11.5.09

La pláctica

Gabriel despierta antes que los sirvientes y la ama de llaves, toma un trozo de pan de la mesa de la cocina y sale por el extenso jardin interior, con su decoracion francesa de moda. El rocia estaba presente, la humedad estaba en el aire. Se coloco su abrigo negro, aquel que lo hacia pasar inadvertido entre la multitud, envolvio su cuello con un pañuelo de seda blanco. Camino por las desoladas calles hasta la direccion dada por aquel hombre, llevaba aquel papel grueso doblado dentro del bolsillo de su abrigo, lo sacaba de vez en cuando para verificar si realente era la direccion escrita por aquella hermosa caligrafia.
Entro a un callejon desolado, una puerta negra estaba en el lado derecho, no tenia ninguna cerradura. La empujo con el dedo indice y esta se abrio dando un chirridocasi tetrico. Subio las oscuras escaleras, viendo una vela al final. Al llegar al ultimo peldaño, la tomo y siguio el unico camino existente. Luego este comenzo a iluminar , con la presencia de velas puesta en candelabros. El pasillo se terminaba apareciendo un gran despacho junto con estanterias arrebasadas de libros, hojas sueltas y lo que podrian ser mapas. Gabriel se detuvo al terminar el pasilllo. mirando aquel ambiente casi intelectual. A lo lejos una puerta se abrio, oyendose unos pasos fuertes y firmes, Gabriel dio un paso inseguro hacia el frente para ver si esos pasos eran los de Leonard. Un figura masculino con un candelabro plateado aparecio, caminando hacia Gabriel, mostrando la misma sonrisa con la que le hablo la primera vez. Con un movimiento gracil, se acerco a su gran escritorio de caoba y dejo el candeladro sobre el. Levanto su mano y de forma educada la extendio hacia la silla frente al escritorio:

Por favor toma asiento, tenemso mucho que charlar -Leonard toma asiento, para luego tomar asiento Gabriel, Leonardo apoya ambos codos sobre los brazos de su gran silla y lo observa-

8.5.09

El Comienzo de un posible fin

Gabriel Von Dem, nacido el 19 de Noviembre de 1807, un dia considerado como los peores en la cual un niño pudiera llegar a este mundo. El clima era frío, las nubes cubrían el ya oscuro cielo de la tarde londinense, donde la luna llena era la reinante indiscutible. Hijo único, considerado prodigioso desde sus primeros años, fue educado por los mejores profesores que pudieran haber en ese momento. A petición de sus padres estudió derecho en la universidad mas cotizada, sus padres no estimaban en gasto cuando la educacion de Gabriel estaba involucrada. 

A sus 22 años, manejaba el negocio de su padre, asuntos legales de varias firmas,un futuro prometedor pero aun no estaba comprometido con ninguna señorita de sociedad. Sus padres lo llevaban a la gran parte de las fiestas de presentación a la sociedad de señoritas con padres de gran estatus. Gabriel solo las saludaba coordialmente y permanecía retraído toda la fiesta, como si realmente él no estuviera ahi. Los intereses de Gabriel eran realmente otros, pasaba la mayor parte de su dia en charla de letrados, bibliotecas, reuniones de escritores, entre otras participaciones académicas.En una de estas extravagantes y mal habladas reuniones fue donde Gabriel conocio al linguista Leonard Macowen, considerado loco y soñador, destacado entre las personas por su voz profunda y llamativa. Como costumbre, Gabriel era de los ultimos en retirarse de aquellas reuniones, charlaba con cada uno de ellos todas la reuniones cuando uno de ellos se le presentó, una persona de alta estatura, tez blanca como la luna cuando muestra por completo su rostro, sus ojos eran profundos y llamativos. Gabriel no dudo en acercarse, tampoco Leonard. 

La charla no se interrumpio en ningun momento, Gabriel sacaba a relucir todo su conocimiento acumulado por años de estudio, mientras Leonard se los revatía o corroboraba con gran conocimiento y sabiduría. Ya eran pasadas las 11 de la noche, una hora relativamente tarde, Gabriel tenia ganas de seguir oyendo los conocimientos de Leonard y Leonard tenia muchas cosas que enseñar, el tiempo no estaba en su favor ahora. Un poco inseguro Leonard habla con voz melodiosa:

-Mañana, alrededor de las 8:00 am -mientras toma su portafolio de cuero negro, lo abre con delicadeza y saca de el una hoja gruesa y pequeña, toma una pluma que estaba sobre un escritorio y la unta en la tinta, para escribir lo que parecia una direccion con una letra totalmente perfecta. Toma la hoja con sus alargados y palidos dedos, extiendola  hacia Gabriel. 


