Apenas y pude respirar de nuevo cuando me asomé por detrás del mesón. Los tres hombres, todos vestidos de negro, estaban justo frente a mí, dándome la espalda. Uno de ellos forcejeaba fuertemente, intentando sujetar a Helena entre sus brazos.
Gabriel, inmóvil como una verdadera estatua de mármol, había abierto su boca de la forma más cruda y amenazante que jamás vi en él; parecía preparado para atacar de frente a los hombres, y si fuera preciso, clavar de lleno sus colmillos en alguno de ellos.
Me miró solo un segundo; pero fue más que suficiente para saber que su plan A, su famoso plan perfecto, había fallado, y que yo no debía moverme, al menos hasta que se le ocurriera algo.
Lo que él no sabía es que mis inseguridades terminaron por dar fruto alguna vez, y que me había preparado para este tipo de situación. Pondría en marcha el plan B en cuanto tuviera la oportunidad.
- ¡Quédate… quieta…! – gritaba el hombre mientras mi amiga luchaba con todas sus fuerzas contra él.
Luego aulló y calló en seco al suelo, chillando de dolor. Al parecer Helena le había aplicado alguno de los ataques aprendidos en el entrenamiento, y ahora adoptaba una posición defensiva, lista para embestir a los otros dos. Uno de ellos sostenía un arma, la misma con la que antes le había apuntado y amenazado a Gabriel; pero la sangre fría con que contaba hacía cinco minutos se vio claramente disminuida por la sorpresa, así que el vampiro aprovechó la oportunidad y lo derribó, haciendo que la pistola volara por los aires. El tercer sujeto no pudo hacer nada más que gritar. Lamentablemente para nosotros, eso fue más que suficiente, ya que de un segundo a otro un montón de hombres armados entraron a la habitación derrumbando la puerta enrejada.
- No puedo detenerlos a todos- rugió Gabriel.
Helena esta débil, y aunque mantenía su posición de defensa, yo sabía que no resistiría mucho. Los hombres entraron y se prepararon para disparar. Justo antes que apretaran el gatillo, el vampiro me gritó, aún cuidando no revelar mi posición.
- ¡¿Qué esperas?! ¡Lévatela de aquí!
Supuse que los hombres pensarían que se dirigía a Helena y ese extraño objeto que ellos buscaban, pero no me detuve para comprobarlo. Tomé a mi amiga con la misma seguridad con que lo había hecho tiempo atrás, la primera vez que estuvimos en esa habitación, y corrí con todas mis fuerzas hacia el agujero en la pared, el mismo por donde había entrado momentos antes.
Una vez seguras, lo más lejos del internado que se me ocurrió, nos detuvimos a respirar.
- Elizabeth, debemos volver – susurró Helena, cuando pudo hablar. Estaba muy pálida, y bajo la débil luz de la calle pude ver el frío sudor brillar en su rostro. Me miró con ojos oscuros, surcados por la preocupación, sin rastro ya del fulgor que la poseía la última vez que nos vimos.
- No podemos volver – dije simplemente, también en susurros.
- ¡Elizabeth, no podemos abandonarlos! – gritó.
- No, no podemos – sonreí. Mi voz no parecía mía. Hablaba demasiado tranquila, relajada. La verdad es que me estaba muriendo de miedo.
- ¿En qué estás pensando? – me tomó los hombros y me sacudió.- Elizabeth, Gabriel se esta enfrentando solo a todos esos tipos y no les importara que sea un vampiro, encontraran la forma y lo mataran. – Parecía querer hacerme razonar. Yo no salía de mi tranquilidad.- Además tienen prisionera a Mr. B… y no quiero imaginar lo que le estén hacimundo endo…
- Espera, espera… - ¿Es que me había perdido de algo? - ¿Tienen a Mr. B? ¡¿Para que lo quieren?!
- No lo quieren a él, quieren la Vacuna - Helena parecía creer que yo había entrado en razón; ahora casi podía oír la parte de su cerebro que tramaba como volver a entrar al internado.
- ¡Pero él no la tiene! – grite perdiendo mi momentánea calma.
