14.11.08

Capitulo 2.

Y hablando de peculiaridades, ¿Les hablé ya de Mr. B? Bueno, si hasta ahora Helena era una persona extraña en mi vida, lejos, no tenía ni la más mínima comparación con él.

Mr. B no solo era el profesor más extraño que había pisado alguna vez el internado, él en su totalidad era un ser excepcional. Jamás he podido explicarme cómo lograba siempre encajar tan perfectamente que, aún en las más extrañas circunstancias, salía bien parado. Tal vez fuera parte de su fatal naturaleza, que atraía a la gente como una especie de imán; o quizás estaba tan acostumbrado a ser siempre el centro de atención, que esto se había convertido ya en parte de su esencia. Personalmente creo que más allá de su impetuosa personalidad, el viejo lograba cautivar a la gente, incluso solo con mirarla, porque había conseguido diseñar y perfeccionar un complejo sistema de códices que, al probarlo, y reprobarlo, tantas veces a través de los años, se había vuelto infalible.
Por supuesto, mi encuentro con él también fue una total casualidad; solo que, una un poquito más escalofriante, creo.

Sucedió un par de meses después de mi primer encuentro con Helena. Ella y yo habíamos simpatizado rápidamente, aunque yo seguía manteniendo la distancia; ya saben, por si acaso. Mi nueva amiga resultó ser una total caja de sorpresas, una rellena de historias macabras de conspiraciones, secretos, lenguajes extraños, misterios que cambiarían nuestra visión del mundo si llegaran a salir a la luz, y miles de ocurrencias más, y al parecer, yo era el único ser capaz de prestar atención a esos temas. En el fondo me interesaban, y me ilusionaba la idea de que alguna de sus locuras, por pequeña, o ridícula que fuera, sería verdad y nos conferiría un poder extraordinario; sin embargo, como ya dije, seguía manteniendo una barrera de precaución, nuestra amistad aún no llegaba al punto de la confianza, pero avanzaba a pasos agigantados. De cierta forma fue precisamente Mr. B quien terminó de destruir esa barrera. Él siempre estuvo presente en nuestras conversaciones, en un comienzo solo por burlarnos de alguien – ¡Era el blanco perfecto! – y después adoptando la forma de todo un personaje, uno con una historia que no podía desaparecer. Las conversaciones absurdas que teníamos sobre él y su extravagante apariencia nos hicieron más mucho más pasables las horas de aburrimiento dentro del “centro de reclusión”; y no había pasado mucho tiempo cuando Helena ya había sugerido involucrar al profesor en sus historias de conspiraciones, lo que logro hacer que mi voluble imaginación se elevara a kilómetros de suelo en un abrir y cerrar de ojos. Todo nació a raíz de una muy particular circunstancia. Esa sí la recuerdo perfectamente. Quedó grabada para siempre en mi mente; uno de los tantos tatuajes de mi colección.
Estábamos en recreo, Helena y yo comíamos en medio del patio. Recuerdo que le ofrecí chocolate y ella lo rechazó con una real mueca de desagrado. Yo no lo podía creer. Buena broma, dije burlándome de su mueca. Es en serio, me respondió con cara de “aleja eso de mí”. Estaba tan impresionada de su reacción – aún no acabo de entenderlo- que no percibí nada raro hasta que, ya dejándose de muecas, Helena me tomó la mano y me arrastró hasta un pasillo vacío.
- ¿Qué mier…?- solté cuando nos detuvimos. Helena estaba muy concentrada en un punto fijo: el laboratorio de química.
- Shhh… - me calló bruscamente.
- ¿Qué sucede? – dije exageradamente con los labios, sin soltar sonido alguno.
- … un segundo…- respondió también sin sonidos. Yo no entendía que rayos hacía ahí jugando a la escondida con una loca que ni siquiera es capaz de captar el incomparable gusto de un buen chocolate. Pensé en que lo mejor era salir de ahí y alejarme de ella lo más posible; pero no me moví ni un centímetro. Sentía que algo podía pasarnos, y eso me emocionaba. De repente Helena cambio su postura a una más relajada, y se metió las manos al bolsillo de forma casual. Me miró de reojo, seguramente, para que actuara igual. Yo no sabía qué estaba pasando y mucho menos qué hacer. Descubrí que aún tenía el chocolate en mi mano, así que me pegué una mordida intentando desastrosamente parecer normal. La puerta del laboratorio se había entreabierto; claramente alguien estaba a punto de salir. Era Mr. B. Llevaba una caja de cartón inmensa, apenas podía abarcarla con sus brazos, pero no parecía pesarle demasiado. Cuando nos vio sus pupilas se dilataron por la sorpresa.
- ¿Buscan a alguien, chicas?- preguntó con voz amable, pero alterada. Pensé que trataba de justificar su tono con el peso de la caja, porque le echó una mirada y luego a nosotras con un signo de disculpa. Helena miraba el suelo mientras sacaba un pañuelo y se frotaba la nariz. Definitivamente ninguna palabra saldría de su boca.
- Ehhhh… nosotras… buscábamos a… la profesora Clara- conteste con una mirada elocuente. No me creí ni yo.
- Debe estar en la sala de profesores- dijo como desviando nuestra atención. Estaba claro que quería deshacerse de nostras. Miré a Helena enarcando suavemente una ceja; esperando que Mr. B lo interpretara como un “te lo dije”, cuando en realidad quería hacer una referencia sarcástica sobre quien le mentía a quién.
- Gracias – me limité a decir antes de tomar el brazo de mi compañera y arrastrarla fuera de ahí.
Una vez en el patio nos sentamos en silencio junto a la piscina de pasto. Me eché a la boca el último trozo de chocolate y esperé a que Helena soltara la pregunta que rodeaba mi mente.
- Elizabeth… ¿Me puedes decir qué hacía Mr. B robando material del laboratorio de química? –dijo tan rápido que apenas le entendí.
- Espera, espera- dije con chocolate en la boca. Luego de tragar la miré con el ceño fruncido- ¿robando?¿ no es un poco pronto para afirmar algo así?
- ¿Qué otra explicación le das?, ¡haber!
- No lo sé… tal vez eran sus cosas…
- ¿Guardadas en el laboratorio? ¿Cuándo habías visto a Mr. B salir o entrar de ahí antes?
- Nunca pero…
- ¿Pero qué? Es obvio…
- No se Helena… A lo mejor no tenía otro lugar para dejarlas… El departamento de Lenguaje no es precisamente muy espacioso… - Se encogió de hombros ante mi lógica.
- Podrías tener razón…- dijo en un susurro desanimado – Pero entonces, cómo explicas su nerviosismo cuándo nos vio?!
- Mmm… no sé… ¿Lo asustamos?
- ¡Seguro!
- Oye… no quiero echar a perder tu teoría ni mucho menos… es sólo que… no lo vimos hacer nada fuera de lo normal… estoy segura que tiene su explicación lógica.
- ¡Yo también!
- Creo que deberíamos definir “lógica”- dije ya con una risa relajada; como volviendo a las conversaciones fantásticas que solíamos tener. Helena siguió parloteando un buen rato sobre todo. Ya había formado una visión periférica del hecho, con detalles y todo, y mi imaginación la siguió elevándose de nuevo. Cuándo ya llegamos al punto en que el contenido de la caja era de origen alienígena las dos decidimos poner un freno. Después de todo, seguramente lo habíamos inventado todo como siempre. Aunque, claro, la duda no se borraría tan fácil. Helena estaba segura de que esa caja tenía algo extraño y no iba a olvidarlo hasta descubrir qué era.

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