4.3.09

Capitulo 14.

El llamado salón, en realidad era más bien, una especie de bunker. No tenía ventanas, ni adornos, solo era una gran sala vacía y cerrada. Cerrada por completo. No había forma alguna de poder escapar. Dónde nos metiste, Elizabeth, eran las claras palabras que leí en toda la cara de Helena.

Selena había caminado delante nuestro mientras nos conducía, hablando en clave con su compañero. Le decía cosas que no tenían ninguna significación para mí, y que de hecho parecía más una discusión de zoología, que una clave secreta. El hombre hablaba constantemente de un halcón que sobrevolaba la cordillera, y Selene le respondía que era imposible, que en nuestra cordillera solo hay cóndores y aves de rapiña, y que el maldito halcón no tiene nada que hacer ahí. Estaba confundida, temblaba, y empezaba a sentir hambre y sueño por primera vez desde hacía días. Helena estaba igual, incluso con la cara más pálida, si era posible.

- Elizabeth. – se habló Selene con una voz demasiado calmada para causar una buena impresión. Yo solo la mire, esperando que continuara.
- Será mejor que hables claro – sugirió el hombre que nos acompañaba. No supe si se refería a mí, o a ella.
- Me dijiste que el hombre que deseas rescatar es tu profesor de literatura.
- Así es, Mr. B nos ha hecho clases desde, no se… siempre… - intenté mantener la calma, y parecer segura de mí misma, pero Selene me ignoró.
- Y el otro hombre…
- Gabriel – interrumpió Helena. Selene la miró con furia.
- Como-se-llame – sonrió conteniendo aire. – ¿Es el ayudante del profesor?
- Si…
- ¿Y es una criatura?
- ¿Ah?
- Un ser… de la noche…
- Supongo que… ¿si…? - Dije dudando de todo. Selene soltó el aire que estaba conteniendo.
- Y me puedes explicar que rayos hace este… sujeto…
- Vampiro – acotó el compañero
- Un vampiro…¡¡¡ un VAMPIRO!!! ¡¡¡… en medio de la cuidad, siendo el ayudante de un profesor de colegio!!! – parecía que la paciencia de nuestra nueva compañera había llegado al limite. Me alejé lo más posible, por mi vida. Con ese furor en sus ojos, Selene era capaz de enterrarme las garras en el cuello, o algo peor.
- Gabriel también lo necesita. – susurró Helena logrando que la atención cambiara de dirección, lejos de mi. Suspire de alivió.
- ¡¿ASÍ QUE LO SABÍAS?! – gritó Selene.
- ¿Lo sabías? – Pregunté yo, sin entender nada. - ¿Qué sabías?
- Solo una pequeña parte… Cuando practicábamos logré adentrarme un poco en la mente de Mr. B… Él trató de ocultarlo lo más posible, por supuesto… No quería que nosotras nos involucráramos…
- Por el amor de todos los santos – suspiró Selene
- Lo siento, Elizabeth.
- ¡Pero sigo sin entender nada! ¡¿Qué es lo que sabes Helena?!
- No puedo decírtelo. – Helena se había sentado cerca de la pared, y ocultaba su cara entre las rodillas. Me acerqué y tomé temblando, sus frías manos. - No puedo decírselo a nadie…
- Por supuesto que no puedes. – susurró Selene – Esto nos lleva a rehacer por completo todos los planes…Vamos, chicas, tenemos que trabajar.

Nos pusimos de pie, y seguimos a Selene fuera del bunker, claro, sin saber a dónde, ni cuándo, ni cómo, rescataríamos a Mr. B, a Gabriel, y a esta… cosa.

26.1.09

Capitulo 13.

Llevábamos más o menos media hora bajando escalones, y estos se volvían más empinados en cada tramo, por lo que nos resultaba difícil seguir el paso de nuestra guía. Selene bajaba dos, tres, e incluso más escalones en cada zancada, con una maestría impecable, pero aún cuando nos apuraba con resoplidos de impaciencia, de todas formas se mostró comprensiva.