- ¡Por supuesto que no! – Helena ya estaba ida, totalmente concentrada en su plan - Pero ellos no lo saben… - añadió con la mirada perdida, frotándose el mentón con una mano.
- Eso significa que Gabriel se equivocó… - recordé de repente.
- ¿Ah? – Helena salió de su mundo y me miró, exigiendo una respuesta.
- Gabriel pensó que Mr. B y tu habían perdido la cabeza… Por eso huimos… El plan de hoy era hacerlos volver. Sabía que algo saldría mal, pero nunca tanto… ¡Maldita sea!... El plan B es más necesario de lo que pensé… – yo ya no le hablaba a ella, desvariaba para mí.
- ¿Qué? ¿Perder la cabeza? ¿volver? ¿Plan B? – Helena no entendía ni una palabra de mis disparates.
- No hay tiempo para explicaciones. ¡Vamos!- tomé su mano y comencé a correr otra vez.
- ¡Elizabeth! ¡¿a dónde vamos?! – gritó mientras yo la arrastraba
- A buscar un teléfono – grité yo sin dejar de correr.
4.12.08
2.12.08
Capitulo 10.
- Supongo que hipotéticamente podría funcionar… - razoné después de escuchar por completo el plan A.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.
Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.
- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.
Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.
Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.
Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.
Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.
El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!
Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.
La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.
-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.
Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.
Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.
- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.
Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.
Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.
Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.
Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.
El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!
Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.
La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.
-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.
Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.
1.12.08
Capitulo 9.
Y así, con la misma rapidez con que comenzamos, nuestros entrenamientos se prolongaron dos meses más.
No fue fácil; sobretodo para mí. Mr. B se mostró comprensivo ante mi debilidad; pero no disminuyo un centímetro su muro de exigencia; lo que volvió todo peor.
No hacíamos más que correr durante todo el día, y dormíamos cuatro horas por noche cuando mucho. El entrenamiento estaba en su fase intensiva, y además de mantener la fachada de alumnas promedio en el internado, - para no levantar sospechas - nos dedicábamos al estudio exhaustivo de cuanta cosa sobre natural encontrábamos.
Jamás pensé que sobreviviría a todo eso. Estaba totalmente colapsada. Eso de las artes no era precisamente fácil para mí, y aunque me esforzaba hasta el punto del dolor, los resultados no eran muchos. Por suerte Helena estaba a mi lado en todo momento; o al menos cuando Gabriel no andaba cerca.
Me sorprendía el ánimo que mi amiga podía llegar a tener a veces. Era como si estuviera viviendo su sueño, o algo así. Era perfectamente feliz con toda esta locura.
Yo no me quejaba. Me resultaba extraño pensar en que podía confiar mi vida a otras personas; mi rota familia solo me había enseñado la desconfianza, el temor, y a esconder los sentimientos y cualquier otra debilidad bajo una máscara de orgullo; pero ahora todo era diferente.
Helena, Gabriel y Mr. B eran ahora mi familia - una bastante peculiar; por decirlo menos – y yo confiaba planamente en cada uno de ellos… Ahora bien, la pregunta que me inquietaba era si ellos confiarían plenamente en mí.
Al principio de nuestro entrenamiento, Mr B se mostraba satisfecho con los resultados, y remediaba nuestros errores con paciencia y entusiasmo; sin embargo después de un tiempo comencé a percibir un ligero brillo fanático en sus ojos; como si su fe natural y espontánea hubiera sido corrompida por la seguridad del éxito.
Intenté mencionarle algo de mis preocupaciones a Helena; pero ella también tenía esa insana seguridad marcada en el rostro, cosa que se hacía más visible conforme avanzaba en el entrenamiento.
Poco a poco nuestro lazo irrompible de confianza mutua se desvanecía, y en cambio, el suyo propio aumentaba hasta llegar a la altanería.
Decidí guardarme mis inquietudes y dedicarme a trabajar; después de todo, seguramente mi imaginación volaba lejos en la atmósfera… otra vez. Pero no era la única preocupada. Gabriel tenía el mismo semblante solitario que yo, y por su mirada triste, supe que las cosas con mi amiga no eran tan dulces como meses atrás.
