18.11.08

Capitulo 3.

Los días pasaban cada vez más rápido ahora que la confianza entre Helena y yo había crecido. Ciertamente, mi percepción del internado había dado un vuelco total con su presencia. Ya no era el lugar oscuro y aburrido en el que tenía que aparentar ser una chica feliz que le caía bien todo el mundo para no sentirme sola; ahora podía pasarme el día burlándome del resto o simplemente sin que me importaran, porque sabía que existía al menos una persona que pensaba igual que yo. O al menos en ese aspecto. A decir verdad Helena y yo éramos como dos imanes de polos opuestos; que se mantenían juntos por un mágico conjunto de mitologías y supersticiones; entendiéndolo en el sentido más literal que se le pueda dar a la frase.
Uno de esos misterios, el que por entonces nos causaba más dolores de cabeza; era el asunto de nuestro queridísimo profesor de lenguaje. Intenté por todos lo medios convencer a mi amiga que no había nada raro en ver a Mr. B sacar una caja de cartón del laboratorio de química, pero todos mis intentos fueron en vano, sobretodo después de que al día siguiente se hiciera la denuncia oficial del robo de una serie de artefactos. Parecía un asunto mucho más delicado que solo llevarse un par de líquidos, ya que esa misma tarde llegó la policía a inspeccionar. ¿A quién podría importarle tanto?
Por supuesto, Helena estaba fascinada; el haber sorprendido in fraganti a Mr. B era el triunfo de su vida, y también su mayor desilusión, al no tener las suficientes pruebas para culparlo, ni mucho menos saber sus intenciones.
Yo me mantenía escéptica, pero había hechos tangibles que no podía desconocer. Efectivamente, Mr. B se estaba comportando de una forma mucho más peculiar que de costumbre. Él, que nunca había dejado de hacer una clase en su vida, ahora se tomaba períodos de licencia que duraban semanas; y las pocas veces en que de verdad iba a clases, parecía que no quisiera estar ahí; casi no hablaba con nadie, o decía series de estupideces que poco tenían que ver con el tema, mantenía la vista fija en distintos puntos por momentos interminables y se pasaba sonriendo de manera nerviosa en constante estado de alerta, como si esperara que algo le cayera encima en cualquier momento.
Intenté pensar en que tal vez al viejo se le había corrido la última teja que le quedaba; o que estaba trabajando mucho, o que tenía graves problemas personales; pero nada de eso parecía suficiente para Helena, que ahora dedicaba toda su concentración al tema, y hacía listas eternas asociando las ausencias de Mr. B con las misteriosas desapariciones de extraños objetos que supuestamente no deberían importarle a nadie y sin embargo mantenían a las monjas de patas arriba buscándolos.
Todos estos incidentes e indicios, nos hacían mantenernos alertas a cualquier suceso que nos permitiera conectar los pedazos del rompecabezas; por lo que esa mañana, apunto de comenzar la clase de lenguaje, mi amiga y yo, inmediatamente nos lanzamos una mirada instintiva cuando vimos entrar a la inspectora al salón de clases.