- ¿Elizabeth…? – preguntó Helena solo para mí, aprovechando que nuestra nueva compañera se había alejado más o menos un piso.
- ¿Mmm? – yo no prestaba mucha atención a nada, pero hice un esfuerzo por concentrarme.
- ¿Qué se supone que significa STM? – esa pregunta me pilló de sorpresa. No me había dado cuenta de que no lo sabía.
- Es el nombre de la organización – susurré con lógica
- Obvio – Aún en la oscuridad pude ver a mi amiga poner los ojos en blanco. – Me pregunto que significa…
- No lo se Helena.
- Silencio – ordenó Selene. Mi compañera y yo intercambiamos una mirada de temor. – Ya estamos cerca.
- Al fin… - resopló Helena.

Descendimos un par de pisos más, apenas iluminados por pequeñas antorchas colgadas en las paredes, y finalmente nos encontramos con un largo pasillo lleno de puertas.

- Síganme – susurró la guía – Cuidado, no les ocurra tocar absolutamente nad…

Demasiado tarde para la advertencia. Al bajar el último escalón tropecé con Helena, perdí el equilibrio y caí golpeándome de lleno con la pared. Algo se movió a mis espaldas, uno de los ladrillos de piedra, supongo.

- ¡¡¡Al suelo!!! – ordenó Selene justo a tiempo para evitar que la lluvia de flechas proveniente del fondo del pasillo nos alcanzaran.

Con una maniobra digna de una película de ciencia ficción, nuestra guía logró en menos de medio segundo, escabullirse entre las flechas y golpear el ladrillo que yo había presionado por error, rompiendo en seco con la trampa.

El silencio volvió a invadirnos. Mi amiga me ayudo a ponerme de pie, aunque a duras penas; le temblaba el labio inferior.
Se que Selene me miró con reproche, pero no le devolví la mirada. No me atreví. Ella suspiró con desagrado y comenzó a caminar con paso firme.

- Será mejor apurarnos – me susurró Helena. Yo asentí y corrimos a alcanzarla.

No tardamos en llegar al final del pasillo. Había una puerta enorme de madera, con grilletes forjados. Por un segundo pensé en que Selene la abriría mágicamente, pero ella ni siquiera le prestó atención; en cambio se detuvo frente a la pared derecha, y tocó con la punta del zapato el último de los ladrillos de piedra. Nuevamente un el piso se abrió ante nuestros pies, pero esta vez, no que una anciana escalera la que se desplegó, al contrario, un moderno ascensor de cristal emergió cubriendo de humo el ambiente. Selene introdujo la clave tan rápido que apenas la vi mover sus dedos, y las puertas se abrieron con un sordo sonido metálico.

- Adelante – nos ofreció mostrándose cortés por primera vez.
- Gracias – susurramos entrando.

El elevador no volvió a hundirse en medio del pasillo; antes de eso, dio una especie de vuelta de distracción, primero hacia la parte superior, un piso, quizás dos, luego avanzando en línea recta por varios metros, hasta habernos alejado casi por completo de la entrada; derecha, izquierda, izquierda, derecha; zigzagueamos más o menos diez minutos; finalmente, recién cuando pudimos decir con certeza que seguramente ya no estábamos entre los limites de la cuidad, el elevador descendió un par de pisos, y se detuvo.

Las puertas volvieron a abrirse con el mismo sonido metálico y volvieron a inundarlo todo con el mismo humo nublándonos la vista.

- Te esperábamos hace horas – dijo la voz de un hombre acercándose.
- Yo también esperaba llegar hace horas – respondió Selene. – ¿Como va todo?
- Mmm… Trabajando.
- No me gusta esa respuesta.- sonrió nuestra guía.
- Es la única que puedo darte. – sonrió de vuelta el hombre.

Helena y yo intentábamos mirar a ambos y a la vez recorrer el lugar. De repente, todo encajaba. Tanto Selene, como su compañero, parecían pertenecer a esa habitación, casi ser parte de la decoración. Todo era tan misterioso como ellos.