Una cruda tensión se había formado entre nosotros, acrecentándose cada día más, hasta que llegó a su límite natural, el punto en dónde todo simplemente revienta, una de las tardes en que practicábamos en la habitación del teatro; la misma en que la exigencia de Mr. B terminó por elevarse sobre mis fuerzas humanas.
Él aseguraba que si yo pusiera un poco más de esfuerzo lograría penetrar en su mente como él lo hacía en la mía; pero yo ya estaba descargando todas mis energías en mantenerme firme, y poco a poco comencé a sentir como mi fuerza vital estaba siendo absorbida.
Helena me gritaba con un humor de perros, como si yo estuviera dedicándome a jugar en lugar de concentrarme. Eso me hizo sentir fatal.
Me tambaleé. Ya no podía mantenerme en pie, pero aún así, Mr. B y Helena seguían gritando, y exigiendo más y más de mí. Ya no podía resistirlo; y no me ayudaba que las imágenes más crudas de mi infancia aparecieran ante mí cada vez que el profesor entraba en mi mente.
Era una completa tortura resistirse al ataque. Yo sudaba por todos los poros de piel y el líquido fluía dolorosamente fuera de mi cuerpo, como si fuera mi sangre la que se derramaba.
- ¡Por favor Elizabeth! ¡Puedes hacerlo mucho mejor que esto!
- ¡Vamos! ¡Solo un poco más! ¡¿Qué tan difícil puede ser?!
Sentía como si mi amiga y el profesor estuvieran lanzando las delgadas fibras transparente que me apresaban en sueños, capturándome, sin que yo pudiera evitarlo. La oscuridad caería en cualquier momento, la misma imagen se había repetido demasiadas veces como para no recordar el instante preciso en que ocurriría. Iba a desfallecerme; pero no estaba segura de poder despertar después, como siempre. Solo era cuestión de segundos.
- ¡Ya basta! – gritó una voz potente y entonada. El dolor cedió y yo caí definitivamente al suelo. Mis extremidades convulsionaron y el sudor se congeló, cubriéndome con una ola fría.
- ¡¿Se puede saber que haces?! ¡Ya casi lo tenía! – gritó a su vez Mr. B
- ¡¿Qué te sucede?! – gritó también Helena.
Apenas me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, pero pude ver como Gabriel se interponía entre el ataque de Mr. B y yo, y como Helena se acercaba a él, gesticulando exageradamente con las manos.
Los gritos no se interrumpieron en ningún momento, subiendo de volumen de vez en cuando. Yo ya no tenía intenciones de escuchar. Solo sabía que cada célula de mi cuerpo dolía, tal y como lo había soñado, al mismo tiempo en que me espantaba con la idea de que hubiera sido precisamente él, mi maestro, quien hubiera vuelto mi pesadilla una realidad.
Tal vez entré en coma; no lo sé. Lo más probable es que solo haya perdido la sensibilidad, demasiado perdida en la frontera de lo real y lo irreal como para notar en que momento se callaron, o cuándo Gabriel me tomó con delicadeza y me sacó de la habitación.
Lo cierto es que desperté en un lugar completamente diferente.
- Hola – me saludó el vampiro - ¿Cómo estás?
- Bastante mejor – dije bostezando. No era mentira. Mi mente parecía haber vuelto a su lugar, protegida de todo lo malo de mi vida, todo lo que Mr. B había sacado a al luz.
- Me alegro- Su piel se veía más pálida de lo común, y unas ojeras azules surcaban su rostro perfecto. Me extrañó que, a pesar de su notable preocupación, pudiera sonreírme.
- ¿Dónde estamos? – me pregunté después de estirarme entre las cálidas sabanas que me cubrían.
- En un hotel. Lo siento, pero tuve que sacarte de ahí rápido; y también asegurarme que no pudieran… ya sabes, encontrarnos.
