Esa noche, ni los gritos de la hermana Lucía, que tronaron más fuerte de lo común, si es posible; pudieron obligarme a cerrar los ojos. Normalmente, mis parpados actuaban por iniciativa propia apenas ella abría la boca para soltar su anciano chillido. Era bastante más fácil hacer caso a la estúpida orden; revelarse abría significado, de una forma u otra, La Tortura.
Pero esa noche mi instinto no funcionó. Luche con todas mis fuerzas por desterrar las locas ideas de Helena de mi mente; pero ya era demasiado tarde. La semilla de la curiosidad ya había echado raíces, y ni La Tortura podría sacarlas de ahí. Apropósito, tal vez se pregunten qué es La Tortura; bueno, la verdad, no quieren saber; y es todo lo que diré al respecto.
Una vez que todas las luces estuvieron apagadas, y desde mi dormitorio sólo se escuchaban las pesadas respiraciones de las monjas y el resto de las compañeras; salí de la cama procurando no hacer ni el más mínimo sonido, y me dirigí derecho al teatro sin mirar atrás. Subí las escaleras a ciegas, aún en ese lugar desconocido para la mayoría no podía correr riesgos. Entré dando saltitos a nuestra polvorienta habitación y cerré la puerta con llave. Me senté en el mismo lugar que aquella tarde con las manos aferradas fuertemente a las rodillas y la cabeza colgando entre ellas. Suspiré pesadamente de puro alivio. Quizás me vieron, quizás no; de todas formas nadie dijo nada, lo que ciertamente fue una suerte casi milagrosa. Cinco minutos después dos golpes roncos tocaron la puerta. No podía – no debía – ser nadie más que Helena; pero de todas formas me preparé mentalmente para asumir La Tortura.
- Elizabeth, soy yo- susurró mi amiga pegada a la puerta. Suspiré de nuevo.
- Maldita sea, Helena- murmuré a la vez que abría.
- También te quiero; no nadie me vio, estoy bien gracias… ¿Estás lista?
- Supongo…- puse los ojos en blanco. Debí contar con el ánimo demencial de mi querida compañera. Abrí el viejo ropero y tomé la mochila que había dejado ahí en la tarde. Asentimos una vez, dándonos fuerzas y salimos de la habitación.
Los pasillos del internado siempre me había parecido tenebrosos, pero si a eso le añadimos la oscuridad y la expectativa de lo desconocido, la palabra se me quedó chica.
El departamento de arte estaba en el tercer piso, en una esquina sucia y oscura al lado de la escalera, que contrastaba perfectamente con el orden y la luminosidad del interior. No corrimos hasta ahí como la última vez, más bien caminamos asegurándonos que un pie tomara la posición perfecta después del otro de tal forma que el sonido fuera nulo.
Helena había sacado un delgado y retorcido alambre, de esos que los ladrones expertos utilizan para abrir las cerraduras, pero no fue necesario; la puerta amarilla estaba abierta. Nos dirigimos una mirada de comprensión, ambas sabíamos lo que podía significar: Mr. B estaba dentro.
Mierda.
Pensé en dar media vuelta y correr, pero ya era demasiado tarde. Helena me arrastró al interior con la misma rapidez de la última vez, solo que sin sonido. De seguro La Tortura no sería suficiente para nuestro castigo después de esa noche; las monjas tendrían que inventar algo más.
- No hay nadie aquí- susurró Helena.- Vamos.
Con el mismo sigilo nos fuimos directo al cuadro de la mujer fatal y lo descolgamos. La luz de la luna natural se reflejaba en la del cuadro bañándolo con un resplandor blanco que cubría con una palidez enfermiza la figura de la mujer. El rastro de sangre en su boca ya no estaba, pero, al menos a mi visión, su imagen no se había dulcificado. Pensé en que ese recuerdo era parte de mi imaginación.
De nuevo las ráfagas de viento, mucho más frías ahora, nos revolvieron los cabellos, pero esta vez llevábamos chaquetas, así que los escalofríos solo fueron producto de nuestro constante nerviosismo.
Yo esperaba que el aullido, o cualquier otro sonido, nos llegara en cualquier momento; estaba mentalizada sobre el asunto, no me aterrorizaría, sin embargo nada se produjo. El silencio era total y aplastante; tanto como la misma oscuridad.
Sacamos las linternas, pero no logramos alumbrar mucho más allá de nuestros propios pasos. Avanzamos lentamente. El vaho congelado de nuestras respiraciones se mezclaba con la escasa luz produciendo una sensación extraña. De repente tuve la impresión de que me estaba metiendo en un frigorífico gigante.
El túnel era muy largo, y se iba volviendo más estrecho hacia el final, llegó un momento en el que Helena y yo tuvimos que avanzar en fila india para poder caminar bien.
-Debemos estar cerca- anunciaba Helena cada cierto tiempo. Pero el túnel de verdad parecía no tener fin.
-¿Escuchas eso?- murmuré yo cuando ya había pasado un buen rato desde que habíamos entrado.
- ¿Qué cosa?
- No lo se… Se oye como un… como un…
- ¡Elizabeth, por el amor de todos los santos! ¿Como un qué?- casi gritó mi compañera. Del techo volvieron a desprenderse pedazos llenos de polvo.
- Iba a decir… como un… lamento…- dije entrecortadamente mientras tosía.
- ¿Un lamento?- Helena al parecer no escuchaba nada. Me pregunté de nuevo si solo era parte de mi imaginación, pero en eso, Helena se paró en seco.
- Debemos estar cerca- susurró con voz contenida de emoción. Esta vez era cierto. Unos dos metros delante de nosotras se extendía una especie de puerta enrejada. El extraño sonido se hacía cada vez más audible. Era una especie de sollozo, mezclado con una respiración dificultosa.
Helena logró abrir la cerradura fácilmente con su “alambre-mágico”, y entramos con cuidado, manteniendo la vista atenta a cualquier movimiento.
La habitación tras la reja, era una especie de laboratorio, y pude distinguir con facilidad los frascos robados del laboratorio de química, que contenían extraños fluidos resplandecientes aún en la oscuridad.
A primera vista no había ninguna señal de vida en ese cuarto, pero los lloriqueos, ahora cubrían todo el lugar, solo bastaba encontrar a quien los producía.
Una de las paredes llamó especialmente mi atención. Estaba cubierta de símbolos y caracteres en algún idioma perdido, tal vez latín, o griego antiguo, muy antiguo. Me fascinaron. Fue como si una especie de chip se prendiera en mi cabeza y lo iluminara todo. Concentrada como estaba incluso me había olvidado que estábamos profanando una habitación prohibida en medio de la noche; hasta que un cambio en el ambiente me hizo girar asustada. Me costó entender que eran los sollozos los que se habían interrumpido, sumiéndonos en un silencio mil veces más aplastante que el anterior. Me voltee esperando a ver a Helena, pero ella había desaparecido.
- ¿Helena?- susurré con miedo. Recorrí con la mirada todo el cuarto hasta que la vi, plantada, inmóvil ante otra puerta enrejada, esta vez de una especie de celda.
- ¿Qué sucede?- pregunte un poco más alto mientras me acercaba. Mi compañera no respondió, de hecho, ni siquiera se movió.- ¿Helena?
Cuando me acerqué lo suficiente pude verlo, y las convulsiones aparecieron de nuevo justo al momento en que mi sangre terminó de congelarse.
Helena estaba demasiado quieta, y como yo, apenas y respiraba. Una de sus blancas manos se aferraba con fuerza a uno de los barrotes de la celda, mientras que la otra se estiraba entremedio de la reja, intentando llegar hasta… Él.
24.11.08
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