- ¿Son ellas? – Yo escuchaba la conversación a medias, tenía la vista fija en los tipos más cercanos a nosotros que abrían cajas y cajas de madera, y vaciaban su contenido – granadas sospeché - sobre un barril gigante.
- Por supuesto…
- ¿Qué opinas de… su situación…? – Esto llamo mi atención. Volví a fijarme en Selene y su acompañante.
- Pan comido. – Ella parecía totalmente positiva, él en cambio tenía la incertidumbre marcada entre ceja y ceja.
- ¿Segura?
- ¿Cuándo he fallado en algo?
- No vaya a ser esta la primera vez…
- ¿Desde cuándo tan sobre protector? – Selene tampoco entendía ni pizca de lo que se refería su compañero. El se le acercó, para secretearle algo, pero yo estaba lo suficientemente cerca, como para escucharlo igual.
- Tal vez esta misión tenga más de una sorpresa… Escondida – Selene lo miró un segundo, dudando, y luego a mí. Instintivamente retrocedí varios pasos y alargue mis manos esperando encontrarme con las de Helena. Pero no estaba.
- ¿Helena? – pregunté automáticamente y comencé a buscarla con la mirada
- ¿No estaba contigo? – rugió Selene.
- Recién si, pero no se a dónde se fue…
- Hey Selene ¿Esto es tuyo? – gritó uno de los tipos que descargaban las granadas.
- ¡Helena! – grité yo, al ver a mi amiga en medio de un tumulto con la cara pálida. Por lo que alcance a comprender a mi amiga la superó la curiosidad y no pudo evitar tocar algo de la valiosa mercancía de los sujetos. Obviamente a ellos no les gusto nada.
- Yo me hago cargo, gracias – susurró Selene frotándose la frente con una mano.
- Creo que deberíamos ir al salón. – sugirió el compañero de Selene.
- Si tal vez sea lo mejor. – Dijo dirigiéndose hacia la escalera del fondo. Nuestra guía parecía no entender como había terminado cuidando un par de bebes. - ¿Qué están esperando ustedes? Síganme.
- Nada – respondimos al mismo tiempo nosotras.
- Rápido. – nos apuró – Creo que me deben más de una explicación. – No entendí a qué se refería, pero sospeché que tampoco lo sabía ella, así que al menos aún tenía una cierta ventaja.
- Siempre que sirva de algo contra ellos – susurró helena leyéndome el pensamiento.

14.1.09

Capitulo 12.

- Ya debería haber llegado – dijo Helena por cuarta vez en menos de cinco minutos.
- No te preocupes…- dije yo también por cuarta vez.- Vendrá.
- ¿Cómo lo sabes?
- … Digamos que… Conozco a los de su clase…- Y vaya que si los conocía. Mi amiga no parecía convencida en lo absoluto. Se paseaba de un lado para otro en esa vieja y olvidad estación del metro. Era la ultima de la línea, por lo que no mucha gente paseaba por ahí, mucho menos a esas horas de la noche. Yo esperaba con calma, sentada junto a la pared de piedra, observando como los trenes iban y venían. Mi amiga ya comenzaba a marearme.

- Helena, escucha.- Le golpee suavemente las piernas para que se sentara a mi lado; tomé aire y pronuncié cada palabra para que quedaran grabadas en su mente, como si le estuviera explicando una lección a una niña pequeña.- La situación en que estamos me ha hecho recordar muchas cosas que pensé que había olvidado por completo… cosas que aprendí en el tiempo en que mi padre me dejó…
- Elizabeth…- me miró preocupada, yo jamás había mencionado a mi familia y ella sabía que no era un tema fácil.
- No importa.- sonreí, mientras la puntada en el estómago tomaba su habitual lugar.- Lo importante, lo que te quería decir, es que existe gente en este mundo en la que tu no puedes confiar…Pero debes hacerlo. Es gente a la que no le importará quien eres tú, o la lucha que persigues, o siquiera si persigues algo: y no lo pensaran dos veces antes de cambiar tu cabeza por la suya si es necesario… Ellos solo están donde se encuentre el mejor postor. Lo que debemos hacer es asegurarnos de serlo.
- ¿Y eso debería tranquilizarme?
- Espero que sí. Una vez que los tienes de tu lado, son la mejor arma que puedes encontrar. Además de ser la…
- …única que tenemos a mano, si ya lo sé…- completó mi pensamiento con un suspiro.

