya en parte de su esencia. Personalmente creo que más allá de su impetuosa personalidad, el viejo lograba cautivar a la gente, incluso solo con mirarla, porque había conseguido diseñar y perfeccionar un complejo sistema de códices que, al probarlo, y reprobarlo, tantas veces a través de los años, se había vuelto infalible.
Por supuesto, mi encuentro con él también fue una total casualidad; solo que, una un poquito más escalofriante, creo.
Sucedió un par de meses después de mi primer encuentro con Helena. Ella y yo habíamos simpatizado rápidamente, aunque yo seguía manteniendo la distancia; ya saben, por si acaso. Mi nueva amiga resultó ser una total caja de sorpresas, una rellena de historias macabras de conspiraciones, secretos, lenguajes extraños, misterios que cambiarían nuestra visión del mundo si llegaran a salir a la luz, y miles de ocurrencias más, y al parecer, yo era el único ser capaz de prestar atención a esos temas. En el fondo me interesaban, y me ilusionaba la idea de que alguna de sus locuras, por pequeña, o ridícula que fuera, sería verdad y nos conferiría un poder extraordinario; sin embargo, como ya dije, seguía manteniendo una barrera de precaución, nuestra amistad aún no llegaba al punto de la confianza, pero avanzaba a pasos agigantados. De cierta forma fue precisamente Mr. B quien terminó de destruir esa barrera. Él siempre estuvo presente en nuestras conversaciones, en un comienzo solo por burlarnos de alguien – ¡Era el blanco perfecto! – y después adoptando la forma de todo un personaje, uno con una historia que no podía desaparecer. Las conversaciones absurdas que teníamos sobre él y su extravagante apariencia nos hicieron más mucho más pasables las horas de aburrimiento dentro del “centro de reclusión”; y no había pasado mucho tiempo cuando Helena ya había sugerido involucrar al profesor en sus historias de conspiraciones, lo que logro hacer que mi voluble imaginación se elevara a kilómetros de suelo en un abrir y cerrar de ojos. Todo nació a raíz de una muy particular circunstancia. Esa sí la recuerdo perfectamente. Quedó grabada para siempre en mi mente; uno de los tantos tatuajes de mi colección.
Estábamos en recreo, Helena y yo comíamos en medio del patio. Recuerdo que le ofrecí chocolate y ella lo rechazó con una real mueca de desagrado. Yo no lo podía creer. Buena broma, dije burlándome de su mueca. Es en serio, me respondió con cara de “aleja eso de mí”. Estaba tan impresionada de su reacción – aún no acabo de entenderlo- que no percibí nada raro hasta que, ya dejándose de muecas, Helena me tomó la mano y me arrastró hasta un pasillo vacío.
- ¿Qué mier…?- solté cuando nos detuvimos. Helena estaba muy concentrada en un punto fijo: el laboratorio de química.
- Shhh… - me calló bruscamente.
- ¿Qué sucede? – dije exageradamente con los labios, sin soltar sonido alguno.
- … un segundo…- respondió también sin sonidos. Yo no entendía que rayos hacía ahí jugando a la escondida con una loca que ni siquiera es capaz de captar el incomparable gusto de un buen chocolate. Pensé en que lo mejor era salir de ahí y alejarme de ella lo más posible; pero no me moví ni un centímetro. Sentía que algo podía pasarnos, y eso me emocionaba. De repente Helena cambio su postura a una más relajada, y se metió las manos al bolsillo de forma casual. Me miró de reojo, seguramente, para que actuara igual. Yo no sabía qué estaba pasando y mucho menos qué hacer. Descubrí que aún tenía el chocolate en mi mano, así que me pegué una mordida intentando desastrosamente parecer normal. La puerta del laboratorio se había entreabierto; claramente alguien estaba a punto de salir. Era Mr. B. Llevaba una caja de cartón inmensa, apenas podía abarcarla con sus brazos, pero no parecía pesarle demasiado. Cuando nos vio sus pupilas se dilataron por la sorpresa.
- ¿Buscan a alguien, chicas?- preguntó con voz amable, pero alterada. Pensé que trataba de justificar su tono con el peso de la caja, porque le echó una mirada y luego a nosotras con un signo de disculpa. Helena miraba el suelo mientras sacaba un pañuelo y se frotaba la nariz. Definitivamente ninguna palabra saldría de su boca.
