- ¿Helena?– nada - ¡Helena!
La sacudí más de un par de veces y le golpeé los hombros y la espalda; pero simplemente no me oía. Esta hipnotizada, con la vista fija, perdida en el rostro de… la criatura.
Mi incomprensión sobrepasó todos los niveles cuando vi su semblante, y por un segundo yo también me sentí hipnotizada, sorprendida y atrapada por su totalizadora belleza. Sin duda era un hombre; aunque tal vez no un ser humano. Su piel era demasiado pálida, y sus ojos rojos, como inyectado de sangre. Cada una de las furiosas expresiones de su cara demostraban el más sincero y terminante odio, lo que le confería un aspecto aún más arrebatador, si era posible. Aún así, quizás muy por debajo de su fachada, la curvatura de su espalda, el encogimiento de sus hombros y la soltura de sus extremidades le hacía parecer consumido, aterrorizado, incluso hambriento; como un verdadero animal encerrado en su jaula.
Dejé de sentir temor cuando repare en esos detalles, lo remplacé por lástima, por tristeza.
La pena terminó por distraerme de la hipnosis, pude volver a enfocar la vista en otra dirección, y también recordar en dónde estaba y por qué; no obstante, Helena seguía con la vista pegada al hombre. Parecía estar no haber visto jamás algo tan deslumbrante en su vida; como si a un chiquillo lo llevaran a ver por primera vez un espectáculo de osos gigantes danzarines.
Intenté distraerla de nuevo, apartarla de la reja, pero no me hacía caso. Estaba totalmente perdida en los esos ojos escarlata que también parecían dirigirse solo a ella.
En otra circunstancia; ciertamente no en medio de la noche en la habitación oculta del centro de reclusión, frente a la jaula de una misteriosa criatura de inescrutable belleza; habría pensado sarcásticamente en ir a buscar mi violín.
Pero no había tiempo para eso. Mr. B debería estar cerca, después de todo, él, en verdad, era el ladrón. Seguramente asaltó todos esos departamentos en busca de información que le permitieran mantener con vida a este sujeto. La prueba tangible estaba en todos esos frascos de colores que adornaban el cuarto. No necesitaba pensarlo dos veces para decir, a ciencia cierta, que todos formaban parte del contenido de esa caja de cartón que alguna vez le vimos sacar del laboratorio.
Era tan obvio, tan simple.
La verdadera pregunta que ahora cruzaba por mi mente era por qué. ¿Qué era este extraño sujeto? ¿Por qué parecía tan poco humano, a pesar de su notable figura de hombre? ¿Qué rayos pretendía hacer con él?
No tuve tiempo de seguir aventurando más preguntas sin respuestas. La criatura se había acercado peligrosamente a la reja, tomando la mano que Helena le ofrecía, acercándola a su boca. Vista desde un ángulo más lejano, hubiera parecido una clara escena romántica, de esas que llegan a revolverte el estómago; y por el brillo en los ojos de mi amiga supe que quizás sí lo era; pero mis instintos de supervivencia se aceleraron, avisándome que fuera de esa capa de dulzura, nada bueno podía esconderse.
El ruido de unos pasos lejanos me hizo despegar la vista de mi compañera y voltearme hacia la puerta.
Mr. B debía haber entrado por el maldito túnel. Y venía hacia aquí.
Helena seguía completamente perdida, no había espacio en su cabeza para sacarnos de ahí; así que era mi turno.
Los pasos se acercaban cada vez más. Ya podía sentir incluso la respiración del profesor. Mi cabeza bombeaba, todo daba vueltas y la sangre en mis venas comenzaba a enfriarse a una no saludable velocidad
La puerta enrejada de la entrada se abrió con su chirriante sonido metálico. Miré hacia todos lados buscando una señal de algo que me ayudara, cuando vi los líquidos. No podía pensarlo dos veces.
Con una mano tomé el brazo de Helena, y con la otra arrojé los frascos al suelo, los que se quebraron ruidosamente en el segundo exacto en que mi mirada y la de Mr. B se cruzaron en la oscuridad. Pero ya era demasiado tarde para que él pudiera hacer algo. Los químicos reaccionaron generando el humo suficiente para envolvernos en las sombras permitiéndome salir corriendo de ahí arrastrando a Helena.
25.11.08
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