Fuera de nosotras, solo había una persona en el andén. Era una chica no mayor que yo, con el cabello inmensamente largo y negro. Escuchó mis palabras con más atención de la que me hubiera gustado, cosa que me dio mala espina.

- Hace calor, ¿no? – dije dirigiéndome a ella. Era un comentario absurdo, pero daba pie para iniciar una conversación, y quizás descubrir sus intenciones. Ella me miró y bufó.
- ¿Eres Elizabeth? – preguntó con voz ronca. Tenía un cierto aire a experiencia; como si hubiera vivido mucho más de lo que pudiera llegar a soñar.
- Lo soy.- afirme casi intentando convencerme a mi misma. - ¿Selene, supongo?
- Algunos me llaman así… - sonrió con satisfacción, acercándose y tendiéndome una mano con largas y perfectas uñas teñidas de escarlata. La estreché con un ligero escalofrío.
- Ella es mi compañera, Helena. – dije presentándolas.
- La chica que pensaba que no llegaría, ¿no?- sonrió Selene tendiéndole una mano también.
- Lo siento- susurró Helena, bastante más tranquila.
- Bien, ya que todas somos amigas, díganme ¿Cuál es la emergencia? - la nueva chica curvo una ceja y sonrió de forma tan macabra, que casi pensé que sacaría a lucir un par de colmillos como Gabriel.




Después de contar la historia completa, sin omitir ni el más mínimo detalle, por idiota que nos pareciera a Helena y a mí, nuestra nueva compañera decidió que pondría en ejecución una de sus múltiples estrategias diseñadas especialmente para casos como el nuestro, por lo que nos dirigimos a la oficina central del STM.

Por horas caminamos en silencio, siguiendo a Selene por intrincados pasadizos y callejones ausentes de luz. Helena se quejaba más o menos cada media hora, pero nadie le hacía caso. Yo estaba en estado de alerta. Sabía que algo nos caería encima en cualquier momento, mi pregunta era qué o cuándo. En todo caso la nueva chica no parecía para nada alterada, lo que de cierta manera me tranquilizó.

El último de los callejones que atravesamos terminaba en una inmensa pared de ladrillos rotos. Al parecer no había salida posible, pero pensé que Selene nos haría sortear el obstáculo abriendo la pared, o algo así, como ya lo había hecho con los demás; en cambio, simplemente se detuvo ante ella y la golpeó lentamente tres veces, como si fuera una puerta.

- ¿Ya llegamos? – preguntó Helena, si mal no recuerdo, por sexta vez.
- No, pero si yo fuera tu me apartaría de ahí – contestó la chica todavía con la vista pegada en la pared.
- ¿Por q…?
- Solo hazlo, Helena.- me apresuré a susurrar cuando sentí un ligero temblor. Mi amiga dio un salto justo a tiempo para esquivar la zanja que se formó justo entre sus pies.
- ¿Qué es esto? – preguntó respirando agitada.
- Eso, pequeñas, es la entrada subterránea al cuartel general del STM. – dijo con una sonrisa orgullosa, a la vez que señalaba la pequeña escalera de piedra que se adentraba en la tierra.

4.12.08

Capitulo 11.

Apenas y pude respirar de nuevo cuando me asomé por detrás del mesón. Los tres hombres, todos vestidos de negro, estaban justo frente a mí, dándome la espalda. Uno de ellos forcejeaba fuertemente, intentando sujetar a Helena entre sus brazos.

Gabriel, inmóvil como una verdadera estatua de mármol, había abierto su boca de la forma más cruda y amenazante que jamás vi en él; parecía preparado para atacar de frente a los hombres, y si fuera preciso, clavar de lleno sus colmillos en alguno de ellos.
Me miró solo un segundo; pero fue más que suficiente para saber que su plan A, su famoso plan perfecto, había fallado, y que yo no debía moverme, al menos hasta que se le ocurriera algo.

Lo que él no sabía es que mis inseguridades terminaron por dar fruto alguna vez, y que me había preparado para este tipo de situación. Pondría en marcha el plan B en cuanto tuviera la oportunidad.

- ¡Quédate… quieta…! – gritaba el hombre mientras mi amiga luchaba con todas sus fuerzas contra él.