- Ehhhh… nosotras… buscábamos a… la profesora Clara- conteste con una mirada elocuente. No me creí ni yo.
- Debe estar en la sala de profesores- dijo como desviando nuestra atención. Estaba claro que quería deshacerse de nostras. Miré a Helena enarcando suavemente una ceja; esperando que Mr. B lo interpretara como un “te lo dije”, cuando en realidad quería hacer una referencia sarcástica sobre quien le mentía a quién.
- Gracias – me limité a decir antes de tomar el brazo de mi compañera y arrastrarla fuera de ahí.
Una vez en el patio nos sentamos en silencio junto a la piscina de pasto. Me eché a la boca el último trozo de chocolate y esperé a que Helena soltara la pregunta que rodeaba mi mente.
- Elizabeth… ¿Me puedes decir qué hacía Mr. B robando material del laboratorio de química? –dijo tan rápido que apenas le entendí.
- Espera, espera- dije con chocolate en la boca. Luego de tragar la miré con el ceño fruncido- ¿robando?¿ no es un poco pronto para afirmar algo así?
- ¿Qué otra explicación le das?, ¡haber!
- No lo sé… tal vez eran sus cosas…
- ¿Guardadas en el laboratorio? ¿Cuándo habías visto a Mr. B salir o entrar de ahí antes?
- Nunca pero…
- ¿Pero qué? Es obvio…
- No se Helena… A lo mejor no tenía otro lugar para dejarlas… El departamento de Lenguaje no es precisamente muy espacioso… - Se encogió de hombros ante mi lógica.
- Podrías tener razón…- dijo en un susurro desanimado – Pero entonces, cómo explicas su nerviosismo cuándo nos vio?!
- Mmm… no sé… ¿Lo asustamos?
- ¡Seguro!
- Oye… no quiero echar a perder tu teoría ni mucho menos… es sólo que… no lo vimos hacer nada fuera de lo normal… estoy segura que tiene su explicación lógica.
- ¡Yo también!
- Creo que deberíamos definir “lógica”- dije ya con una risa relajada; como volviendo a las conversaciones fantásticas que solíamos tener. Helena siguió parloteando un buen rato sobre todo. Ya había formado una visión periférica del hecho, con detalles y todo, y mi imaginación la siguió elevándose de nuevo. Cuándo ya llegamos al punto en que el contenido de la caja era de origen alienígena las dos decidimos poner un freno. Después de todo, seguramente lo habíamos inventado todo como siempre. Aunque, claro, la duda no se borraría tan fácil. Helena estaba segura de que esa caja tenía algo extraño y no iba a olvidarlo hasta descubrir qué era.
Capitulo 1.
Quizás sería mejor explicar la historia desde el comienzo; aunque a duras penas puedo recordar, o decidir, cuál fue.
Seguramente el hecho que marcó un verdadero inició, fue cuando Helena y yo nos conocimos; sin razón o sentido aparente; solo por simple casualidad; como todas las cosas importantes que en realidad suceden en la vida.
Fue en un día como cualquier otro dentro del internado donde estudiábamos. No hacía mucho calor, ni mucho frío. Todo era tan normal, que me cuesta identificar el recuerdo específico dentro de los miles de días de hastío que pasamos ahí. Sé que una tontería me llevó a tomar otro camino, uno diferente del que acostumbraba, hacia la sala de clases. Digo que es una tontería, porque de hecho, lo fue. El corredor del primer piso, el camino más corto desde mi dormitorio al salón estaba cercado por alguna razón poco relevante. Tal vez alguien había rociado algún asqueroso líquido de dudosa procedencia o algo así. Lo cierto, es que me vi obligada a dar media vuelta y recorrer la mayoría del segundo piso para bajar por la escalera más lejana a mi dormitorio. Por alguna extraña razón Helena estaba ahí.
- ¿Dando un paseo, Elizabeth?- me dijo con una sonrisa amable, pero sarcástica.
- No, solo intento… ¿evadirme?- respondí un tanto distante. Ya estaba bastante irritada por romper mi rutina y además soportar el hedor que recorría todo el internado. No pude reprimir una ligera mueca de asco.
- ¡Ah!… veo que te has encontrado con… aquello… - dijo misteriosamente. Algo me hizo pensar que tenía más información de la que yo deseaba saber.
- Sip –volví a responder con distancia, aunque esta vez, tal vez motivada por la precaución. Helena hizo el ademán de querer decir algo más, pero en ese momento el timbre para entrar a clases rugió con toda su furia.
- En fin…- suspiró encogiéndose de hombros- te veré en clases- finalizó antes de salir corriendo escaleras abajo.
Helena era una chica rara. Eso lo supe desde el primer día en que la vi en el internado, y por supuesto, lo que dijo -o más bien no dijo- ese día no me alentó precisamente a cambiar de opinión. Mientras la observaba, más tarde en el salón, me pregunté si estaba siendo demasiado prejuiciosa con ella. La verdad es que hasta ese momento, apenas nos habíamos saludado una vez.
Somos muy diferentes, dijo una pequeña voz dentro de mi cabeza. Seguramente, respondí con lógica; aunque… bueno, no se podía decir que en realidad la conociera como para asegurarlo.
El resto del curso tampoco la conocí bien; muchos creían que era toda una cerebrito, porque se sentaba en la fila inmediatamente frente al pizarrón, y era la primera a quien los profesores acudían cuando necesitaban ayuda; claro, eso sin mencionar sus lentes. Lo típico. La imagen clásica. Aunque ahora que lo pensaba con detenimiento… tal vez no era tan así. Nunca la vi levantar la mano para responder algo especialmente brillante, por ejemplo. Más bien al contrario. Simplemente asentía con la cabeza y escribía más rápido de lo que jamás había visto. Por su expresión siempre supuse que lo entendía todo… pero lo mismo podrían decir de mí… Por otra parte... Mis pensamientos se desviaron de nuevo al hedor proveniente del primer piso. Aquél no era el primer atentado con que las mojas tuvieron que lidiar ese año. Una serie de eventos desafortunados las habían perseguido desde que mi generación llegó al internado. Mis pensamientos se desviaron otra vez, repasando lo que acababa de cavilar. Desde que mi generación llego al internado. Por alguna razón sabía con absoluta certeza que Helena no era ajena a esos hechos, y sin embargo tampoco tenía ninguna prueba para culparla. Ni aunque la tuviera diría algo, por cierto. La Madre Superiora venía necesitando algo que hacer en sus ratos libres. Pero esa chica parecía tan calmada en clases. Tan cooperativa. Tan atenta. No podía imaginarla haciendo desmanes. No me calzaba la imagen mental. Mi frustración comenzaba a crecer conforme mi imaginación exacerbaba las cosas. Pero saqué algo en limpio después de analizarlo y analizarlo: definitiva y tajantemente Helena era una chica rara.
Seguramente el hecho que marcó un verdadero inició, fue cuando Helena y yo nos conocimos; sin razón o sentido aparente; solo por simple casualidad; como todas las cosas importantes que en realidad suceden en la vida.
Fue en un día como cualquier otro dentro del internado donde estudiábamos. No hacía mucho calor, ni mucho frío. Todo era tan normal, que me cuesta identificar el recuerdo específico dentro de los miles de días de hastío que pasamos ahí. Sé que una tontería me llevó a tomar otro camino, uno diferente del que acostumbraba, hacia la sala de clases. Digo que es una tontería, porque de hecho, lo fue. El corredor del primer piso, el camino más corto desde mi dormitorio al salón estaba cercado por alguna razón poco relevante. Tal vez alguien había rociado algún asqueroso líquido de dudosa procedencia o algo así. Lo cierto, es que me vi obligada a dar media vuelta y recorrer la mayoría del segundo piso para bajar por la escalera más lejana a mi dormitorio. Por alguna extraña razón Helena estaba ahí.
- ¿Dando un paseo, Elizabeth?- me dijo con una sonrisa amable, pero sarcástica.
- No, solo intento… ¿evadirme?- respondí un tanto distante. Ya estaba bastante irritada por romper mi rutina y además soportar el hedor que recorría todo el internado. No pude reprimir una ligera mueca de asco.
- ¡Ah!… veo que te has encontrado con… aquello… - dijo misteriosamente. Algo me hizo pensar que tenía más información de la que yo deseaba saber.
- Sip –volví a responder con distancia, aunque esta vez, tal vez motivada por la precaución. Helena hizo el ademán de querer decir algo más, pero en ese momento el timbre para entrar a clases rugió con toda su furia.
- En fin…- suspiró encogiéndose de hombros- te veré en clases- finalizó antes de salir corriendo escaleras abajo.