- No te preocupes. – sonreí. Una punzada de dolor cruzó mi estomago. Mis ojos enrojecieron.- Lo siento…- le dije enjuagándome una lágrima.
- Hey… No tienes por qué disculparte… No fuiste tú quien enloqueció de repente… - se sentó a mi lado y apartó otra lágrima acariciando mi mejilla.
- Gracias, Dientes… No sé que hubiera hecho sin ti…
- Convertirte en un zombi mutante, obvio – rió solo para alegrarme un poco. Por suerte funcionó.
- Y bueno… ¿Qué…? – mi voz tembló - ¿Qué…? ¿Qué haremos ahora?
- No lo sé… Pero tal vez se nos ocurra algo mientras tú tomas desayuno.- me besó la frente y salió de la habitación dejando que la incertidumbre me carcomiera.
N/A: siento la demora ween xs
No fue fácil; sobretodo para mí. Mr. B se mostró comprensivo ante mi debilidad; pero no disminuyo un centímetro su muro de exigencia; lo que volvió todo peor.
No hacíamos más que correr durante todo el día, y dormíamos cuatro horas por noche cuando mucho. El entrenamiento estaba en su fase intensiva, y además de mantener la fachada de alumnas promedio en el internado, - para no levantar sospechas - nos dedicábamos al estudio exhaustivo de cuanta cosa sobre natural encontrábamos.
Jamás pensé que sobreviviría a todo eso. Estaba totalmente colapsada. Eso de las artes no era precisamente fácil para mí, y aunque me esforzaba hasta el punto del dolor, los resultados no eran muchos. Por suerte Helena estaba a mi lado en todo momento; o al menos cuando Gabriel no andaba cerca.
Me sorprendía el ánimo que mi amiga podía llegar a tener a veces. Era como si estuviera viviendo su sueño, o algo así. Era perfectamente feliz con toda esta locura.
Yo no me quejaba. Me resultaba extraño pensar en que podía confiar mi vida a otras personas; mi rota familia solo me había enseñado la desconfianza, el temor, y a esconder los sentimientos y cualquier otra debilidad bajo una máscara de orgullo; pero ahora todo era diferente.
Helena, Gabriel y Mr. B eran ahora mi familia - una bastante peculiar; por decirlo menos – y yo confiaba planamente en cada uno de ellos… Ahora bien, la pregunta que me inquietaba era si ellos confiarían plenamente en mí.
Al principio de nuestro entrenamiento, Mr B se mostraba satisfecho con los resultados, y remediaba nuestros errores con paciencia y entusiasmo; sin embargo después de un tiempo comencé a percibir un ligero brillo fanático en sus ojos; como si su fe natural y espontánea hubiera sido corrompida por la seguridad del éxito.
Intenté mencionarle algo de mis preocupaciones a Helena; pero ella también tenía esa insana seguridad marcada en el rostro, cosa que se hacía más visible conforme avanzaba en el entrenamiento.
Poco a poco nuestro lazo irrompible de confianza mutua se desvanecía, y en cambio, el suyo propio aumentaba hasta llegar a la altanería.
Decidí guardarme mis inquietudes y dedicarme a trabajar; después de todo, seguramente mi imaginación volaba lejos en la atmósfera… otra vez. Pero no era la única preocupada. Gabriel tenía el mismo semblante solitario que yo, y por su mirada triste, supe que las cosas con mi amiga no eran tan dulces como meses atrás.
Una cruda tensión se había formado entre nosotros, acrecentándose cada día más, hasta que llegó a su límite natural, el punto en dónde todo simplemente revienta, una de las tardes en que practicábamos en la habitación del teatro; la misma en que la exigencia de Mr. B terminó por elevarse sobre mis fuerzas humanas.
Él aseguraba que si yo pusiera un poco más de esfuerzo lograría penetrar en su mente como él lo hacía en la mía; pero yo ya estaba descargando todas mis energías en mantenerme firme, y poco a poco comencé a sentir como mi fuerza vital estaba siendo absorbida.
Helena me gritaba con un humor de perros, como si yo estuviera dedicándome a jugar en lugar de concentrarme. Eso me hizo sentir fatal.