- Buenos días señoritas – saludó la inspectora al entrar con una torre de libros de clases entre los brazos.- Por favor contesten a la lista…-Helena y yo volvimos a miramos de reojo.
- ¿Señorita? ¿El profesor no va a venir?- pregunté a la inspectora aparentando casualidad.
- No; está con licencia- respondió ella mientras garabateaba en un trozo de papel los nombres de las ausentes
- ¿Otra vez?- soltó Helena, quizás demasiado fuerte. Por suerte la inspectora parecía apurada y solo arqueó las cejas en signo de disculpa antes de salir del salón. El resto de nuestras compañeras gritaron por sentirse libres y volvieron a sus propios asuntos. El salón se desordenó y las mesas se agruparon en círculos de amistades o rezagadas que querían dormir o escuchar música.
Helena y yo compartimos una sensación extraña, como de frustración. Un detalle que a nadie parecía importarle nos preocupaba: la nueva ausencia de Mr. B.
- ¿Cuál será la excusa esta vez?- susurró Helena acariciando su mentón con una mano.
- No tiene por que ser una excusa…-intenté argumentar, pero me interrumpió de inmediato.
- ¡Deja de defenderlo Elizabeth!
- Yo defiendo a nadie… solo intento ser justa. Quizás de verdad está enfermo.- bajé los hombros, pensando; Helena, que tenía la mirada perdida en algún punto, me miró como si hubiera descubierto algo.
- ¿Sabes qué?- comenzó con voz contenida - El otro día iba subiendo la escalera de caracol, cuando escuché algo muy interesante.
- No me habías contado eso- le acusé; la curiosidad se apoderó de mí- ¿Qué escuchaste?
- Yo iba subiendo al tercer piso, y da la inmensa casualidad que dos de las profes de Ingles conversaban entre susurros un piso más abajo. No se habían dado cuenta que yo estaba ahí, así que traté de no hacer mucho ruido…
- ¿Y?
- Hablaban del asunto… decían que la Madre Superiora está echa una furia. Creo que los objetos perdidos no eran cosas simples y corrientes
- Pero… ¿dijeron algo sobre qué era lo que perdieron? Hasta ahora esa es info que solo la policía sabe
- Hablaban de artefactos. Algo muy valioso al parecer; pero me daba la impresión de que ni ellas sabía bien de qué estaban hablando
- ¿Cómo es posible?
- Ni idea- suspiró, y yo también. Se hizo un silencio de reflexión. Las ideas se me enredaban en la cabeza como remolinos sin pies ni cabeza.
- Ya; espera…-dije intentando aclararme- hasta ahora, ¿qué departamentos han asaltado?
- Además del laboratorio de química, el departamento completo de biología, y el taller de artes… - enumeró mi amiga contando con los dedos - ...nuestro ladrón también visitó la zona restringida de la biblioteca, causó un desastre y se marchó con uno de los libros más antiguos…
- ¿Cómo lo sabes?- inquirí, sabiendo que esa era más de la información que yo deseaba saber.
- Contactos - respondió Helena con una sonrisa.
- Ya y… ¿además de eso?
- La verdad es que la información es difusa, pero al parecer, por lo que decían las profes, registró todo el internado. Y Dirección por supuesto. Parece que esa era la guinda de la torta.
- Demás que la monja tenía algo escondido ahí- dije pensando lo peor.
- De hecho… Las profes decían cosas extrañas sobre eso
- ¿Qué cosas?
- No estoy segura, mencionaron algo así como “la vacuna”
- ¿Y eso sería?- pregunté con una repentina emoción-
- ¿Quién sabe, no?- me decepcionó Helena y volvimos a sumirnos en la más profunda de las frustraciones.

Ese mismo día, en el recreo, nos dedicamos a visitar cada uno de los lugares asaltados. A primera vista, nadie hubiera pensado en algo, supuestamente, tan importante faltaba; nuestro ladrón había actuado con una pulcritud digna de todo un profesional… o al menos eso era lo que Helena aseguraba. Aún así no podía quitarme la sensación de que algo hacía falta. Un detalle mínimo que le daba sentido a todo lo demás. Un pequeño objeto que llegaba a cambiar, incluso, el sentido en que el aire recorría la estancia.
¿Qué rayos sería?

Una parte de mí quería pensar en que nuestra imaginación empezaba a sobrepasar ciertos niveles, que lo estábamos inventando todo sólo para rellenar nuestros momentos de ocios; pero, por otra parte, (una parte mayoritaria en mi cerebro), el absurdo interés que sentía por este misterio era demasiado como para resultar falso. De alguna forma mi intuición, o lo que fuera, me aseguraban que el misterio era real, que en verdad algo raro estaba pasando a mi alrededor, y que me volvería una completa idiota si no formaba parte de ello.

