2.12.08

Capitulo 10.

- Supongo que hipotéticamente podría funcionar… - razoné después de escuchar por completo el plan A.
- No podría ¡Tienen que!- exclamó Gabriel con un animo que no veía desde que nació la tensión. La esperanza viva brillaba en sus ojos y en su sonrisa… Pero no era suficiente para contagiarme.
- ¿Y que haríamos si no…?- Eran palabras malditas que nadie quiere escuchar, pero debía decirlas. - ¿Qué sucedería si… si…?
- Escucha- me cortó el vampiro haciendo sonar los dientes.- Tenemos un perfecto plan A, ¿cierto?
- Si pero…
- Pero nada. He estudiado todos los detalles desde cada uno de los ángulos. Nada puede fallar. Nada debe fallar.- lo miré como si le creyera; pero la inseguridad aún era más fuerte.
- OK. – susurre sin poder evitar sentir pavor al mentirle.

Y así pusimos en marcha el famoso plan A. No era simple, pero los tres días que estuvimos escondidos en el hotel sirvieron para estudiar todos los posibles errores y consecuencias; uno de ellos, según yo, es que Gabriel se estaba jugando el pellejo; un completo suicidio sin sentido, pensé, así que, sólo por si acaso, forje un pequeño plan de escape a sus espaldas; un plan B por si todo resultaba un desastre como me lo temía.

- Bien, ya es hora. – susurró él con un sonido apenas audible.

Estábamos en una de las calles laterales del internado, justo aquella donde se encontraba la salida secreta al final del túnel. Con la ayuda de Gabriel trepé hasta alcanzar la pequeñísima ventanilla rota, no sin cierta dificultad, y entré al centro de reclusión. Que irónico, Helena y yo habíamos pasado meses pensando en como salir de ahí, y ahora lo único que quería era entrar.

Una vez en el laboratorio de Mr. B me dediqué a mi parte del plan. Tomé mi libreta, la misma en que anotaba las hipótesis de la antigua investigación al profesor, me senté frente a la pared de los grabados, y comencé a garabatear como loca.

Debía encontrar las palabras precisas para arreglarlo todo, o morir en el intento. Mientras, Gabriel se aseguraría que la parte física del asunto diera resultado, es decir, traería a Helena y a Mr. B sanos y salvos a este lugar.

Según su teoría, tanto mi amiga, como mi profesor, habían trabajado demasiado a fondo con los temas de la mente, incursionando tanto en sus propias cabezas, que el falso poder que obtuvieron dentro, no hizo más que corroer sus almas. Se volvieron esclavos de sus propios pensamientos, supuestos poseedores de la ciencia y la verdad, pero lo cierto es que solo fue su imaginación.
Y ahora, si lograba encontrar las palabras precisas para entrar en sus mentes y hacerlos volver, podrían, al fin, liberarse.

El sonido de la chirriante puerta metálica llamó mi atención. Miré mi reloj. Aún no encontraba nada coherente, pero según el plan, me quedaban horas; nadie debía aparecerse por aquí todavía. Confiaba en Gabriel para que eso no ocurriera. Sin embargo el sonido de varios pasos cruzó la habitación. Muchas personas entraban a la vez. Forcejeaban. Algo chocaba en seco contra las paredes.
¡Maldita sea!

Me encogí detrás del mesón y vi como tres pares de piernas se paraban frente a mí, uno de ellos cargaba algo en sus brazos, algo que parecía resistirse y se sacudía desparramando todo. Al menos la oscuridad era ideal, nadie parecía notar que yo estaba ahí.

La puerta volvió a sonar. Unos pasos demasiado sigilosos para ser humanos se acercaron con rapidez.

-. ¡Suéltala!- Gritó Gabriel a uno de los hombres. Ninguno respondió; aquello que luchaba por soltarse se detuvo en secó.
- Sabes que eso no me hará nada – Respondió el vampiro. Al parecer los hombres habían hecho algún gesto o algo parecido.
- Quizás a ti no – hablo el tipo que había hecho el gesto. Su voz era suave, y siseante, como una serpiente venenosa.- ¿Y a ella? – me imaginé que había repetido el gesto, dirigiéndolo a la prisionera. Escuche como Gabriel dejaba de respirar.
- Sabes que somos capaces – dijo otro de los hombres.- Y también sabes lo que queremos.
- ¡No sabemos donde esta!- gritó la prisionera helando por completo mi sangre.

Era una voz que yo conocía demasiado bien, una que hubiera reconocido en cualquier lugar. Una que en esa situación también hubiera hecho que yo dejara de respirar. Helena.

No hay comentarios: