Una luz resplandeciente caída como lluvia a mí alrededor. Era hermosa, hermosísima; pero a mi no me lo parecía. No podía moverme, ni oír, ni hablar, ni gritar. No podía hacer nada. Sentía como unas delgadas cadenas transparentes se enrollaban en torno a mi cintura, tobillos, y muñecas, y no podía hacer nada ni por detenerlas, ni por liberarme.
Muy lentamente, sin que lograra evitarlo, los halos de luz se apoderaban de mí; me convertían en prisionera.
Las delgadas correas se incrustaban en mi piel; hasta romperla. La sangre brotaba con facilidad, como simple agua; agua escarlata; brillante. Al verla yo perdía la noción de la realidad. Me desfallecía.
Y entonces, justo cuando pensaba en que el dolor físico y el agotamiento más extremo no tenían comparación con esto, la oscuridad caía de sopetón.
- Mr. B creo que ya está volviendo en sí – alguien me acariciaba la cabeza con una mano, aplastando mi despeinado cabello.
- Ya era hora…- oí suspirar a Mr. B- ¿Elizabeth…?- preguntó con voz clara, arrastrándome al mundo real.
- ¿Elizabeth?- preguntó a su vez Helena, mientras apartaba, cariñosamente, un par de mechones de mi cara.
- Elizabeth… - susurró también una tercera voz, más profunda y entonada que las otras, una voz que me hizo pensar en ultratumba. Gabriel sin duda.
- Estoy aquí…- murmuré sin abrir los ojos. Sabía que saltarían encima de mí en cuanto lo hiciera.
- Me tenías con el alma en un hilo, tonta - gritó Helena antes que despegara mis parpados. Sabía que podía escucharla.
- … - no contesté. Pero abrí los ojos. La habitación sobre el teatro apareció ante mí, con su polvo habitual llenándome los pulmones Un rayo de sol me pegó de lleno en la cara. – Lo siento. Última vez - dije cuándo pude verlos con claridad.
- Sabemos que no es intencional - se apresuró a decir Mr. B- No es tu culpa… tal vez, no estás lista para esto…
- ¿De qué rayos está hablando profesor?- salté- Estoy perfectamente- me puse de pie de un salto, pero de inmediato me tambaleé. Hubiera caído en secó al suelo, pero Gabriel me sostuvo con rapidez sobrehumana. Helena me miró con los ojos entrecerrados.
- Gracias- dije con una sonrisa sincera y un poco de ironía en los ojos. Él se rió al ver la cara de mi amiga, que varió del rosado al verde en menos de cinco segundos.
- ¿Segura que estás bien, Elizabeth?- Mr. B siempre interrumpía nuestros juegos sarcásticos. Para él no era ningún chiste esta situación. Le ponía nervioso.
- Quizá un descanso no me haría mal- reconocí al sentirme mareada de nuevo. Me senté en la esquina junto al ropero.
- Tu turno entonces Helena.- dijo el profesor con una señal solemne. Yo reí entre dientes.
Gabriel se arrinconó; mientras más lejos de los rayos de sol estuviera, mejor para él. Por suerte, según mis cálculos, solo faltaban unos minutos para la total puesta de sol. Era parte del plan que fuera así. Parte de la rutina.
Desde que Mr. B nos reveló la verdad – su propia verdad y la de Gabriel –, dos meses atrás, nos reuníamos todos los días a la hora del crepúsculo en nuestra vieja habitación.
El profesor había diseñado una estructurada metodología para instruirnos en cómo usar correctamente las artes secretas; y la muerte caería sobre el que osara oponerse a ella.
Recuerdo la primera vez que nos habló de las artes. Yo había abierto los ojos como platos pensando en que nos enseñaría a sacar energía por las palmas, a matar con la mirada, o algún otro súper poder. Por supuesto él se rió de mí.
- Como si con Gabriel no tuviéramos suficiente- añadió partiéndose de risa.
El vampiro lo miró con cara de pocos amigos y mostró una de sus adorables sonrisas; esas en las que estiraba los labios y abría ligeramente la boca; movimientos exactamente calculados para mostrar sus filosos y blancos colmillos. Realmente escalofriante… la primera vez. Se pasaba con el tiempo.
Al final, el asunto de las artes secretas terminó siendo algo bastante menos emocionante que un súper poder; y bastante más doloroso. El arte consistía en usar tu mente para desequilibrar la fuerza del oponente, algo así como golpearle la psiquis; cosa que te traía jaquecas espantosas; y con eso adquirir tiempo suficiente para golpearlo de verdad.