Helena era una chica rara. Eso lo supe desde el primer día en que la vi en el internado, y por supuesto, lo que dijo -o más bien no dijo- ese día no me alentó precisamente a cambiar de opinión. Mientras la observaba, más tarde en el salón, me pregunté si estaba siendo demasiado prejuiciosa con ella. La verdad es que hasta ese momento, apenas nos habíamos saludado una vez.
Somos muy diferentes, dijo una pequeña voz dentro de mi cabeza. Seguramente, respondí con lógica; aunque… bueno, no se podía decir que en realidad la conociera como para asegurarlo.
El resto del curso tampoco la conocí bien; muchos creían que era toda una cerebrito, porque se sentaba en la fila inmediatamente frente al pizarrón, y era la primera a quien los profesores acudían cuando necesitaban ayuda; claro, eso sin mencionar sus lentes. Lo típico. La imagen clásica. Aunque ahora que lo pensaba con detenimiento… tal vez no era tan así. Nunca la vi levantar la mano para responder algo especialmente brillante, por ejemplo. Más bien al contrario. Simplemente asentía con la cabeza y escribía más rápido de lo que jamás había visto. Por su expresión siempre supuse que lo entendía todo… pero lo mismo podrían decir de mí… Por otra parte... Mis pensamientos se desviaron de nuevo al hedor proveniente del primer piso. Aquél no era el primer atentado con que las mojas tuvieron que lidiar ese año. Una serie de eventos desafortunados las habían perseguido desde que mi generación llegó al internado. Mis pensamientos se desviaron otra vez, repasando lo que acababa de cavilar. Desde que mi generación llego al internado. Por alguna razón sabía con absoluta certeza que Helena no era ajena a esos hechos, y sin embargo tampoco tenía ninguna prueba para culparla. Ni aunque la tuviera diría algo, por cierto. La Madre Superiora venía necesitando algo que hacer en sus ratos libres. Pero esa chica parecía tan calmada en clases. Tan cooperativa. Tan atenta. No podía imaginarla haciendo desmanes. No me calzaba la imagen mental. Mi frustración comenzaba a crecer conforme mi imaginación exacerbaba las cosas. Pero saqué algo en limpio después de analizarlo y analizarlo: definitiva y tajantemente Helena era una chica rara.
Capitulo 0.
Recordar el momento más tenso de mi vida no solo es volver a ver las incontables imágenes de oscuridad de esa vieja habitación; también es volver llenar mis pulmones con el suave olor a polvo y a humedad, volver a golpear mi pecho con el inmovilizante frío, volver a acalambrar mis pies con las maldita posición de prisionera y, por supuesto, volver a sentir las invisibles, pero reales, convulsiones que comenzaban débiles en mis manos, congeladas por el contacto con los grilletes, y luego recorrían mis brazos aumentando de intensidad, erizando mi piel, como una onda expansiva.
No es solo recordarlo, como una visión; de hecho, pocas son las imágenes que puedo ver, la mayoría las he inventado con el tiempo.
No. Es volver a sentirlo. Volver a vivirlo.
Se que Helena siente lo mismo, aunque no lo diga. Y Selene también, aunque lo niegue.
Ambas estuvieron conmigo esa noche; recuerdo la pálida y amoratada cara de Helena que temblaba a mi lado mientras Selene hacía lo imposible por soltarse. Por supuesto, al final lo logró; aún eran los tiempos en que nada se le hacía imposible. Gracias a ella salimos de ahí; listas para vivir una historia mucho mayor… una que apenas comenzaba.
No es solo recordarlo, como una visión; de hecho, pocas son las imágenes que puedo ver, la mayoría las he inventado con el tiempo.
No. Es volver a sentirlo. Volver a vivirlo.
Se que Helena siente lo mismo, aunque no lo diga. Y Selene también, aunque lo niegue.
Ambas estuvieron conmigo esa noche; recuerdo la pálida y amoratada cara de Helena que temblaba a mi lado mientras Selene hacía lo imposible por soltarse. Por supuesto, al final lo logró; aún eran los tiempos en que nada se le hacía imposible. Gracias a ella salimos de ahí; listas para vivir una historia mucho mayor… una que apenas comenzaba.
Nueva Historia
Después de meses llenos de locuras y plagios, la "oficial" ha llegado.
Por supuesto esta dedicada a Geen, por haberla escrito primero; y a Jar, por haber estado ahí.
Por supuesto esta dedicada a Geen, por haberla escrito primero; y a Jar, por haber estado ahí.
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