Este instinto se volvió una realidad cuando vimos a Mr. B desaparecer dentro del departamento de arte. Helena logró arrastrarme justo a tiempo para que él no nos viera, y luego, con la misma rapidez, nos colamos antes que la puerta se cerrara por completo. Cerré los ojos aterrada, ya previendo sus palabras y buscando posibles respuestas, pero adentro no había nadie.

- ¿Dónde se fue?- nos preguntamos al unísono, pero por más que lo pensamos no había ninguna explicación lógica.
Comenzamos a registrarlo todo de manera minuciosa. Yo garabateaba incesantemente, haciendo una especie de inventario de lo que recordaba haber visto, asegurándome que estuviera ahí todavía.

- Elizabeth- susurró mi amiga luego de un rato, mientras nos dedicábamos a observar las piezas faltantes del enorme estante. El dulce olor a óleo y aceite frescos llenaba mis pulmones provocándome dolor de cabeza.
- ¿Qué?- pregunté sin mirarla
- ¿Recuerdas cuando vinimos a hablar con el profe la última vez?
- ¿La vez en qué nos gritó por el trabajo atrasado…?- bufé- ¡Cómo olvidarlo!
- Ya, en serio… ¿La recuerdas?
- Te dije que sí- en realidad no le estaba prestando mucha atención. Me preocupaba el cuadro que colgaba en la pared lateral justo frente a mí. Por primera vez sentí que desentonaba.
- ¡Elizabeth!- gritó Helena. Mi concentración se fue volando tan ligera como el viento de otoño.
- ¿Qué? – grité a la vez irritada por haber desecho mi burbuja
- Quinta vez- dijo con brusquedad clamando toda mi atención… vaya, de verdad no la estaba pescando- Cierra los ojos primero, ¿Recuerdas el maldito cuadro azul que colgaba de esa pared?- gritó señalando la pared que antes yo observaba.
- ¿Si?- no sabía que intentaba probar, pero le seguí el juego.
- ¿Cómo era?
- El fondo era azul, oscuro, tenebroso, una montaña, y en el centro había una mujer fatal, muy pálida y de labios muy rojos, como si tuviera una mancha de sangre, llegaba a dar miedo, también la luna brillaba con intensidad en la esquina- recité como si fuera obvio. Hace cinco minutos tenía la vista pegada a él, ¿Qué podía ser diferente?
- Abre los ojos. ¿Qué ves?- preguntó con emoción.

Pestañeé varias veces y enfoqué la vista. El asombro era demasiado para expresarlo con palabras, y se que Helena lo leyó en mi cara, la misma que tenía ella, por cierto. Era el mismo cuadro, estaba segura, sin embargo era totalmente diferente. El fondo ya no era azul tenebroso, al contrario, el índigo que lo tenía le daba un total aspecto de pasividad; la mujer del centro ya no era fatal, ni tenía la mancha de sangre en la boca, ahora era un completo ángel bañado por la majestuosa luz de la luna que seguía resplandeciendo desde la esquina. Era como si hubieran enfocado con un reflejo celestial al cuadro de mi recuerdo.
Además, había otra diferencia: el cuadro estaba claramente ladeado, chueco, y el marco se separaba de la pared por un poco más de cinco centímetros.
Al notar esto Helena se acercó y lo tomó en sus manos, pero una tremenda araña la hizo retroceder de pánico. Yo me acerqué, tomé el borde del cuadro con mis manos y lo separé un poco más de la pared. La araña no había desuncido de la pared como yo sospechaba, había salido de ella. ¿Qué rayos? Pensé. Helena me ayudó a separarlo un poco más y pudimos ver que la pared tenía un inmenso hoyo. No podía creerlo, por lo que no me resistí a intentar descolgar el cuadro. No fue fácil, pero con la ayuda de Helena, nos deshicimos de él y pudimos observar, ahora si en su máxima extensión, un túnel. El mismo por donde seguramente Mr. B había salido.

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