Según Mr. B, con este conocimiento podríamos enfrentarnos a lo que sea. Y literalmente eso era justo lo que necesitábamos.
Nuestra misión consistía a muy grandes rasgos en algo así como enfrentarse a todas las mafias conocidas y algunas que nadie sabe que existen, pero de seguro, son mucho más peligrosas que lo que puedes llegar a imaginar.
¿Suicida? De hecho, bastante.
Y el objetivo, la famosa cuestión que hace que dos chicas friquis, un encantador profesor de literatura con las tejas corridas y un vampiro, se unan para formar algo así como una la Liga de la No Cordura; es nada más y nada menos que encontrar la Vacuna.
- Cuidado con tus rodillas Helena- señalé al ver como un obvio ataque de Mr. B le llegaría de lleno en una de ellas.
Mi amiga me hizo caso y lo esquivo con agilidad. Miró de reojo a Gabriel, y este le sonrió como sólo lo hacía con ella, sin mostrar un atisbo de sus dientes. Me dio una arcada. Mr. B aprovechó el descuido de mi compañera y le tomó un brazo.
- ¡Hey! Eso no fue justo- protestó Helena, con un chillido infantil.
- La idea es que no te desconcentres- repitió el profesor obligándola a mirarlo. – Vamos de nuevo.
A Helena se le hacía difícil prestar mucha atención cuando nuestro vampiro estaba presente. Era obvio que su interés por Gabriel hacía tiempo que no rayaba en lo profesional, pero ninguno de los dos decía nada. Mi estómago se revolvía cada vez que los tenía cerca. Era espantoso. Al paso que íbamos me convertiría en toda una concertista profesional. Puaj. Con lo que odiaba el violín.
Mr. B logró desequilibrar a Helena una vez más, se acercaba con movimientos demasiado sutiles; como asechándola. Está perdida; pensé bajando la cabeza, resignada a verla caer… otra vez. Sin embargo, eso no ocurrió. Helena esquivó el ataque con la rapidez propia de un venado que escapa de un león.
- ¡Wow! ¡Eso fue increíble! – grité lanzándome encima de mi amiga.
- Sí, lo sé… - se rió ella. Miró de reojo al vampiro, y los ojos de Gabriel brillaron en la oscuridad, gesto más que suficiente para hacerla feliz, supongo.
- Eso fue brillante Helena- la vitoreó Mr. B con una sonrisa.
Era la primera vez que alguien se le enfrentaba correctamente; lo que en otras palabras significó que, por fin, su trabajo comenzaba a dar frutos. O al menos, la mitad. Bajé la mirada. Siempre fui más que un poco torpe; nunca esperé que estas cosas de las artes se me dieran de manera fácil.
Gabriel se me acercó con sus pasos mudos.
- Hey, no te preocupes- dijo dándome un ligero golpecito en el hombro.
- Gracias, Dientes- le sonreí devolviéndole el golpe. Me dolieron los nudillos.
Me caía bien este chico; detrás de esa piel de piedra que lo cubría, había una persona tan desquiciada, en el buen sentido, como Helena.
Harían una linda pareja… Otra arcada me cruzó la garganta interrumpiendo mi pensamiento. OK. Una linda pareja, expresamente lejos de mí.
- Creo que eso es todo por hoy – recitó Mr. B como todos los días.- La luna ya se ha apoderado del firmamento - traducción: hora de irse a la cama antes que la monja, digo, la hermana Lucía, se de cuenta.
Tomé mi mochila y salí de la habitación. Helena seguía plantada, hablando animadamente con Gabriel; él la escuchaba absorto, cuidando no mostrar sus dientes, toda una delicadeza por su parte, una que no empleaba con nadie más; no conmigo, por ejemplo.
Mr B sacudía un par de cosas, silbando fuerte, muy fuerte. ¡Maldita sea! Era peor que un padre sobre protector.
- Ehmm… ¿Profe? – lo llamé desde el marco de la puerta.
- ¿Elizabeth?- preguntó con voz más fuerte de lo necesario. Le dediqué una mirada elocuente.
- ¿Me ayuda con mi mochila?- dije con una sonrisa inocente. Él puso los ojos en blanco.
- OK… - susurró con la mandíbula desencajada. Tomó mi bolso y marcho delante de mí. Helena me miró con los ojos brillantes y el vampiro me dedicó una sonrisa torcida.
- Si ya se; me deben una… - salí de la habitación sacando la lengua y cerrando la puerta tras de mí.
27.11.08
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