Luego aulló y calló en seco al suelo, chillando de dolor. Al parecer Helena le había aplicado alguno de los ataques aprendidos en el entrenamiento, y ahora adoptaba una posición defensiva, lista para embestir a los otros dos. Uno de ellos sostenía un arma, la misma con la que antes le había apuntado y amenazado a Gabriel; pero la sangre fría con que contaba hacía cinco minutos se vio claramente disminuida por la sorpresa, así que el vampiro aprovechó la oportunidad y lo derribó, haciendo que la pistola volara por los aires. El tercer sujeto no pudo hacer nada más que gritar. Lamentablemente para nosotros, eso fue más que suficiente, ya que de un segundo a otro un montón de hombres armados entraron a la habitación derrumbando la puerta enrejada.

- No puedo detenerlos a todos- rugió Gabriel.

Helena esta débil, y aunque mantenía su posición de defensa, yo sabía que no resistiría mucho. Los hombres entraron y se prepararon para disparar. Justo antes que apretaran el gatillo, el vampiro me gritó, aún cuidando no revelar mi posición.

- ¡¿Qué esperas?! ¡Lévatela de aquí!

Supuse que los hombres pensarían que se dirigía a Helena y ese extraño objeto que ellos buscaban, pero no me detuve para comprobarlo. Tomé a mi amiga con la misma seguridad con que lo había hecho tiempo atrás, la primera vez que estuvimos en esa habitación, y corrí con todas mis fuerzas hacia el agujero en la pared, el mismo por donde había entrado momentos antes.

Una vez seguras, lo más lejos del internado que se me ocurrió, nos detuvimos a respirar.

- Elizabeth, debemos volver – susurró Helena, cuando pudo hablar. Estaba muy pálida, y bajo la débil luz de la calle pude ver el frío sudor brillar en su rostro. Me miró con ojos oscuros, surcados por la preocupación, sin rastro ya del fulgor que la poseía la última vez que nos vimos.
- No podemos volver – dije simplemente, también en susurros.
- ¡Elizabeth, no podemos abandonarlos! – gritó.
- No, no podemos – sonreí. Mi voz no parecía mía. Hablaba demasiado tranquila, relajada. La verdad es que me estaba muriendo de miedo.
- ¿En qué estás pensando? – me tomó los hombros y me sacudió.- Elizabeth, Gabriel se esta enfrentando solo a todos esos tipos y no les importara que sea un vampiro, encontraran la forma y lo mataran. – Parecía querer hacerme razonar. Yo no salía de mi tranquilidad.- Además tienen prisionera a Mr. B… y no quiero imaginar lo que le estén hacimundo endo…
- Espera, espera… - ¿Es que me había perdido de algo? - ¿Tienen a Mr. B? ¡¿Para que lo quieren?!
- No lo quieren a él, quieren la Vacuna - Helena parecía creer que yo había entrado en razón; ahora casi podía oír la parte de su cerebro que tramaba como volver a entrar al internado.
- ¡Pero él no la tiene! – grite perdiendo mi momentánea calma.
- ¡Por supuesto que no! – Helena ya estaba ida, totalmente concentrada en su plan - Pero ellos no lo saben… - añadió con la mirada perdida, frotándose el mentón con una mano.
- Eso significa que Gabriel se equivocó… - recordé de repente.
- ¿Ah? – Helena salió de su mundo y me miró, exigiendo una respuesta.
- Gabriel pensó que Mr. B y tu habían perdido la cabeza… Por eso huimos… El plan de hoy era hacerlos volver. Sabía que algo saldría mal, pero nunca tanto… ¡Maldita sea!... El plan B es más necesario de lo que pensé… – yo ya no le hablaba a ella, desvariaba para mí.
- ¿Qué? ¿Perder la cabeza? ¿volver? ¿Plan B? – Helena no entendía ni una palabra de mis disparates.
- No hay tiempo para explicaciones. ¡Vamos!- tomé su mano y comencé a correr otra vez.
- ¡Elizabeth! ¡¿a dónde vamos?! – gritó mientras yo la arrastraba
- A buscar un teléfono – grité yo sin dejar de correr.

2.12.08

Capitulo 10.

- Supongo que hipotéticamente podría funcionar… - razoné después de escuchar por completo el plan A.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.

Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.

- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.

Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.

Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.

Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.

Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.

El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!

Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.

La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.

-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.

Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.