Me tambaleé. Ya no podía mantenerme en pie, pero aún así, Mr. B y Helena seguían gritando, y exigiendo más y más de mí. Ya no podía resistirlo; y no me ayudaba que las imágenes más crudas de mi infancia aparecieran ante mí cada vez que el profesor entraba en mi mente.
Era una completa tortura resistirse al ataque. Yo sudaba por todos los poros de piel y el líquido fluía dolorosamente fuera de mi cuerpo, como si fuera mi sangre la que se derramaba.
- ¡Por favor Elizabeth! ¡Puedes hacerlo mucho mejor que esto!
- ¡Vamos! ¡Solo un poco más! ¡¿Qué tan difícil puede ser?!
Sentía como si mi amiga y el profesor estuvieran lanzando las delgadas fibras transparente que me apresaban en sueños, capturándome, sin que yo pudiera evitarlo. La oscuridad caería en cualquier momento, la misma imagen se había repetido demasiadas veces como para no recordar el instante preciso en que ocurriría. Iba a desfallecerme; pero no estaba segura de poder despertar después, como siempre. Solo era cuestión de segundos.
- ¡Ya basta! – gritó una voz potente y entonada. El dolor cedió y yo caí definitivamente al suelo. Mis extremidades convulsionaron y el sudor se congeló, cubriéndome con una ola fría.
- ¡¿Se puede saber que haces?! ¡Ya casi lo tenía! – gritó a su vez Mr. B
- ¡¿Qué te sucede?! – gritó también Helena.
Apenas me daba cuenta de lo que sucedía a mi alrededor, pero pude ver como Gabriel se interponía entre el ataque de Mr. B y yo, y como Helena se acercaba a él, gesticulando exageradamente con las manos.
Los gritos no se interrumpieron en ningún momento, subiendo de volumen de vez en cuando. Yo ya no tenía intenciones de escuchar. Solo sabía que cada célula de mi cuerpo dolía, tal y como lo había soñado, al mismo tiempo en que me espantaba con la idea de que hubiera sido precisamente él, mi maestro, quien hubiera vuelto mi pesadilla una realidad.
Tal vez entré en coma; no lo sé. Lo más probable es que solo haya perdido la sensibilidad, demasiado perdida en la frontera de lo real y lo irreal como para notar en que momento se callaron, o cuándo Gabriel me tomó con delicadeza y me sacó de la habitación.
Lo cierto es que desperté en un lugar completamente diferente.
- Hola – me saludó el vampiro - ¿Cómo estás?
- Bastante mejor – dije bostezando. No era mentira. Mi mente parecía haber vuelto a su lugar, protegida de todo lo malo de mi vida, todo lo que Mr. B había sacado a al luz.
- Me alegro- Su piel se veía más pálida de lo común, y unas ojeras azules surcaban su rostro perfecto. Me extrañó que, a pesar de su notable preocupación, pudiera sonreírme.
- ¿Dónde estamos? – me pregunté después de estirarme entre las cálidas sabanas que me cubrían.
- En un hotel. Lo siento, pero tuve que sacarte de ahí rápido; y también asegurarme que no pudieran… ya sabes, encontrarnos.
- No te preocupes. – sonreí. Una punzada de dolor cruzó mi estomago. Mis ojos enrojecieron.- Lo siento…- le dije enjuagándome una lágrima.
- Hey… No tienes por qué disculparte… No fuiste tú quien enloqueció de repente… - se sentó a mi lado y apartó otra lágrima acariciando mi mejilla.
- Gracias, Dientes… No sé que hubiera hecho sin ti…
- Convertirte en un zombi mutante, obvio – rió solo para alegrarme un poco. Por suerte funcionó.
- Y bueno… ¿Qué…? – mi voz tembló - ¿Qué…? ¿Qué haremos ahora?
- No lo sé… Pero tal vez se nos ocurra algo mientras tú tomas desayuno.- me besó la frente y salió de la habitación dejando que la incertidumbre me carcomiera.
N/A: siento la demora ween xs
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